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Reportajes y Entrevistas
Boher recargado

Artículo correspondiente al número 282 (13 al 26 de agosto de 2010)

 

Si usted es de los que perdieron la pista de Hernan Boher, el controlador de la conocida cadena Reifschneider, sepa que este empresario sigue tan movido y jugado como siempre. Ahora en los vinos, además de otros emprendimientos en Chile, Argentina y Perú. ¿Cuál es su fórmula? “Una vida ordenada y deportiva, mezclada con un poquito de vino”. Por Cristian Rivas N. Foto: Verónica Ortiz.

 

El empresario Hernán Boher (70) sigue siendo el aventurero de siempre. Si no está a bordo de un helicóptero volando hacia alguno de sus campos, podría perfectamente encontrarse navegando su yate en los mares australes o recorriendo alguna agreste geografía en su mountain bike. Esa actividad física de años se le nota en la pinta atlética, en el dinamismo. Como él dice, la idea es patalear hasta donde más se pueda.

“Si uno se cuida bien y sigue una vida ordenada y deportiva –mezclada con un poquito de vino– puede vivir mucho tiempo, y bien”, nos asegura sonriente.

Ojo que lo del vino no es un comentario al azar, sino la demostración de que estamos frente a una sus pasiones. Ya sabíamos que junto a sus amigos Pedro Grand (enólogo y socio de Viña Montes), Gastón Cruzat (socio de la corredora Munita, Cruzat y Claro) y Fernando Riera (nieto del entrenador que llevó al tercer puesto a la selección chilena de fútbol en el Mundial de 1962), había formado a mediados de esta década una viña en Mendoza, que hoy por hoy está produciendo uno de los mejores espumantes de la zona, bajo la marca Cruzat. Lo que desconocíamos es que este atractivo por los vinos recruzó la cordillera y lo llevó a iniciar también aquí, en el valle de Colchagua, otro proyecto vitivinícola junto a Riera, que recién el año pasado tuvo su primera cosecha y que aún está en pleno desarrollo.

Para esa viña –que aún no tiene nombre– más el emprendimiento trasandino, Boher se encuentra por estos días en plena búsqueda de un socio estratégico que le ayude a acelerar el aterrizaje de sus vinos en los mercados internacionales. Algo que bien podrían hacer solos, pero que quieren desarrollar en el menor tiempo posible. De ahí la exigencia de que se trate de un actor ampliamente reconocido.

-¿Qué perfil debería tener ese socio?

-Una viña que tenga una gran distribución en los mercados internacionales, que venda bien y con mucho prestigio. Porque ese es un camino muy largo.

-¿Alguien como Concha y Toro, por ejemplo?


-Puede ser. Puede ser cualquiera de las grandes. Hemos conversado ya con varias en Argentina y Chile.

-¿Cuál es la ventaja que ustedes tienen para atraer a un nuevo socio?


-Viendo sólo la viña en Mendoza, aunque la idea es que sea socio en ambas, el champagne es una mezcla perfecta para una empresa que vende vinos, porque le da glamour. No sé si le da mucho volumen a sus ventas, pero hay firmas europeas que venden cientos de millones de botellas y no venden vino. Hay otras que venden vinos y fuera de eso hacen champagne. Es un plus.

Del maíz a la tecnología

El 27 de marzo de 2003, tras más de treinta años viviendo en Argentina, Hernán Boher dio un cambio brusco en su vida empresarial. Hasta ese momento estaba concentrado en Inducorn, la productora de maíz que controlaba en sociedad con la estadounidense Corn Product, y con la que comercializaba fructosa y otros derivados del cereal. Pero el éxito de la compañía estaba en peligro ante el desorden político en el país vecino, que había llevado a la renuncia del presidente De La Rúa y a la devaluación del peso.

No lo pensó mucho. Echó mano rápidamente a la opción de venta de su 28% en la empresa y salió del país. Con esos pocos más de 50 millones de dólares en el bolsillo se echó a la tarea de partir de nuevo. Después de pertenecer a un clan familiar que llegó a administrar un portafolio de doce empresas en Chile a mediados de los 90, no se iba a quedar de brazos cruzados. Tenía el interés de seguir explorando en el rubro de la fructosa y los biocombustibles, y aunque efectivamente dedicó tiempo a investigar esas áreas –en Paraguay, particularmente– sus intenciones no prosperaron.

Como había decidido tomarse las cosas con calma, siguió analizando distintas opciones. Primero vino la posibilidad de asociarse con Hortifrut en la producción de arándanos. Hoy tiene dos campos –uno en Angol y otro en Mataquito– con más de 200 hectáreas de ese cultivo, a medias con la empresa frutícola controlada por Víctor Moller. A este último, Boher lo conoció gracias a la amistad en común con Alfonso Swett, cercano suyo desde la época estudiantil en la UC.

Dice que se trata de un negocio muy atractivo, por la alta demanda del producto, principalmente desde Estados Unidos. Por eso, plantea que una vez que sus tierras estén en su tope productivo –tarea para la que trabaja intensamente su hijo Alejandro (38), ingeniero agrónomo– la idea es seguir creciendo en plantaciones.

En paralelo, Boher utilizó en 2004 la opción de compra de Reifschneider a su hermano gemelo, Fernando, que por ese entonces enfrentaba una complicada situación financiera. Junto a su hijo mayor, Pablo (41), ingeniero civil químico y MBA de UCLA, decidió darle un giro a la empresa y enfocar su crecimiento en la representación de marcas.

Embriagado por el vino

Pero el negocio que lo atraía con fuerza era el vino. Y no tardó en llegar la oportunidad de entrar a ese mundo de la mano de sus amigos Grand, Cruzat y Riera, que buscaron la asesoría del enólogo catalán Pedro Rosell, famoso por sus champagnes en Europa, y se instalaron en Mendoza. El lugar escogido fue Luján de Cuyo, al sur de la ciudad trasandina, y en el marco de un circuito de seis kilómetros donde conviven reconocidas marcas como Catena Zapata, Ruca Malén y Cobos, entre otras.

Cuenta, orgulloso, que su espumante Cruzat –nombre al que llegaron por recomendación de una firma publicitaria trasandina que lo encontró atractivo por ser medio afrancesado– fue elegido el año pasado como uno de los mejores en su categoría por sommeliers argentinos.

Por eso, su estimación es que la producción seguirá creciendo, hasta completar en algunos años más el peak de cabida de 500 mil botellas anuales. La bodega tiene capacidad de guarda de hasta 1 millón de botellas y la idea es que con la llegada de un nuevo socio prosiga una segunda etapa de crecimiento fuerte.

La estrategia hasta ahora ha sido comprar las uvas de pinot noir y chardonay a terceros en la parte alta del valle de Uco, 100 kilómetros al sur de Mendoza, zona ampliamente prestigiada por la calidad de esas variedades. Cruzat tiene hasta ahora diez hectáreas de plantaciones propias, pero esas uvas aún no las utiliza.

El proyecto en Chile

Para ser una “nueva partida” en esto de los negocios, cualquiera diría que Boher estaba listo. Pero no. Lo hiperkinético no se lo saca nadie y él mismo reconoce, una y otra vez, que el refrán de la chicharra que morirá cantando es el que mejor lo define.

Así que se abocó a su proyecto vitivinícola en Chile. Cuenta que junto a Fernando Riera decidieron embarcarse en esto hace unos cuatro años, comprando 300 hectáreas a la salida de Santa Cruz, camino a la costa. El terreno está enclaustrado entre varios cerros y no más de 80 hectáreas son cultivables, de las que ya tienen unas 45 con cepas cabernet sauvignon, carménère, syrah y petit verdot.

Dice que su enclave vitivinícola constituye uno de los mejores terroir, de la zona, y que ya el año pasado en su primera cosecha mostró muy buenos resultados. De hecho, su amigo Eduardo Matte, dueño de la viña Haras de Pirque, le organizó una cata a ciegas, a la que invitaron a enólogos de distintas firmas, con muy buena evaluación para sus productos.

Por ahora, las cosechas de este año y del pasado fueron vendidas a granel a otras marcas y guardó algunas barricas de cada cepa para hacer test y evaluar las mezclas más apropiadas para cuando decidan embotellar y crear una marca propia.

-En este proyecto está todo por venir…

-Sí. Hay que desarrollarlo bien una vez que sepamos qué tenemos. Cuando uno empieza con una viña, generalmente cree que es muy buena, pero eso lo tienen que decir los enólogos, con el tiempo. El vino es un tema al que uno se mete más por pasión que por un negocio.

De las fotos a las marcas
Al poco tiempo de aterrizar en Chile, Boher tuvo la opción de comprar a su hermano gemelo, Fernando, la cadena fotográfica Reifschneider, por entonces en una situación financiera compleja. Desembolsó unos 6 millones de dólares de la época y se echó a la tarea de sacar adelante a la firma.

El problema principal que enfrentó fue el decaimiento de la fotografía en papel, negocio que virtualmente se acabó de un día para otro con la llegada de las cámaras digitales. Por eso, muy de la mano de su hijo Pablo, reinventó el concepto y comenzó a abrir el paraguas para tomar nuevas representaciones de marcas, no necesariamente relacionadas con la fotografía. Así, llegaron Phillips, Nintendo, Fujifilms, Olimpo, JVC, Apple, Hewlett Packard, Dell y, ahora último, también Sony.

En los últimos años, el empeño está puesto en hacer crecer sus salas de venta. Su hermano Fernando tomó la opción de volver al negocio, adquiriendo un 50% de la firma y, con ello, iniciaron otra etapa de inversiones. Se transformaron en el principal operador de la Zofri -en Iquique, con siete locales- y este año pretenden facturar allí cerca de 50 millones de dólares, casi el doble del año pasado. Sumando las ventas de todas sus marcas, la facturación total de Reifschneider debiera llegar este año a unos 75 millones de dólares. A ello se añaden que también son dueños de la cadena en Argentina y que hace poco comenzaron con el mismo negocio en Perú. “Aunque estamos mirando otros mercados para crecer, como Colombia, creemos que el incremento grande va a venir en Argentina, que todavía está viviendo una época de economía cerrada, pero que obligatoriamente tendrá que cambiar en el mediano plazo”, pronostica.

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