Artículo correspondiente al número 223 (7 al 20 de mar 2008)
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Brethauer es un infaltable en los concursos, chilenos y extranjeros, y no tiene pelos en la lengua para decir que la mayoría posee pies de barro. “Hay varias razones. En primer lugar, las viñas no mandan sus mejores vinos a los concursos porque tienen mucho que perder y poco que ganar. En estos certámenes suelen ganar los vinos promedio, los vinos que generan consenso, pero no necesariamente los mejores. Por otro lado, los vinos de alto rango son de rendimientos bajos, más potentes y concentrados y por lo mismo, necesitan un tiempo en botella antes de salir al mercado. Y por presiones comerciales, participan en concursos sin estar listos”. Una de las críticas más repetidas, aunque nunca confirmada, apunta a la supuesta manipulación de los vinos que compiten. Es decir, botellas mejoradas que ganan medallas y después en el mercado el vino resulta de inferior calidad. “Eso sucede, lamentablemente”, dice Brethauer. “Los vinos son una mezcla de diferentes barricas, y se presume y se ha comprobado que algunas viñas no mandan la mezcla final que va a los supermercados, sino la de la mejor barrica, la barrica regalona del enólogo, que posee una calidad muy superior a la de la mezcla final que llega al consumidor. Es súper difícil de fiscalizar”. Sin embargo, hay concursos respetables y del medio local destacan Catador y Wines of Chile Awards, mientras que de afuera los más prestigiosos son el Mundial de Bruselas, Vinalies, International Wine Challange y Wine & Spirits, entre otros. Brethauer recomienda privilegiar estos certámenes. “Hay una proliferación cada vez mayor de concursos, estamos como los festivales, de la Sandía, del Huesillo, etc. Levantas una piedra y hay un concurso. Así, las botellas parecen arbolitos de pascua”.
Andrés Ilabaca, enólogo y director técnico de Santa Rita, precisa: “sinceramente, los concursos tienen menos impacto que una reseña elogiosa en la prensa especializada. Las críticas de medios como Wine Advocate o Wine Spectator influyen sobre todo en los distribuidores. El mercado norteamericano reacciona muy rápido ante este tipo de cosas. Te doy dos ejemplos: cuando el Medalla Real Cabernet Sauvignon Special Reserve 2004 fue elegido entre los mejores vinos de 2007 por Wine Spectator, en Andrés Ilabaca, director técnico de Santa Rita: “los altos puntajes provocan una reacción inmediata en el mercado norteamericano”. el puesto 49, generó una altísima demanda.Los distribuidores lo querían todo, pensando en que es un vino que apenas vale 19 dólares. Y hubo un alza: la cosecha anterior costaba 16. Del mismo modo cuando Wine Access de Canadá le dio 89 puntos a un pinot noir nuestro de 12 dólares, recomendando a la gente comprarlo antes que se agotara, desapareció de las estanterías canadienses al poco tiempo”. El factor suerte no carece de relevancia a la hora de concursar. Brethauer recuerda el Mundial de Bruselas de 2006, realizado en Lisboa, cuando Chile obtuvo 9 medallas de oro, todas por carménère. “Después se supo que el jurado, justo antes de catar los vinos chilenos, probó vinos de Europa del Este, duros, astringentes como piedra. Entonces después viene el carménère chileno, tan suave, tan amable, y los panelistas quedaron encantados. Y eso puede llevar a la idea peligrosa de que hay que puro plantar carménère en todas partes”. Más tajante, Recabarren declara que “a los concursos no les creo nada, muchas botellas llegan arregladas”, en tanto Ilabaca advierte que “la sobreabundancia de condecoraciones hace dudar sobre la verdadera categoría de tales honores”. Claro que hay certámenes que concitan respeto, empezando por la victoria ya mítica de aquel Medalla Real 1984 de Santa Rita, que puso al cabernet sauvignon chileno en el mapa. De manera incipiente, pero promisoria.