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Reportajes y Entrevistas
Carrera por la fama

Artículo correspondiente al número 223 (7 al 20 de mar 2008)


El vino chileno ha logrado sus mejores puntajes internacionales en los últimos años y está en una posición expectante pero cuidado: Argentina nos puede golear, por muy reciente que sea su irrupción en el mapa vitivinícola mundial. ¿La copa medio llena o medio vacía? Sepa la verdad de los concursos y los rankings de vinos, donde las medallas no pesan todas por igual. Por Marcelo Soto.


La escena fue memorable.Corría 1987 y en un lujoso salón parisino estaba la crema y nata de la industria vinícola francesa, junto a algunos productores del Nuevo Mundo. Había expectación por saber quién ganaría ese año la Olimpíada del Vino Gaultet Millau y nadie hubiese apostado, y menos los orgullosos representantes galos, que un tinto chileno se llevaría el trofeo máximo. El hoy legendario Santa Rita Medalla Real Cabernet Sauvignon 1984 venció a grandes Château en lo que se considera el primer gran triunfo de la vitivinicultura nacional. Ignacio Recabarren, el enólogo de aquel vino, todavía se entusiasma al recordar la velada: “fue como estar en los Oscar. Recuerdo que el vino mató, todo el mundo estaba impresionado. Era un vino de 30 dólares la caja, elegante, de estilo afrancesado, que competía con franceses que tenían que esperar 10 años para estar en su nivel óptimo. Llamé a la viña en Chile y les dije: Hay que subir el precio a 100 dólares, tengo un distribuidor que quiere 10 mil cajas ya. Ese fue el despertar de nuestro vino”.

La innovación que hizo Recabarren fue cambiar los viejos toneles de raulí, en que se guardaban los tintos tradicionalmente en el país, por barricas nuevas de roble francés. “El director de Château Margaux, Paul Pontallier, fue quien me recomendó que hiciera el cambio, porque teníamos vinos de mucha fruta y mucho color, pero que se estropeaban por la mala calidad de la madera. Después vino el boom y todos empezaron a imitarnos”, dice el enólogo, quien hoy trabaja en Concha y Toro, donde elabora el afamado Carmín de Peumo, un súper carménère cuya cosecha 2003 ha conseguido la mayor puntuación internacional para un vino local. El año pasado obtuvo 97 puntos, de un máximo de 100, en la revista The Wine Advocate, uno de los medios especializados más influyentes de Estados Unidos, dirigido por el todopoderoso Robert Parker. Se dice que todo lo que toca Parker, todo lo que bendice con su paladar, se convierte en oro y que en Burdeos algunos productores esperan su veredicto al borde de un ataque de nervios. Porque un buen puntaje en su revista hace la diferencia entre el cielo y el infierno, entre el éxito y el fracaso. Recabarren cree que es una exageración, pero admite que tras la publicación hubo un alza en la valoración del vino: si antes la caja llegaba a 350 dólares, ahora lo hace a 500. Carmín es un vino de producción limitada, pero sus cifras no dejan de ser llamativas. “La cosecha 2005 –la 2004 no tuvo la calidad requerida y no se embotelló– será de mil cajas, que ya están todas vendidas. De tal modo que este vino representa medio millón de dólares. No es poco”, bromea Recabarren.

 

 

Sobre premios y puntos

 

El tema de los puntajes y los concursos en el mundo del vino, donde la mirada del especialista no siempre coincide con la del consumidor, es complejo. Si revisamos los puntajes obtenidos por la industria local en los medios más importantes (Wine Spectator, Wine Advocate, Wine & Spirits y Wine Enthusiast en Estados Unidos, Decanter en Inglaterra y Wine Access en Canadá, entre otros) resulta evidente un alza en el último tiempo. Pero hay bemoles. Partamos diciendo que la calificación estándar del vino se realiza con una puntuación máxima de 100, en la que los vinos de más de 95 son clásicos y rozan la perfección; de 90 a 94, se trata de vinos extraordinarios, sobresalientes por carácter y estilo, que están entre lo mejor que cada país puede ofrecer; vinos de 85 a 89, son muy buenos vinos, con cualidades especiales, mientras que de 80 a 84 son correctos, sin defectos, sólidos aunque no impresionantes. Entre 75 y 79 son vinos mediocres que pueden beberse aun si tienen alguna falla; y los de menos de 74 ya derechamente no merecen la pena y deben descartarse.

 

 

 



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