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Artículo correspondiente al número 209 (27 de jul al 08 de ago 2007)
Soñador persistente, documentalista resuelto, músico por circunstancia e investigador de lo que se le ocurra. Juan Enrique Benítez ha hecho de su vida una gran aventura. Su último gran proyecto es el rescate del submarino Flach, construido y hundido en Valparaíso hace 141 años. Una búsqueda llena de historia, pasión, ironía y belleza. Por Alejandro Gouhaneh
“Con intentarlo ya es suficiente, Sancho”. Don Quijote de la Mancha
El enorme pizarrón de la Escuela de Construcción Civil de la UC, estaba repleto de formulas de física tangente, ecuaciones y logaritmos. De pronto, un muy serio profesor de cálculo consulta a sus alumnos si tienen la solución o alguna duda que plantear frente a los ejercicios formulados. Como un resorte, y bien atrás de la sala, se alza una mano, y con un impresionante vozarrón formula la pregunta del millón: “Señor, ¿qué podemos hacer para encontrar la felicidad?”.
Obviamente, el díscolo Juan Enrique Benítez, tras la risotada general de la clase, abandonó la carrera. La vida convencional no estaba hecha para él. Pero gracias a ese “momento mágico”, como lo define hoy, supo que era hora de emprender nuevos rumbos. Y así de rápido, al poco tiempo agarró su mochila y junto a tres de sus mejores amigos, abordo de una camioneta Volkswagen, recorrió Europa por casi diez años.
La filosofía que los acompañó durante ese viaje, fue Nayarana, dios del azar. Del destino. Gracias a esta singular manera de enfrentar la vida, todas las dificultades que se les presentaron durante esos años, que fueron de viaje pero también de fuga, las zanjaron con una moneda al aire. Así de simple. Cara o sello.
En Europa formaron un grupo musical, tipo Inti Illimani pero sin carga política, no obstante que los convulsionados años 70 pudieron haberlos orientado en esa dirección. A lo mejor, eran demasiado hippies para entrar en ese esquema. Lo concreto es que se dedicaron a cantar en calles, en restaurantes, hoteles y en plazas.
Les fue bastante bien. Hasta firmaron contrato con un conocido sello discográfico. Es más: por la misma época, Benítez aprovechó su tiempo libre para estudiar cine en una universidad.
Al retornar en 1983, volcó su experiencia y energía al trabajo audiovisual. Fue el autor intelectual de varios exitosos proyectos. Participó, entre otros, en reconocidos programas de televisión como Los patiperros, Caballo de Troya y Entre brujas. También se desempeñó como asesor creativo de Paula Producciones, donde fue el director del programa Visiones del Sur, que se exhibía en las pantallas de Lan Chile.
Locuaz, de voz ampulosa y risa fácil, Benítez gesticula como los antiguos sapos de la locomoción colectiva cuando relata sus aventuras. Soñador incurable y enemigo declarado de los tontos graves, dice asombrarse cada día más ante la maravillosa relojería del universo. Cinéfilo a morir, su filme favorito es, lejos, Tucker el hombre y su sueño de Coppola (¿cabía otra posibilidad?). Ahora, más “canoso y un poquito viejo” jura, no obstante, poseer la vitalidad de la sub 20. Optimista obtuso, siempre con la idea de emprender cosas diferentes y romper esquemas, recalca que el único rasgo que nos diferencia de los animales es la terapia de la carcajada.
Fue mientras se encontraba en plena faceta creativa de un nuevo programa –Dementes geniales, espacio destinado a destacar la creatividad del chileno– cuando estableció contacto con un singular y notable personaje de la fauna local, Salvador Villanueva, creador del Diógenes, un estrafalario planeador submarino. Sí, tal como lo lee. Quedó fascinado con él. Con su invención, pero también con sus historias. Recuerda que estaba con él en un café de mala muerte del centro de Santiago, donde lo quería reclutar para el programa que quería hacer, cuando Villanueva le dijo que existía una historia mucho más demencial y delirante que la suya y él la tenía que conocer: era la historia de un submarino pionero en este tipo de navegación, chileno por añadidura, que se encontraba hundido en la rada de Valparaíso y que estaba completamente olvidado.
Fue la primera vez que escuchó hablar del Flach, submarino construido en 1866, propulsado por fuerza humana y creado por el ingeniero alemán Karl Flach, quien junto a su hijo de 14 años y nueve tripulantes más, perdieron la vida un 3 de mayo de ese mismo año. Habían zarpado para realizar una prueba de navegación y si bien la embarcación se hundió como estaba previsto, el problema es que nunca más volvió a salir a flote. El desastre tuvo lugar muy poco rato después haber iniciado una prueba que a esas alturas ya parecía de rutina, porque ya había realizado inmersiones que fueron exitosas.
“Tras unos pocos días de búsqueda –le contó Villanueva– los intentos de rescate fueron definitivamente abandonados, quedando olvidados bajo el mar para siempre los once tripulantes del submarino”. Decir que la historia lo fascinó es decir poco. Benítez la escuchó con emoción y arrebato. Quedó intrigado. Quedó sobrecogido. -Mientras escuchaba me fui deslumbrando. Sentí, tal como en las películas bíblicas, que se habían abierto los cielos para mí. Entraba un haz de luz que caía justo sobre Salvador (además el nombre es perfecto). Entonces me trasformé en un adicto, en un obsesivo del tema. Terminé poseso del espíritu de Karl Flach y su increíble submarino. No estoy hablando retóricamente.
Incluso llegué a vender mi propia casa para poder sacar adelante este proyecto. Qué duda puede caber. En sus palabras hay pasión, hay entusiasmo, hay convicción. Benítez se convirtió literalmente en un hombre sin límites, decidido a convertir sus sueños en realidad, se lanzó contra los molinos de viento para recuperar una proeza fatídica, un testimonio perdido, una aventura extraordinaria que ha estado haciendo falta en la memoria histórica chilena.
-Cuando terminé de escuchar la historia del Flach se me cruzaron muchas imágenes en la mente. Me vi en traje de buzo. Me vi sumergiéndome a 40 metros de profundidad. Me vi como un Indiana Jones del siglo XXI.
En función de lo que ha ocurrido después, no fueron imágenes disparatadas. Más bien, fue la sinopsis de una extraordinaria película que estaba por comenzar.
Operación Flach
Lo primero fue aterrizar el proyecto. El desafío era mayúsculo y había que salir a la caza de auspiciadores. Tras casi ocho meses articulando una quimera que pudiera sonar factible y convincente, Benítez no hizo otra cosa que consagrarse al Flach. A tanto llegó su obsesión que abandonó la totalidad de sus trabajos para dedicarse exclusivamente al rescate del submarino. No solo de las aguas profundas del puerto, sino también de la conciencia histórica nacional.
Los primeros apoyos vinieron de la Universidad SEK. En el Departamento de Arqueología Marina del plantel le dieron un gran respaldo y lo ayudaron a profesionalizar la búsqueda. Posteriormente se unió al proyecto la Armada de Chile, que puso a su disposición un multifacético equipo de ingenieros, buzos tácticos y técnicos. Para la institución “resultaba imposible no unirse a este histórico proyecto”.