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Son hijos y nietos de corredores bursátiles. En su ADN están el amor por la rueda y los recuerdos de cuando eran los amos y señores de la Bolsa. Hoy soplan otros aires: las corredoras tradicionales han ido desapareciendo, producto de la mayor competencia de los bancos y grandes corporaciones. Sobreviven, literalmente hablando, mientras esperan tener la misma “suerte” de Ureta y Bianchi. Todas sus esperanzas están puestas en el valor que les da ser dueños de una acción de la Bolsa. Por Sandra Burgos. Fotos: Gabriel Pérez.
No es día de remates ni de aperturas… es un día como muchos. Un silencio sepulcral invade los pasillos de la Bolsa de Comercio de Santiago. Si no supiéramos dónde nos encontramos, pensaríamos que estamos en un monasterio… todo muy pulcro, muy ordenado, extremadamente frío. Cuesta imaginar que por estos pasillos hace 20 años corrían los operadores con las órdenes de compra y venta de acciones, chorreando adrenalina, con las camisas empapadas por el sudor nervioso que provoca el enfrentamiento con la rueda.
Espiamos por la rendija de una puerta el salón de la rueda… no hay más que tres o cuatro personas observando las pantallas que informan las acciones que suben y bajan. Los pregones se acabaron, ya no es el más fuerte quien se adelanta a grito pelado a la orden de compra y venta con un “conforme” desfigurado, que terminaba en un grito estrepitoso, como los de don Alfredo Eyzaguirre, que a veces se escuchaban en la calle La Bolsa. También los misales desaparecieron: fueron cambiados por transacciones en línea, mucho más eficientes y certeras.
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La rueda en el año 1965: Francisco Mekis (El cabro), Manuel José Ureta (El loro),
Luis Bianchi (el pelao), Tomás Etchegaray (‘On Tomá), Gonzalo Eyzaguirre (Cogotito). En el centro, con pipa, el señor Martí, del departamento de estadísticas de la Bolsa.. |
Es que por este edificio ha corrido mucha historia. En los 70 fue testigo directo de la defensa de la Papelera y otras compañías privadas en la rueda, del derrumbe de la banca en los 80, de la irrupción de la telefonía celular y la llegada de los “cuescos cabrera”, de la mano de las corredoras de los bancos, lo cual cambió radicalmente el destino de la actividad.
Cuesta imaginar cómo las 15 corredoras tradicionales que quedan en el mercado sobreviven, cómo resisten la mutación de los tiempos... Miramos las cifras y nos encontramos con que a mayo de este año transaban un escuálido 4% de los montos operados en las bolsas de Comercio y Electrónica. Y no sólo eso, nueve de ellas arrojaban resultados negativos al primer trimestre.
Muchas confiesan que sobreviven. Que con las operaciones de clientes de toda la vida, más los dividendos que les entrega la acción de la Bolsa, pueden mantener el negocio. También confidencian que este año, que ha sido pésimo para el mercado, muchos se han planteado la idea de vender su acción o asociarse con algún banco, como lo hizo Ureta y Bianchi. Pero también reconocen que en una alianza de esas características sobrevivirían, con suerte, unas semanas, ya que les sería muy complicado asumir los ritmos y la dinámica de un banco. En suma, se saben “obsoletos”.
Por eso prefieren seguir con su dinámica diaria, aprovechando que aún existen clientes de años –cada día menos, eso sí– que están acostumbrados a un trato especial. Esos clientes, que tienen a veces tantos años como las corredoras, son los que les permiten seguir en esta lucha diaria, resistiendo… ¿hasta cuando?... Esa es la pregunta del momento.
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| Alamiro Valdés, Carlos Romero y Eugenio Blanco en los años 50. |
Don José (84 años) llega sagradamente todos los días, entre 9:30 y 10 de la mañana, a la oficina de Tomás Etchegaray. Allí se sienta, lee los diarios, se toma un café, mira la pantalla, se entusiasma con algo y toma posiciones o vende. No es el único. Como él, hay varios más de su estilo que hacen lo mismo. De repente, desaparecen un par de días, encendiendo las alarmas de la corredora. A veces, el mismo abuelo materno, Ricardo Montaner, quien fue corredor desde 1938. En 1942 entró su padre, Tomás Etchegaray, a trabajar con el suegro y en dos años tuvo que hacerse cargo de la corredora, cuando Montaner murió de un ataque al corazón yendo a apagar un incendio.
“Cuando salí del colegio, en los años 70, de intruso me venía de la universidad. De a poco mi papá comenzó a pasarme responsabilidades, los traspasos que se podían hacer en la tarde yo los tramitaba. Después me pedía que le tipeara las facturas, las cartas... es decir, partí de junior”, recuerda Etchegaray.
Cuando egresó de la universidad trabajó en lo que había estudiado: ingeniería eléctrica con especialización en acústica. Eso, hasta que en los 80 su padre sufrió un accidente, obligándolo a hacerse cargo de la corredora. “Yo sabía algo de Bolsa porque me gustaba venir después del colegio, meterme a la rueda, escuchar los gritos. Menos mal que me tocó hacerme cargo de la oficina en los tiempos del lápiz y papel, del misal, antes de que se introdujeran los computadores. Cuando yo entré, en los años 70, el Informativo Bursátil era de una página por los dos lados, ¡hoy tiene 35 o 36 páginas!”.
Dice que el cliente de las corredoras tradicionales, familiares, es totalmente distinto del que tienen los bancos. Van todos los días, invierno, verano, llueva o haya protestas. “Se les ofrece un café, se les trata personalmente. Imagínate a este señor en una corredora bancaria... no lo pescan, porque de partida no opera tanto. Aquí ve todo, está viendo las posiciones, compras, ventas, todo, esa es la gran defensa que tenemos nosotros”.
Para Tomás Etchegaray, su corredora es como un restaurante chico que tiene 10 ó 20 mesas, “donde el chef te pregunta qué te pareció la carne. En un restaurante de 200 ó 300 mesas te tiran el plato y si te gustó, bien. Viene un cliente para acá y te dice: ‘puedo comprar hoy día y le pago el jueves’ y uno le busca el ajuste. Además el cliente habla con el corredor, con el dueño. Yo encuentro que esa es nuestra única arma de defensa, que nos permite vivir sin problemas”.
Asegura que con un par de clientes buenos que se mueven se puede vivir. “Además, estos clientes no reclaman por la comisión; incluso me han contado que han dicho en la rueda que aunque en otra oficina les cobraran menos, no se irían”, explica.

Abrimos la puerta de Jaime Larraín y Cía. y nos encontramos en persona con Jaime Larraín Vial –director de la Bolsa– sentado frente a una pantalla, observando los movimientos del mercado. Lleva más de 50 años en la tarea bursátil y por sus venas fluye sangre de corredor. Su padre, Alfredo Larraín García, entró el año 1931 y luego se asoció (50% cada uno) con Diego Palma Santa María. Tras unos años, Larraín compró a éste su porcentaje y se asoció –cada uno con su acción– con Carlos Olivos Moreno, formando la corredora Alfredo Larraín y Carlos Olivos.
“Yo comencé trabajando con mi padre y posteriormente le compré la mitad de la acción. Ahí formamos la sociedad Alfredo y Jaime Larraín. Posteriormente, cuando él cumplió 80 años, en 1985, le compré la otra mitad, con lo cual formé Jaime Larraín y Cía., que opera hasta ahora”, explica el corredor.