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Reportajes y Entrevistas
Candidatos en guerra

Artículo correspondiente al número 228 (16 al 29 de mayo de 2008)



Tan duro se han tratado Hillary y Obama, que muchos de los más acérrimos partidarios de cada candidato amenazan con renegar su voto demócrata si el elegido es el contrincante. Así las cosas, hasta ahora el principal ganador de la contienda parece ser el postulante republicano, John McCain. Por Claudia Heiss.

 

 

Por meses los electores estadounidenses han debido soportar los dimes y diretes de dos candidatos del mismo partido que parecen dispuestos a sacarse los ojos por la nominación a las elecciones presidenciales de noviembre. A partir del llamdo “súper martes”, a comienzos de febrero, la disputa entre Hillary Clinton y Barack Obama se ha tornado más y más violenta. lagada de descalificaciones personales, los analistas coinciden en que esta lucha fratricida ha tenido como principal ganador al candidato republicano John Mc-Cain, que desde una cómoda posición fuera del ring observa y toma nota. Más de un dato le podría servir cuando le llegue el turno de enfrentar a los demócratas.

Pero las encuestas son claras: la gente está exhausta de la guerra sucia entre los pre candidatos demócratas. Mientras en febrero sólo un 28% consideraba que la campaña era demasiado negativa, esa cifra alcanza hoy a la mitad de los encuestados. El grupo en que esa apreciación tiene un aumento más drástico –del 19% al 50%– es el de los propios partidarios demócratas. Aunque las tasas de participación en las primarias demócratas han sido altas, como suele ocurrir cuando hay mucho en juego, cada vez más adherentes a ese partido opinan que esta campaña ha sido interminablemente larga y cada vez más aburrida.

Ya en las primeras contiendas, en enero pasado, Clinton y Obama sentaron las bases de la que sería una campaña beligerante. Mientras se acusaban mutuamente de buscar pelea, el senador demócrata Tom Daschle advertía que ésta era la estrategia equivocada: “todos saben que está mal, y tiene que parar. Va a tener un enorme efecto, un efecto duradero, si no se detiene pronto”. Pero no sólo no se detuvo. Se puso peor. Y la mayor parte de la responsabilidad en el tono de la campaña primaria se atribuye hoy al estilo Clinton.

 

 

La beligerante Hillary

 

Las campañas negativas en Estados Unidos tienen una larga tradición y hay bastante literatura sobre ellas. Pero aunque puedan resultar beneficiosas en determinadas coyunturas, no parece que ésta sea una de ellas. Como un boomerang, los epítetos y acusaciones que ha lanzado la senadora Clinton contra Obama se están volviendo en su contra.

La senadora quiso mostrarse como una mujer con amplia experiencia en política, una sobreviviente a los múltiples ataques que ha recibido a lo largo de su carrera de parte de los republicanos. Adoptó la imagen de una luchadora incansable, capaz de sobreponerse a las dificultades. Con el lema de no rendirse jamás, repartió entre sus partidarios de Indiana guantes de boxeo autografi ados, y quiso contrastar esta imagen con la de un Obama débil, que prentende vender sueños sin sustancia.

Pero la fortaleza que Hillary Clinton quería proyectar se convirtió en la imagen negativa de una mujer sin escrúpulos, dispuesta a cualquier cosa con tal de ganar. Lo que para sus partidarios es fortaleza y tenacidad, para sus contrincantes es un carácter que divide a la gente y una inclinación a jugar sucio. Joe Andrew, un “superdelegado” que recientemente cambió su preferencia de Clinton a Obama, acusó a la senadora y sus partidarios de ser “los mejores exponentes de la vieja política, capaces de usar las mismas palabras que usaron los republicanos para atacarme cuando yo defendía al Presidente Clinton”.

Los Clinton son conocidos practicantes de campañas agresivas. Mientras trabajaba apoyando a su esposo, Hillary creó una “sala de guerra”, una habitación destinada a planificar los ataques a sus oponentes. Según el New York Times, su sede de campaña en Virginia tiene una prominente “pieza de guerra”, desde donde la senadora ha promovido la idea de golpear duro a Obama. “Insiders de la campaña dicen que ella generalmente está del lado de los asesores que son partidarios de un enfoque más agresivo al desafíar a Obama, de Illinois, en lugar de aquellos que defienden la moderación, preocupados de no reforzar los aspectos negativos de su imagen”, señala el New York Times.

Con todo, sus críticos reconocen que en el curso de su carrera política la senadora ha ido moderando esa tendencia confrontacional, mostrando mayor disposición a reconocer errores y a ceder en la búsqueda de acuerdos. Así lo demuestra una nutrida agenda legislativa en la que ha trabajado codo a codo con senadores republicanos.

Uno de los intercambios más agresivos entre Clinton y Obama se produjo poco antes de la primaria de Pennsylvania, el 22 de abril pasado. La senadora por Nueva York criticó a Obama por decir que los habitantes de pueblos chicos están amargados por la situación económica y que por eso se aferran a las armas y a la religión. Esas declaraciones le permitieron presentar a Obama como un personaje elitista, representante de la clase alta de las grandes ciudades que, en el fondo, desprecia el provincianismo del norteamericano blanco de pueblo chico. Obama, por su parte, la acusó de estar vinculada con intereses económicos que han financiado su campaña.



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