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Artículo correspondiente al número 261 (17 de septiembre al 1 de octubre 2009)
No hay pie atrás. Lo que viene son las economías bajas en carbono y para muchos no es suficiente reducir las emisiones, sino neutralizarlas por completo. Líneas aéreas, firmas de alimentos, hoteles y hasta estudios de abogados son parte del boom de empresas en el mundo que trabajan por la calificación de Carbono Cero. En Chile también hay experiencias atractivas y en Capital les seguimos huella. Por Paula Vargas.
Ya sea por convicción, obligación o hasta por marketing, varias son las empresas en Chile que buscan neutralizar por completo sus emisiones contaminantes y avanzar hasta el punto de lograr la denominación Carbono Cero, lo que significa que un producto o servicio no genera huella de carbono y, por lo tanto, no contribuye al calentamiento global. Claro que no somos los primeros, ni menos esto obedece a una estrategia país, como sucede en Costa Rica, pero hay varias iniciativas privadas que se están poniendo a la vanguardia de este nuevo fenómeno mundial.
Más allá de lo complejo del proceso, en los últimos meses se percibe una explosión de consultas de los más diversos sectores para certificar parte de su huella o la totalidad de la misma como carbono neutro, asegura Rodrigo Valenzuela, consultor de la firma especializada Deuman. Explica que la proximidad de la puesta en vigencia de la ley Grenelle II en Francia, que a partir de enero de 2011 exigirá a todos los productos que se comercialicen en el país un etiquetado con sus emisiones de carbono; y los cada vez mayores requisitos que impone el supermercadismo europeo y estadounidense (principalmente, Tesco y Walmart) a los productos importados, han acelerado este proceso.
De ahí que hoy el sector agroalimentario chileno esté trabajando de cabeza, no sólo en una metodología para cuantificar la huella, como es el caso de un estudio encargado por el ministerio de Agricultura y que involucra a los productores de uva de mesa, carozos, manzanas, peras, berries, semillas, maíz, lácteos, quesos, carnes de bovino y viñas (entre ellas, Santa Rita, Valdivieso, Baron Philippe de Rothschild, Cono Sur y Lapostolle); sino que también algunos de estos productores han corrido con colores propios y están en pleno proceso de certificación para neutralizar por completo sus emisiones contaminantes.
Lo sorprendente es que este interés no sólo está en el sector exportador. En el país son varias las organizaciones que se han sensibilizado al respecto, como hoteles, universidades y hasta personas naturales, y todo indica que en los próximos meses se van a sumar nuevos sectores... y quien sabe si terminaremos como en Australia o Nueva Zelanda, donde ser carbono neutro se ha convertido prácticamente en una obsesión. Los ejemplos van desde el café, la comida envasada, la ropa y los cosméticos, hasta prestigiosas oficinas de head hunter y estudios de abogados, tal como cuenta Matías Sánchez de la consultora Greensolutions.
Es que este fenómeno va generando rápidamente un efecto en cadena. “Hoy las empresas que alcanzan el sello de carbono cero están compensando las emisiones de sus proveedores, pero el día de mañana la dinámica será diferente y van a exigirles la disminución de su huella. Entre otras razones, porque aparecerán proveedores que sí van a preocuparse de este tema”, predice Arturo Errázuriz, gerente general de la consultora Ecosecurities.
Viñas vanguardistas
Con la sensibilidad que tiene el sector vitivinícola local a las legislaciones internacionales, más temprano que tarde las viñas asumirán su obligación de caminar hacia una certificación nula en carbono. Entre las pioneras en la materia, se encuentra De Martino, firma que recientemente lanzó su primer vino (Nuevo Mundo) con esas características.
Para ellos, el proceso no fue muy complicado. Cuando tomaron la decisión tenían un buen camino recorrido, con todos sus campos certificados como orgánicos, una planta de tratamiento de aguas y una política sostenida de ahorro de agua y energía, que ayudaron a que el proceso de certificación requiriera apenas unos meses.
Una vez hecha la auditoría de la huella realizada por la firma de origen australiano Greensolutions, la viña tuvo que ajustar varios aspectos: intensificó la política de reciclaje con la recolección de residuos reutilizables y el uso de material reciclable para varios de sus procesos, principalmente el embalaje. De la misma forma, decidió adelgazar el material del empaque para reducir el peso y encargó a Cristalerías de Chile botellas más livianas y con un porcentaje de material reutilizable, tema que disminuyó casi un 10% las emisiones totales del producto. Para las etiquetas: material reciclable y, en el caso de las tintas, menor contenido de metales pesados. En el ámbito comercial, se acentuó una política de marketing on line, reduciendo la gestión promocional o haciéndolo en material reciclado, y disminuyó los viajes al extranjero en un 40%. Hoy cuenta con un ejecutivo radicado en Europa para la gestión del negocio de exportación.
Claro que lo más difícil fue el cambio cultural, nos cuenta Sebastián de Martino, gerente de Marketing de la viña. “Bajar a la gente de los autos, incentivar para que los compartan o que apaguen las luces y computadores de las oficinas ha sido lo más complicado”. Con todo, De Martino ya piensa en el futuro y evalúa seguir con esta política y lograr certificar bajo carbono neutro otras líneas de productos o, incluso, toda la viña.
Otra bodega que está haciendo algo similar es Lapostolle, firma que trabajó en este proyecto junto a The Carbon Neutral Company, uno de los organismos internacionales de mayor prestigio en el rubro. En su caso, el proceso se asumió por partes, comenzando por el delivery, lo que implica neutralizar la huella desde el almacenamiento de los vinos hasta su entrega en mercados internacionales, tal como lo hiciera hace un par de años Cono Sur y en los próximos meses lo habrá la Viña Viu Manent.
En su caso, el proceso fue similar a De Martino: luego de medir la huella, pusieron manos a la obra en la etapa de disminución de emisiones. “Nuestra filosofía de manejo de producción de uva y vino es hacia un mínimo de manipulación. Con ello buscamos vinos que sean fiel reflejo del terroir, aspecto que de todas maneras genera interesantes ahorros de costos, al no corregir acidez o al usar levaduras nativas. Luego, minimizamos los procesos productivos; por ejemplo, no estabilizamos por frío nuestros vinos tintos y cosechamos durante la noche, logrando importantes ahorros de energía, ya que la uva llega más fría”, explica Andrea León, gerenta de Comunicaciones de la viña.
En cuanto al tratamiento de agua, desde hace algún tiempo que Lapostolle recicla la que usan en la bodega para el riego. Para qué hablar del reciclaje de los desechos, que también es una práctica tremendamente cuidada. Asimismo, la viña ha hecho una fuerte apuesta por botellas más livianas para más del 50% de sus productos, etiquetas provenientes de bosques sustentables y trabajan en una política de apoyo a sus proveedores para fomentar el uso de energía limpia y materiales reutilizables. Y lo que no pueden disminuir, lo suplen con la compra de bonos de carbono.