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Artículo correspondiente al número 276 (20 de mayo al 4 de junio de 2010
China está desarrollando una nueva imagen global, una marca en que la construcción y la renovación de sus ciudades son las protagonistas. La de China es una imagen repleta de nuevos íconos urbanos, planificados para competir con otros centros inmobiliarios de clase mundial. Pero, ¿qué representan estos proyectos? ¿cuál es su identidad? Por Mauricio Zulueta, arquitecto.
A pesar de que la gran mayoría de sus nuevos edificios son trazados por arquitectos y diseñadores extranjeros, las ciudades chinas no se han transformado en una colección de objetos, como podría decirse ocurre en Dubai. En China parecen estar interpretando mejor las nuevas contradicciones y perspectivas de una sociedad cada día más compleja.
Sin embargo, ¿cómo terminarán siendo estas ciudades en un país de más de 1.000 millones de habitantes y donde casi todos son hijos únicos? ¿Es posible prever en qué terminará este proceso?
Estuvimos en China, observamos el pulso de sus ciudades y perdimos el aliento al constatar la energía con que los líderes del comunismo y su latente capitalismo impulsan no sólo uno de los desarrollos industriales y urbanos más fenomenales de todos los tiempos, sino que también un proceso que incide y refleja de manera dramática la forma de vida de sus habitantes.
Un asunto de identidad
Todos los meses de diciembre la revista Times elige al personaje del año. Políticos, emprendedores, artistas, deportistas y empresarios han sido protagonistas alguna vez de sus portadas. Aparecer ahí siempre ha sido un signo de poder. Hasta aquí todo bien, salvo porque en 2006 la legendaria publicación salió a circulación con una portada de papel aluminio reflectante, un espejo de plástico sin ninguna imagen ni fotografía. Por primera vez en la historia, Times elegía a cada uno de sus lectores como el personaje del año.
¿Cómo impacta a la arquitectura y al arte en general este, aparentemente, nuevo “poder” anónimo? ¿Qué tiene que ver esto con el diseño de las nuevas ciudades? ¿Por qué las nuevas construcciones envejecen tan prematuramente? ¿Es un problema de identidad?
Las respuestas a estas interrogantes son complejas, pero pareciera que por primera vez en mucho tiempo están ocurriendo cambios entre los usuarios de los edificios que los arquitectos apenas alcanzan a interpretar. Es tal vez por eso que los nuevos edificios se parecen tanto en el mundo y, por eso también, que van quedando atrás tan rápido, “pasando de moda”.
La semana pasada estuve en dos proyectos emblemáticos construidos en China, dos aeropuertos diseñados por Norman Foster: el de Hong Kong y el nuevo aeropuerto de Beijing. Cuando se inauguró, en 1998, el terminal de Hong Kong era no sólo una de las “maravillas” de la arquitectura mundial, sino que uno de los planes más mediáticos de aquel entonces. Nada hacía sospechar que en poco más de 10 años este megaproyecto pasaría a ser un edificio algo antiguo, un clásico.
Y no lo decimos por problemas de mantención (de hecho, el edificio está impecable), sino por cómo los proyectos ya no son capaces de representar lo que hoy pasa en el mundo. El cambio acelerado es la regla. Hace un par de semanas Google cumplió recién seis años desde su fundación. ¡Sólo 6 años! De ahí que para un edificio 10 años sea una eternidad.
Detrás de este proceso hay probablemente un problema de identidad, cuestión que pone a la arquitectura frente a un dilema de grandes proporciones. En el arte existen muchísimos casos en que se juega con la identidad y la realidad. Los mejores ejemplos, sin duda, se pueden encontrar en el cine, donde sobresale el caso de La dolcevita, con un Marcello Mastroianni protagonista que en el film se llama simplemente Marcello.
Ese problema de identidad está siendo percibido por la arquitectura. Y así lo hace ver el arquitecto Daniel Libeskind en el último número de The architectural review, cuando señala: “My buildings do not tell you the world is in order. My buildings ask questions. Sometimes these are answered with other questions”.
China sin complejos
Históricamente, la arquitectura ha estado relacionada con los ricos, con mecenas y gobiernos dispuestos a invertir en las ciudades, como fue el caso de Kubitschek en Brasil en los 60. Es justamente en este punto donde China tiene una gran ventaja. Aquí los ricos no han heredado nada. Ellos se han inventado a sí mismos, nadie les regaló nada. Tienen muy pocos prejuicios y, quizás por eso, finalmente son más libres que sus pares de occidente.
Esa libertad se respira en todas partes. No tienen problema en construir un moderno y gigantesco edificio de la ópera diseñado por el arquitecto francés Paul Andreu a pocos metros de la antigua Ciudad Prohibida, como tampoco en que O.M.A. construya el primer rascacielos “horizontal” para CCTV en pleno centro de Beijing. En China todo el mundo está orgulloso de sus megaproyectos y esto se celebra.
Por eso es que a nadie sorprende en China que Arturo di Modica, el artista que esculpió el famoso toro de Wall Street, inaugure por estos días en Shanghai una réplica del famoso símbolo del barrio financiero de Nueva York. Según sus palabras, este nuevo toro, a diferencia del original, es más “fuerte” y “joven” que el anterior.

En el centro de Hong Kong también es posible palpar estas fuerzas. Acá los terrenos son un bien escaso y, de hecho, hay sectores de la ciudad en donde se han vendido paños a casi un millón de dólares por metro cuadrado. Y, a pesar de su gran densidad, es una ciudad que funciona bien, limpia y segura.
En este contexto de alta densidad habitacional la ubicación de los proyectos casi da lo mismo. Por ejemplo, en el centro, en plena Lockhart Road, el comercio se ubica en todas partes. No es raro encontrar aquí un restaurante en el cuarto o quinto piso de un edificio antiguo apenas renovado, al lado de otro, esta vez de comida rápida, sin ninguna mesa individual y con un pequeño televisor frente a cada silla.
Otra vez: ante un entorno heterogéneo y cambiante, en el que es difícil asir la identidad, la respuesta es una aproximación sin complejos.
Los nuevos usuarios
Hace aproximadamente 10 años, el destacado arquitecto holandés Rem Koolhas escribió Mutations, un libro con un diseño fantástico y repleto de información sobre el estado de las ciudades y, sobre todo, del uso y desarrollo de algunos de los tipos de edificios públicos más importantes. El texto no escatima en datos y estadísticas y en su capítulo sobre el retail señala algo muy revelador y que permite poner en perspectiva el título de la obra: “Desde 1992 los espacios de exposición en los distintos museos en Estados Unidos ampliaron sus superficies en 3% promedio, en cambio las tiendas de estos museos se ampliaron un 29%”.
¿Podríamos decir, entonces, que la gente va principalmente a “comprar” a los museos y no a “contemplar”, como se podría suponer? No necesariamente, pero sí es posible sostener que hay un hecho objetivo: hoy las boutiques de los museos están repletas de público comprando tazones, poleras, lápices, afiches o calendarios. Este interés por comprar en los museos es algo que todavía nadie ha tomado muy en serio, pero que sin duda refleja un problema de identidad.