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Reportajes y Entrevistas
Claro en el recuerdo

Artículo correspondiente al número 264 (30 de octubre al 14 de noviembre de 2009)

 

 
Hernán Rodríguez
Director del Museo Andino
 
En al menos cuatro oportunidades me tocó estar cerca de Ricardo Claro en temas de cultura. La primera, en la década de 1980: siendo yo director del Museo Histórico Nacional, le propuse que adquiriera para el museo la colección de antiguos grabados de Chile que habían pertenecido a don Germán Vergara Donoso y que estaban por rematarse. Aunque en el momento no hizo comentarios, poco después me llamó para avisarme que los grabados eran del Museo, donación de la Compañía Sudamericana de Vapores.

Más tarde, ambos fuimos miembros del comité del Museo de Arte Colonial de San Francisco, y fui testigo de su generosa colaboración. A partir de 2001 fue director de la Fundación Andes, donde yo fui gerente de cultura, y mensualmente lo vi analizar y comentar detalladamente cada proyecto, especialmente los vinculados a la música. Finalmente, en 2005 me convidó a participar en su propio proyecto, el Museo Andino, y ahí lo vi feliz, trabajando activamente cada fin de semana, junto a los diseñadores, museógrafos y montajistas, hasta que el Museo se abrió al público en enero de 2006.

Desde entonces, no dejó de venir cada semana, leer los comentarios en el libro de visitantes, guiar a sus invitados, detenerse a mirar cada vitrina, gozando, una vez más, la decisión que tomó de convertir su colección privada en una pública que enriqueció la memoria cultural de Chile.

En todas estas ocasiones, me asombraron siempre su interés, su admiración por la creación en general y el respeto que sentía por los creadores. También me asombraron su modestia, su bajo perfil, un espectador más, exigente, pero no protagónico. Hizo de la cultura un servicio público. Después que regaló los grabados de Germán Vergara al Museo Histórico me comentó: “me costó acceder a tu pedido, hubiera querido quedarme con esa colección…”

 

 

 

 

 
 
Mario Kreutzberger B.
Al cumplirse un año de la partida de Ricardo Claro Valdés, quiero hacer un recuerdo especial de quien sin duda ha quedado inscrito en la historia como el pionero de la televisión privada en Chile.

Compartí con el sus inquietudes, en los inicios de Megavisión. Siempre estuvo dispuesto a aconsejarme, brindarme su amistad y participar en todas las iniciativas sociales y solidarias que emprendimos en esos tiempos. Además, desde los comienzos de Teletón siempre estuvo dispuesto a colaborar, personalmente y con todos sus medios, en esa campaña.

Hoy quiero recordar y destacar su personalidad, su visión de futuro y, especialmente, su sensibilidad como empresario en beneficio de causas solidarias.

 

 

 

 

 
Jorge Heiremans
Gerente de producción
Viña Santa Rita
 
Cuando hace 10 años llegué a trabajar a la Viña, lo único que no quería era cruzarme con “el caballero”. Era famoso por preguntar lo que uno no sabía o pedir algo en un plazo imposible de cumplir. Como no hay plazo que no se cumpla, recuerdo una reunión con todos los gerentes del grupo, en la cual me llamó adelante para increparme por la mala calidad del los corchos de algunos vinos. Mientras hablaba, yo pensaba en cómo le explicaría que yo no tenía nada que ver con el tema e intentar hacer algún comentario inteligente. Por el rabillo del ojo vi que los gerentes de la primer fila (los más antiguos), al percatarse de que me disponía a dar mi respuesta, me hacían la señal de silencio con el dedo de la mano en la boca. Afortunadamente, les hice caso, porque eran pocos los que podían aguantar algún round en una discusión pública con don Ricardo.

Luego empecé a tener más contacto, principalmente cuando partimos con la construcción del Museo Andino. Fue muy apasionante, desafiante y entretenido. Se preocupaba de cada detalle, tenía una memoria frente a la cual era imposible hacerse el leso ante algún “cachito” que hubiese pedido. En una ocasión, durante la obra, estábamos todos (menos él) en desacuerdo con la colocación de unas piedras en un muro. Todos mis cobardes compañeros del proyecto me encargaron que lo convenciera de cambiar la decisión. A la tercera insistencia me miró y dijo: “mira, belga bruto, cómo quieres que te explique que yo lo quiero así”. Bueno, se pueden imaginar cómo quedaron las piedras.

Además del aspecto profesional, tuve la suerte de conocer su lado humano. Tenía la fama de ser un hombre muy duro, pero sólo lo era cuando las cosas iban en contra de los valores cristianos, la justicia y las personas. Era muy simpático, gozador y cariñoso. Cómo echo de menos esos almuerzos en la Viña cuando pedía su risotto de ostiones sin coral y sin mantequilla (el cocinero se oponía a no echarle mantequilla porque iba a quedar malo, por lo que el mozo tenía que mentirle cuando lo miraba y le preguntaba “¿estás seguro de que no tiene mantequilla?”)Partí contándoles que cuando llegué a la Viña no quería cruzarme con don Ricardo. Ahora les cuento que echo de menos esas cruzadas y que me habría gustado tener muchas más.

 

 


 

 
 
Baltazar Sánchez
Presidente Cristalerías de Chile y Ediciones e Impresos (Revista Capital)
Para todos los que trabajamos con Ricardo Claro, y en mi caso fueron 34 años, fue un jefe muy presente. Siempre ahí, colaborando, exigiendo, controlando, pero por sobre todo, guiando. “Te estoy hablando como amigo”, era una frase que la usaba tanto para corregir como para ordenar alguna tarea.

Fuimos cómplices en muchas ocasiones, especialmente cuando nos aproximábamos a nuevos negocios y había que hacer una exploración sin que él apareciera directamente. También, al abordar desafíos que terminaban siendo verdaderas cruzadas por el tiempo necesario de aprendizaje y por los distintos caminos a recorrer para sacarlos adelante.

Su frase típica era “no existen negocios buenos y malos, sino negocios bien o mal administrados”, y ustedes se imaginarán cómo quedaba uno frente a esa aseveración si no lograba los resultados esperados.

Eso reflejaba su tremenda templanza y un voluntarismo sin límite, así como sus fijaciones al abordar algunos negocios que perseguía desde muy temprana edad como abogado y empresario. Una vez que entraba a manejarlos, se encariñaba tanto que pasaban a ser parte de su vida, sintiéndose motivado a hacerlos crecer y desarrollarse.

Nadie duda de su capacidad emprendedora y de sus méritos como un estudioso inteligente, investigador, analista conectado al mundo y su estricto respeto por las instituciones, que lo convirtieron en un ciudadano de excepción. Siempre estuvo dispuesto a aprender, como un alumno principiante, de los socios experimentados que buscaba para sus nuevos negocios, y a enseñar, como gran profesor, en cada una de sus empresas.

Yo lo recuerdo especialmente en los momentos de satisfacción por lo logrado, pero también por su comprensión en los momentos críticos y su fuerza para responder a las dificultades, sin perder la visión de aprovechar las oportunidades posteriores.
Su amistad se mostraba cuando daba espacio a la confianza, para sopesar las ideas de otros y, en definitiva, tomar los riesgos juntos. “¿Hay alguna novedad?”, era su pregunta de todos los días en la oficina para interiorizarse de lo que hacía y qué nuevas cosas podía contarle.

Creo representar a la gran cantidad de empleados que tuvieron la suerte de hablar a solas con él y de realmente conocerlo en su intimidad como ser humano. Un hombre honesto. Apreciaba que sus empleados tuvieran permanencia y por esa razón no sólo sufría cuando alguien se iba, sino que era una norma tácita el que un nuevo empleado que quisiéramos contratar, no podía haber tenido más de dos trabajos anteriores.

Si hay algo que lo caracterizó fue su condición de coleccionista. De recuerdos, experiencias, amistades y seres humanos leales que conformaban sus empresas, como también de socios nacionales y extranjeros.

Coleccionista de empresas de la más diversa índole y tamaño, simplemente porque le atraía su campo de acción, ya fuera en el sector industrial, naviero, agrícola o de las comunicaciones, donde además sentía que tenía una responsabilidad ante el país por difundir sus valores.

Coleccionista al extremo de prohibir que se botara algo que le parecía atractivo, fueran objetos de arte, artículos, reportes, estudios, etc., los cuales se iban acumulando en sus distintas oficinas. Su más reciente y secreta colección es la que dio origen al Museo Andino y su legado lo retrata, al dejar comprometidos a su señora, a quien tanto quiso, María Luisa Vial, y a sus colaboradores, trabajando para las empresas y su Fundación, cuyo objeto es la educación en su querido país.

 

 

 

 
Jaime Moreno
Presidente del sindicato
N° 2 Cristalerías de Chile
 
Esta vez prefiero no referirme a su gran personalidad y temple, porque muchos ya lo han hecho con gran justicia. Lo que quiero es recordar algunos buenos pasajes de su trayectoria en Cristalerías y, particularmente, de aquellos aspectos que nos hacían tan cercanos.

La verdad es que son tantos los recuerdos, que ni siquiera sé por dónde empezar. Él hizo muchas cosas por nosotros, por ejemplo, nos acercó a la cultura, siempre éramos los primeros invitados a sus eventos, al ballet o la ópera. Espectáculos que jamás hubiésemos pensado que estuvieran a nuestro alcance de otro modo.

En los almuerzos que teníamos periódicamente siempre se mostró muy dispuesto a ayudarnos en todas nuestras necesidades: si necesitábamos más becas, él no sólo las aumentaba, sino que las duplicaba y triplicaba, porque para él la educación siempre fue una preocupación y, como la caridad empieza por casa, nosotros éramos los primeros en contar con su apoyo.

Particularmente me unía a él ese apego a la religión y la fe. Yo soy ministro de la Iglesia y más de alguna vez celebramos misas donde también alguna vez le di la comunión… Muy buenos momentos que valen la pena recordar.

 



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