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Artículo correspondiente al número 232 (11 al 24 de julio de 2008)

Llegó a la Bolsa con el sistema antiguo, cuando aún existían las tres ruedas y los pregones. Vio de cerca la transición hacia la automatización, la llegada de nuevos operadores y también desaparecer a muchos corredores tradicionales de prestigio, que prefirieron salirse del negocio, producto de los años de mala racha.
“Este ha sido un año súper malo, pero no te voy a decir que es una catástrofe, que me va a hacer quebrar. Es un periodo malo tras cuatro años buenísimos”, señala. Tomás Etchegaray los llama a sus casas, pregunta qué ha pasado con ellos y se queda más tranquilo cuando le comentan que se fueron a la playa o al campo. “Muchos se preguntan ¡cómo seguimos sobreviviendo¡”, exclama Etchegaray, quien maneja la corredora fundada por su Le preguntamos cómo hace una corredora pequeña como la de ellos para sobrevivir. Al igual que otros operadores, dice que se sostienen sólo gracias a que ofrecen un servicio personalizado. “Tenemos una clientela súper fiel. A diferencia de los bancos, nosotros siempre estamos en contacto con los clientes y operamos en conjunto con ellos. Llevamos 70 años haciendo lo mismo, no nos hemos metido en otros negocios porque ello significaría contratar 30 personas más, cambiar la operatoria y estructura, todo nuestro concepto”, explica.
Hasta los 90, las corredoras tradicionales eran las dueñas de la Bolsa, un club de amigos en que todos se conocían, donde los corredores y operadores eran hijos o nietos de corredores. Pero todo cambió la década pasada con la irrupción de las corredoras de los bancos y los “ají confitados” –como denominaban a los operadores jóvenes de los bancos–. Ese hecho, más la crisis asiática de 1998, cuyos efectos se extendieron en Chile hasta 2003, llevó a que muchas desaparecieran.
En los 80, la emblemática corredora liderada por Alfredo Eyzaguirre, por ejemplo, cerró sus puertas, mientras que la oficina de su hermano Luis Eyzaguirre, que tenía de socios a su hijo Gonzalo y a Francisco Balmaceda, fue vendida a Banedwards.
En los 90 y hasta 2003 vinieron nuevos cierres. De la Cerda dejó de existir, al igual que Covarrubias y Cía. Los hermanos Enrique y Nelson Lavín también vendieron, sumándose a esta tendencia Russell y Pérez, así como la corredora de George Le Blanc: Transcorp.

“Algunas desaparecieron en los 90 y otras entre 1998 y 2003. Es que en esa época había días en que no teníamos nada que hacer. De hecho, este cliente que ven afuera, don José, nos enseñó a jugar brisca rematada. Así que para pasar el tiempo jugábamos carioca y bachillerato. Había días en que no se hacía ni una operación. Ahí estuve a punto de vender la oficina, pero nadie quería comprar una corredora, en ese tiempo”, recuerda Tomás Etchegaray.
Uno de los que desistieron fue José Hernán Ovalle, quien ha estado en la Bolsa desde que su madre lo llevó de la mano a la oficina de Prieto y Varela, que era una corredora que quedaba por la calle Club de la Unión. Ahí fue donde le picó el bichito bursátil.
Antes de ingresar, pasó por la Escuela Militar y la Universidad Católica y, junto con estudiar Economía, empezó a operar con montos mínimos. “Los salditos de las ayudantías y ese tipo de cosas”, cuenta en su oficina en el edificio de la Bolsa, en la cual sigue operando pese a que en 2001 cerró la corredora.
En los 70, con el gobierno de Salvador Allende, su patrimonio bursátil se redujo prácticamente a cero, y con ello sus sueños de ser corredor se esfumaron. “Busqué una veta novedosa, me dediqué a hacer asesorías a gente que se iba de Chile en esa época, en Argentina, Panamá, Ecuador, en Bélgica e Italia, hasta 1973. Fue entonces que volví a retomar el tema de la Bolsa: entré como operador de don Arturo Barrios Cortés-Monroy. El se jubiló del banco, entró a la Bolsa y yo era su operador, teniendo la prioridad de comprar la acción en caso de que él dejara de hacerlo”, recuerda.
Ese día llegó en 1974 en forma intempestiva, por lo cual se tuvo que conseguir el dinero para pagar los 60 mil dólares que costaba la acción. “Me vi de la noche a la mañana haciendo realidad el sueño de ser corredor de la bolsa”. Fue así como José Hernán Ovalle se convirtió en uno de los primeros corredores profesionales relacionados con la actividad.
A poco andar lo nombraron director del centro bursátil, destacándose por su afán de modernización del mercado. De hecho, fue uno de los primeros que plantearon la alternativa de que las AFP pudieran invertir en acciones.
La corredora tuvo un crecimiento explosivo, resultado de un trabajo de sol a sol durante varios años. Pero luego, con el ingreso de los bancos, cada vez pudieron competir menos. “Ellos empezaron a atacar masivamente el mercado vía las comisiones, y eso contagió a muchos de mis clientes. Y sufrimos el impacto, pese a que éramos una oficina chica, que ofrecía valor agregado y un servicio personalizado. Seguimos trabajando hasta que llegó 1998, cuando me di cuenta de que esto no daba para más. Pero como tenía la camiseta tremendamente puesta, postergué el cierre hasta marzo de 2001, porque tenía proyectos, era director de la Bolsa... pero la verdad es que a partir de esa época ya no podíamos competir”, reconoce.
Hoy sigue asesorando a algunos clientes en sus inversiones en el extranjero, mientras que a los que operan en Chile los derivó mayoritariamente a Larrain- Vial. Además, junto a su socio Fernando Ovalle tienen la Viña Kankura.
Pero también dentro del mundo de las corredoras tradicionales hay quienes se han ido modernizando y asumiendo nuevos desafíos, ampliándose a otras áreas de negocio. A mediados de los 90 el gran salto lo dio Fernando Gardeweg, socio de Gardeweg y García, cuando “levantó” a Maximiliano Vial y José Antonio Labbé de la corredora del Bice. La dupla era inagotable, y en poco tiempo se habían transformado en verdaderos remolinos que movían el mercado con una rapidez vertiginosa.
La batalla con los bancos no cesaba, lo cual llevó a la corredora a tomar una decisión crucial: fusionarse con un banco o bien seguir aguantando hasta que ya no se pudiera. En 1998, Gardeweg y García se unió al banco de inversiones Celfin, aportando los negocios de administración de cartera y fondos mutuos. Hoy, la firma es una de las tres mayores del mercado, realiza el 20% de todas las transacciones y en administración de activos tiene a su cargo 1.000 millones de dólares. Un ejemplo de reconversión y subsistencia.
Otro ejemplo es la corredora Raimundo Serrano Mc Auliffe, creada en 1974 y liderada hoy por el hijo del fundador, Tomás Serrano Parot. Pero la tradición familiar viene de anteriores generaciones: el bisabuelo de Tomás Serrano, Tomás Mc Auliffe Lynch, desde 1923 fue corredor de la Bolsa de Valparaíso y director de la misma; y su tío abuelo, Brian Mc Auliffe Martínez, con T.L Mc Auliffe Corredores de Bolsa en Valparaíso y Santiago.
