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Artículo correspondiente al número 204 (18 al 31 de may 2007)
¿En qué minuto el hombre de la democracia de los acuerdos se convirtió en el “duro” de la derecha chilena? Allamand dice que no es en él donde se debe buscar la contradicción: “Yo sigo siendo el mismo, aquí la gran metamorfosis es de la Concertación”, asegura. Dispuesto a poner en jaque su capital político, establece el momento en que “se jodió” la coalición del arco iris, enumera los desafíos de la Alianza y traza la delgada línea roja entre la derecha política y la económica.
Por Cony Stipicic H. Fotos, Verónica Ortíz.

En Chile no estamos habituados a los libros políticos. En Argentina, cae un presidente o se perfi la un candidato y aparece uno; en Francia, con la llegada de Nicolas Sarkozy, o en Inglaterra por la salida de Tony Blair, ya están empezando a aparecer textos que teorizan sobre las causas de una cosa u otra o que, simplemente, son recuentos de
lo hecho o de lo que debe hacerse.
Los libros políticos son, en esencia, coyunturales y provocadores. Y cuando Andrés Allamand se enfrentó al dilema de ponerle un título al suyo, así lo pensó. Aunque ya parece majadero insistir en el punto, asegura que no obvió el sentido de fuerza asociado a la palabra desalojo, pero que la connotación que le quiso dar no pasa del reemplazo o, políticamente más correcto aún, la alternancia. La misma que se ha transformado para él en un imperativo absoluto.
Absoluto, pero no gratuito ni por derecho propio, como se encarga de señalar con realismo y sentido crítico. Hace rato, Allamand –que tiene a su haber probablemente más derrotas que triunfos políticos– está convencido de que la combinación del éxito no puede fundarse solo en los liderazgos. Sin relato ni institucionalidad –dos cosas en las que el ofi cialismo les ha ganado por knockout–, no hay desalojo posible.
Con eso en la cabeza, en Valdivia, región por la que fue “ungido” senador, escuchó a un decepcionado elector enumerarle todas las razones por las cuales no volvería a votar por la Concertación. Entonces se decidió a escribir. No levantó la cabeza y guardó, junto a sus colaboradores, el secreto.
Resultado: el que debiera transformarse de aquí en adelante en el texto “inspirador” de la Alianza, porque además del impacto, Allamand busca “energizar a la gente de la entroderecha diciéndole que esto no será fácil”.
Sabe que sus batallas políticas no siempre son ganadoras. Y que ahora, de nuevo, puede que muchos lo vean nadar contra la corriente. “Soy una persona que funciona sobre la base de que hay que emplearse al máximo por cumplir un destino.
Si me reviso a mí mismo, con altos, bajos, aciertos, errores, virtudes y defectos, así he funcionado siempre”, dice con ánimo reflexivo. Y agrega convencido: “Esta es la cuarta gran causa de mi vida en la política. La primera fue ser dirigente estudiantil en la UP; la segunda, una centroderecha comprometida con la transición; la tercera fue la democracia de los acuerdos, y ahora es la alternancia en el poder, el reemplazo a la Concertación. Cada una de estas cosas, en sus distintas etapas, han enfrentado altas dosis de adversidad, incomprensión y descalifi cación”.
-¿No será que Andrés Allamand está condenado a ir contra el tránsito y, muchas veces, a equivocarse?
-O a acertar, porque hay quienes sostienen que yo me equivoco y otros que dicen que me anticipo. La idea de una centroderecha que jugara un rol activo y protagónico en la transición fue primero resistida pero valorada con posteridad. Con la democracia de los acuerdos también pasó eso. Y estoy convencido de que con la idea del desalojo va a ocurrir lo mismo. En la primera etapa va a haber resistencia muy fuerte, tanto desde el gobierno como de algunos personajes de la Alianza, que pueden considerar que es una estrategia equivocada. Pero yo tengo, como pocas veces en mi vida, el convencimiento de que la gente va a entender que, poniendo al país por delante, simplemente no puede haber un quinto gobierno de la Concertación.
-¿Y qué le hace pensar que para el éxito de esa estrategia es más efectivo un discurso duro, que se contrapone con su pasado de buscador de acuerdos?
-El discurso es desde la convicción. Esto de duro o blando es una caricatura. La oposición siempre debe tener un ánimo positivo y una disposición constructiva, pero yo no veo que hoy día existan las condiciones para generar democracia de los acuerdos, por dos razones muy simples: la premisa número uno de los consensos es que no se puede agredir políticamente al adversario en aquellos aspectos que para éste son fundamentales. Entonces, cuando la Concertación envía un proyecto de ley orgánica de educación que termina con la educación particular subvencionada y, en opinión de la Alianza, con la libertad de enseñanza, lo que está haciendo es agredir a la contraparte en un aspecto fundamental de sus principios. Y en segundo lugar, porque no veo a la Concertación con ánimo de llegar a ningún tipo de acuerdos, y el mejor ejemplo es el fiasco del Transantiago, al que finalmente se ha terminado por sumar a René Cortázar. Aquí el gobierno impulsa un programa sin consultárselo a nadie, ni a partidarios ni adversarios, y cuando tiene el agua al cuello, se muestra para la galería dispuesto a escuchar opiniones e inventa una martingala que se aparta incluso de la legalidad. La verdad es que yo no veo cómo podría, aunque quisiera, cooperar con un gobierno ensimismado, arrogante y sin carta de navegación…
-¿No le genera ninguna aprensión echar por la borda su capital político?
-Soy de los que cree que el capital político es para usarlo, no tengo la lógica de los rentistas que creen que es para acumularlo en una cuenta corriente que se engrose. Hay que usarlo para lograr los efectos que uno cree beneficiosos para el país. Yo estoy dispuesto a usar mi capital político. Cuando a uno lo caricaturizan o descalifi can, no hay que
ponerse nervioso, pues signifi ca que no hay argumentos. Nadie se va a creer que me transformé de la noche a la mañana en un derechista.
-Piñera, en el lanzamiento de su libro, se mostró partidario de los acuerdos. Las encuestas dicen que la gente prefiere la cooperación.
-Es que si le preguntan a la gente “¿usted quiere que el gobierno y la oposición trabajen juntos por el bien común?”, obviamente el cien por ciento va a responder que sí. Pero el problema es otro: la pregunta pertinente hoy día sería “¿cree usted que con la Concertación se pueden resolver los problemas del país?”. Y mi convencimiento es que la Concertación está agotada y que no hay solución. Pero además creo que se ha ido transformando en una cofradía que se va a aferrar al poder con dientes y muelas, y frente a eso hay que tener carácter. La centroderecha francesa acaba de darle una lección a la centroderecha chilena. ¿Por qué ganó Sarkozy? Porque defendió con fuerza su ideal, porque no tuvo temor de mostrarse distinto de su adversario y porque tenía voluntad de ganar. Si Sarkozy hubiera hecho un discurso blandengue, hoy la presidenta de Francia sería Ségolène Royal.
-Pero Sarkozy era el incumbente, a diferencia de la Alianza…
-Mayor mérito para él. En Francia había dos propuestas de cambio, lo que hacía más complejo el caso de Sarkozy por venir del gobierno. Cuando se producen los disturbios hace dos años, él como ministro del Interior toma distancia, no contemporiza con la violencia y tampoco con la amenaza callejera a las políticas públicas. Lo que hace ganar a Sarkozy son tres cosas: convicción, capacidad de adaptación y, sobre todo, no temer a la diferenciación.
-Defina los errores de la centroderecha chilena.
-Primero, una visión sesgada del gobierno militar que le impide separar lo que estuvo muy mal de lo que estuvo bien. Segundo, el atraso en materia de identidad e institucionalización. Pero para mi gusto, el mayor déficit intelectual tiene que ver con decirle al país no solo que uno haría las cosas mejor, sino qué cosas haríamos distinto. Y las últimas dos campañas presidenciales muestran ese déficit. La campaña de Lavín no estuvo enfocada a mostrar las diferencias en la forma de hacer las cosas, sino a decir que las podíamos gestionar mejor. Y la última campaña terminó en lo mismo: el énfasis no estaba en las propuestas sino en los atributos de los candidatos. Entonces, el desafío intelectual de la centroderecha después de 20 años es decir “no más de lo mismo, nosotros somos distintos, tenemos una propuesta diferente”. Si no tiene convicción para hacer esto, y a pesar de que todos los astros parecen conjugarse a su favor, el resultado será malo.