Reportajes y Entrevistas Bolivia. Modernidad y mito
Artículo correspondiente al número 243 (12 al 25 de diciembre de 2008)
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Un viaje en el tiempo. Eso fue para el profesor Angel Soto su reciente visita al país andino. Durante su periplo pudo constatar el flagelo que es para una nación el desencuentro de su pueblo, un caldo de cultivo en el cual sólo pueden germinar trastornos y la desintegración, heridas que tomará años cicatrizar.
Qué es lo boliviano? Fue la pregunta reiterativa que hice en mi reciente viaje a Bolivia. Al no ser mi primera visita al país andino, evidentemente pasé de la categoría turista a la de viajero y no sólo recorrí las tiendas de souvenires, los museos y las iglesias de algunas ciudades, sino que anduve en los mercados y las plazas. Disfruté el atardecer y la iluminación de sus calles y monumentos, también desayuné en los carros callejeros con las tradicionales empanadas salteñas y tucumanas bañadas de salsas de maní o aceitunas. Pero, por sobre todo, conversé con la gente de la calle, gente que pese a la situación política de incertidumbre, tensión y enfrentamiento que se vive en el país, igual va trabajar y trata de entretenerse. En una palabra, hice contacto con las personas que viven –o sobreviven, como me dijo más de alguno– en este país.
Para muchos aquí se está viviendo una revolución, algo equivalente a la gestación de la historia, el regreso al momento fundacional. Para otros, acá se está desintegrando un país al cual tomará generaciones reconstruir.
Para mí, este viaje fue la oportunidad de transportarme en el tiempo y trasladarme a una sociedad inserta en medio de consignas que nos recuerdan un pasado no tan lejano, el de los años 50 y 60 del siglo XX.
Apuntes de viaje
En mi anterior visita, en agosto, con motivo del referéndum revocatorio, me quedé con la impresión de lo que decía una pancarta de las juntas vecinales: “La libertad y la democracia han muerto en Bolivia”. Esta vez, y teniendo a la vista el referéndum constitucional del 25 de enero próximo, me identifiqué más con un titular de la revista Cash, publicado a comienzos del 2008 y que casualmente encontré: “Bolivia, entre el mito y la razón”.
¿Cuál es el mito y cuál la razón? El primero es La Paz, la zona del occidente, que nos trae las imágenes tradicionales con las cuales asociamos a Bolivia: el árido paisaje altiplánico, con llamas, “cholas” y mineros protestando en las calles y lanzando sus cartuchos de dinamita en señal de rechazo; todo, con música andina como telón de fondo. Es decir, un lugar donde con su rebelión, ese buen salvaje pasó a ser un buen revolucionario –en palabras de Rangel– porque la modernidad lo sacó de su estado de naturaleza idílica. Parafraseando el artículo que cito más arriba, el altiplano es una sociedad de otro tiempo. Anclada en el mito, contenta con lo arcaico, a la cual lo moderno le espanta, y que desde hace 500 años no logra éxitos. Por el contrario, va de fracaso en fracaso.
¿Dónde está la razón? O mejor dicho, ¿cuál es la modernidad? Esta es representada por la otra Bolivia. Desconocida, sorprendente, interesante: la del oriente que, en medio del clima tropical y cercana al amazonas, levanta una ciudad semi-moderna como Santa Cruz que, al decir de Laura D’Ramos, es lo más cercano que tienen a la modernidad. Una región que vibra con su carnaval, pero que tiene un modelo de desarrollo capitalista, liberal, emprendedor, con fuerza en la agricultura y en los servicios, y que transmite un cierto espíritu pujante, de esfuerzo, de tolerancia y acogida al afuerino, distinto al que se siente en el occidente, más excluyente, redistributivo e igualitarista.
Santa Cruz, es una ciudad que impresiona. En los últimos diez años ha tenido un desempeño económico comparable a los países del sudeste asiático, con una tasa de crecimiento de su PIB del 7% anual. Su desarrollo humano es el más alto de Bolivia y el número de analfabetos, mortalidad y pobreza es de los más bajos. Eso explica altos flujos de inmigración interna que han llegado a esa ciudad en busca de oportunidades y que aportan a su desarrollo, permitiéndole aumentar su población de 50 mil habitantes en 1950 a 1,5 millones aproximadamente, en el presente. Estos cruceños “por adopción” son precisamente quienes con más fuerza enfatizan la autonomía y la defensa de los principios que los inspiran: la sociedad libre, tan libre que para ellos el cruceño no es el que vive o nació en Santa Cruz, sino que aquel que defiende estos principios. Ciertamente, una forma distinta de definir una identidad.