|
|
Bienvenido, te encuentras en Inicio Reportajes y Entrevistas Chile 2030: ¿cielo o infierno? |
Califica este artículo
Otros artículos de la sección:
Artículo correspondiente al número 300 (20 de mayo al 2 de junio de 2011)
Por Sergio I. Melnick
El dilema al mirar el futuro
Todas las sociedades contienen en sí la dualidad éxito o fracaso. La primera gran clave somos nosotros mismos; en este caso, el sistema político –la grandeza o la pequeñez de nuestros líderes–. Esto es especialmente válido en países con una larga historia de inestabilidad, como el nuestro.
El segundo factor clave tiene relación con el tamaño del país, que nos hace dependientes de las tendencias dominantes en el mundo. Somos seguidores, no marcadores de tendencias. Ello es especialmente cierto en la avanzada globalización actual, que sólo seguirá avanzando. No tenemos otra opción: mejor será asumirla con sus tendencias, cuyo eje dominante estará en los cambios tecnológicos. Particularmente, en nuevas formas de inteligencia artificial, telecomunicaciones e Internet, biotecnología, nanotecnología y el entendimiento del cerebro.
Las grandes variables y posibilidades
Dada esta incertidumbre en la mirada al futuro, nuestra mejor forma de relación hay que diseñarla sobre la base de escenarios posibles, deseables, probables. El futuro que queremos debe estar en el espacio que queda entre lo inevitable y lo posible.
Esencialmente dada nuestra condición de seguidores con poca esperanza de liderar, los escenarios son básicamente tres:
Tragados exitosamente por la globalización
Un espacio en que nos integramos exitosamente a la globalización, pero con una gran pérdida de identidad o carácter nacional, asumiendo los patrones dominantes de la cultura tecnológica en marcha. Este es el escenario más probable hoy en día y, si bien tiene muchas ventajas, conspira contra los espíritus nacionalistas, ya en retroceso en todo el mundo. Es probable que esta situación, si se da, se combine con identidades más bien regionales –más locales–, lo que es un modelo interesante.
Básicamente, tal realidad significa acoplarse a una nueva cultura global y aceptar la necesaria inminencia de nuevas formas de gobierno mundial. Implica que nuestra propia cultura (que nunca ha sido muy poderosa) se desvanece en lo global y esa cultura global está influenciada por las grandes potencias; particularmente, las que generan tecnología. De hecho, esto ocurre hoy. Las modas son globales, estamos todos integrados a Internet y a las redes sociales; el inglés es la lengua universal, los canales de cable y la música son globales, etc.
En este escenario, la idea de “chilenidad” simplemente queda reducida a nuestro territorio y al turismo. Si lo pensamos sin pasión, tampoco hay mucho más. La cueca, la cazuela, el palo ensebado y la guerra del Pacífico no alcanzan para impresionar al mundo.
La pugna de siempre nos paraliza, volvemos a la mediocridad
No podemos descartar un escenario negativo. Tiene una cierta probabilidad de existir. No está muy claro que los chilenos, especialmente nuestros líderes, sean capaces de aprender de la historia. La Concertación, hoy en la oposición, muestra señales de intolerancia propias de los años 60. La izquierda ya no tiene ideologías claras y la DC está en un vecindario que no le queda muy cómodo. Como la cabra tira pal monte, las tendencias regresivas están a la vuelta de la esquina; sobre todo, dada la poca renovación de las dirigencias políticas.
Este es el escenario de la descalifi - cación del oponente. Como diría Jung, cada cual proyecta su propia sombra en el otro, negándose a verla como propia. Se pierde la tolerancia. Se pierde el encuentro en el medio. Todos se hacen dueños de la verdad. No hay acuerdos posibles. Ya ha pasado varias veces en nuestra historia: se pierde la batalla de las ideas y se pasa a las descalifi caciones de las personas.
Este es el escenario tipo Chávez, Evo, Correa y otros de esa naturaleza, no muy lejanos, pero tampoco superados. Es –lejos– el peor de todos. Mejor ni imaginarlo.
Chile con un sentido común
El tercer escenario es el más deseable. Es el de colaboración en alguna forma de proyecto común o mejor dicho de grandes principios comunes. Eso mismo es lo que nos da la identidad frente a la globalización. Un país que se ha “centrado”, donde hay dos grandes bloques integrados por una diversidad de partidos, muchos de carácter regional. Un gran acuerdo de convivencia y progreso equilibrado, que parte por resolver la pobreza extrema y abrir fi nalmente el naipe de las oportunidades.
Chile con un sentido común en 2030: una historia posible
Jugando con las palabras, la idea es generar un sentido común para todos. Una meta que sólo podemos lograr colaborando. Por cierto, discrepando y criticando, pero con el fi n de llegar a los acuerdos en que todos ceden un poco.
No se trata de hacer ingeniería social; son principios sólidos de convivencia. Una idea y vivencia real de nación, no sólo de grupos antagónicos que comparten un territorio. Lo cual, en la otra acepción del término, es también de sentido común. La clave básica la conforman la generosidad y la tolerancia: atributos que no abundan en nuestro querido país. Por ello, insisto, no significa no disentir; al contrario, es parte de la riqueza. Es la forma y es la intención. La generosidad no se logra por decreto. Es una actitud espiritual, aspecto escaso en nuestra sociedad y en el mundo entero.
Así, y con buenas reglas de convivencia, caminando con colaboración, para 2030, seríamos unos 18,5 millones de chilenos que vamos a convivir quizás con 1,5 millones de inmigrantes de países vecinos que han venido a ocupar trabajos que los primeros ya no quieren realizar. Nos ha ido bien en la economía. El ingreso por persona promedio es el doble que en 2010. La pobreza extrema ha desaparecido y ahora es esencialmente relativa, lo que requiere otro tipo de políticas. La educación será ahora la gran tarea fi nal. La población se ha hecho más vieja y el país tiene una expectativa de vida de 90 años, cuando en 2000 era de un poco menos de 80. Hay una nueva tipología de problemas y oportunidades con una población más vieja. Hay también una serie de nuevas industrias dedicadas a servir a ese segmento. Una sociedad más vieja tiende a ser más sabia, pero también más conservadora.
Siguiendo el recuento hacia atrás desde en 2030, en la década de 2010 se instalaron nuevas universidades y centros técnicos; algunas de tales entidades son internacionales de primera calidad, lo que ha obligado a todo el sistema a mejorar. Lo cual ordenó de inmediato el sistema educacional secundario y primario.
Estas nuevas instituciones y la puesta al día de las antiguas llevaron a fines de esa década a una masa estudiantil técnica y universitaria de 2 millones de estudiantes. Los años de educación promedio son ahora 15 en vez de los 10 que eran en 2000. Chile tiene ahora un gran capital humano que puede empujar bien al país, e innovar como nunca. Eso generó las oportunidades que todos buscaban. Todos pueden estudiar más si tienen el empuje. Además, para 2030 destacaríamos ya a nivel mundial en astronomía, biotecnología agropecuaria, oceanografía, en ciertas especialidades de informática y en otras.
Chile fue iluminado digitalmente en la década de 2010. En 2030 habrá unos 25 millones de aparatos electrónicos personales, que son mucho más que un celular, con amplio acceso a la red mundial, multimediales, que funcionan además como medio de identidad e instrumento de pago y con capacidad de administrar un “agente digital” inteligente y personal, que hace gestiones de conocimiento a través de la red.