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Azul profundo

Artículo correspondiente al número 209 (27 de jul al 08 de ago 2007)

 

Los ánimos –para qué decir una cosa por otra– se recuperaron en un dos por tres. El fuego volvió a encenderse. Con gran optimismo y espíritu de equipo, en abril de este año partió la segunda etapa de la búsqueda. Esta vez en la carpeta de la investigación obraban nuevos antecedentes. El equipo había encontrado en las cartas marítimas la posición exacta que tenían las boyas de la Compañía Sudamericana del Pacífico (latitud y longitud) en 1886. Estos datos se georreferenciaron con las cartas actuales de Valparaíso y confirmaron que el área de búsqueda designada era la correcta.

 

Además, Jorge Nelson Cepeda, que había realizado una minuciosa investigación, encontró en los Archivos Nacionales de Inglaterra (TNA), el único plano existente del submarino Flach. Por primera vez el equipo pudo apreciar las formas de la embarcación siniestrada y conocer la carta que el comandante Michael de Courcy había dirigido al Almirantazgo británico, describiendo con todo lujo y detalles las operaciones que se hicieron en los primeros intentos de rescatar del Flach entre el día siguiente del hundimiento, el 4, y el 12 de mayo de 1866.

 

Pues bien, el sábado 21 de abril de este año, cuando los buzos de la Armada volvieron a la superficie en medio de un hermoso atardecer, venían ya con otra cara. Volvieron impactados por un extraño montículo que encontraron en el fondo de la rada, en el punto 84, y que reunía todas las características del submarino que andaban buscando.

 

Largo, ancho, profundidad, forma ovalada… Todo parecía coincidir. Lo increíble es que la operación había tenido lugar exactamente el mismo día y mes, pero 141 años después, de que Karl Flach, hiciera su primera prueba de navegación con su submarino en Valparaíso. Más que una coincidencia, parecía una vuelta de mano de la fatalidad.

 

-Cuando supimos que podía ser el Flach, sentí una emoción inmensa, indescriptible, una mezcla de pena y alegría… una especie de alumbramiento, un desgarro interno. Como que algo había vuelto a la vida. Sentí un tremendo agradecimiento hacia todos los que creyeron en mí, y en especial por aquellos pioneros olvidados en el fondo de la rada, esos heroicos hombres que dieron su vida por este país. Todo indicaba que finalmente los habíamos encontrado. La historia está teniendo un final feliz.

 

En estos momentos solo falta que el Consejo de Monumentos Nacionales, otorgue una nueva autorización, ahora para remover parte de los sedimentos que cubren el objeto encontrado. La solicitud fue enviada el pasado 15 de junio, y “en cosa de semanas”, debería estar aprobada, ya que faltaba alguna información, pero nada trascendente, explica Oscar Acuña, secretario general del organismo.

 

Falta lo menos. Mientras tanto, el Flach y sus tripulantes siguen esperando. Lo han estado haciendo durante 141 años. Ahora están a punto de salir de las profundidades.

 

 

 

La locomotora Flach


Fue obra de la fatalidad haber elegido el peor de los días posibles para conversar con Sebastián Piñera, uno de los auspiciadores más activos de la operación Flach. Esa misma mañana había sido notificado de la multa por cerca de 360 millones aplicada por la Superintendencia de Valores y Seguros a raíz de su historiada adquisición de acciones de Lan luego de una reunión de directorio de la empresa. Sin embargo, la sorpresa fue mayúscula cuando un distendido y entusiasta Piñera dejó a un lado su problema y recibió a Capital para hablar sobre una de sus nuevas pasiones: el submarino Flach.


-En primer lugar debo decir que Juan Enrique Benítez, debe ser una de las mentes más geniales y creativas de este país. Estoy feliz de colaborar con este magnífico proyecto.


Siento que aporta mucho a la recuperación de la memoria histórica de Chile. Piñera dice que antes que Benítez lo contactara había leído sobre el Flach, así como también conocía la historia del submarino Hunley, construido en 1861, el primer submarino de América, solo cuatro años antes que su símil chileno. El Hunley fue usado por los norteamericanos en la Guerra de la Secesión. Según él, el Flach pudo haber sido una proeza porque fue ideado antes que Julio Verne escribiera 20 mil leguas de viaje submarino, libro en el cual el mítico Nautilus ingresó para siempre al imaginario de muchas generaciones.


El día en que Benítez le escribió un mail, resumiendo su idea en menos de una página (al grano, porque Piñera detesta las divagaciones y los memos interminables), el dueño de Chilevisión supo de inmediato que estaba ante una maravillosa aventura, de la que sería muy difícil restarse. Como es de rigor en su caso, el hombre ya ha elaborado una doctrina en torno a proyectos de esta naturaleza: “Debe ser bueno para el alma, aportar con memoria histórica y con belleza a nuestra sociedad y debe generar entusiasmo, motivación… sobre todo pasión”. Requisitos que cumple de sobra la búsqueda del Flach.

 


 

 

 

“¿Y si se chinga?”


Entre 1865 y 1866, Chile y Perú libraron una absurda guerra contra España. El presidente de Chile de esa época, José Joaquín Pérez, convocó a los empresarios a realizar nuevos inventos para generar armas de defensa, cuya finalidad fuese proteger los puertos chilenos. La infamia del bombardeo a Valparaíso no podía repetirse.


A raíz de la exhortación presidencial, el gobierno recibió muchos proyectos, bastante arriesgados para la época, para construir naves llamadas en ese entonces “buques cigarros” o rudimentarios submarinos, con el objetivo de atacar sorpresivamente a la flota invasora.


Francisco Encina en su Historia de Chile dice que “un enjambre de inventores de torpedos, brulotes, minas eléctricas, buques cigarros (submarinos), casi la totalidad semilocos, asediaban a toda hora al gobierno chileno, ofreciéndole sus inventos que destruirían infaliblemente la escuadra española”.


Finalmente, se construyeron dos prototipos de submarinos. Uno fue el del ingeniero Gustavo Heyermann, en Santiago. Su engendro tuvo un penoso desenlace. Apenas tocó agua se hundió. El otro fue el del ingeniero y astillero alemán Karl Flach, que realizó varias pruebas de navegación en la bahía de Valparaíso con resultados satisfactorios.


La obra del alemán, avecindado desde hacía años en el puerto, correspondía, al quinto submarino de la historia y al primero construido en Sudamérica. El invento era relativamente simple. Fabricado enteramente en fierro, tenía un largo de 12,5 metros y un peso cercano a las cien toneladas. Se impulsaba a propulsión humana, con pedales que movían sus dos hélices, y se hundía con un ingenioso sistema de arrastre de pesos de un lado a otro de la nave. La embarcación contaba con dos cañones y una escotilla. Pero no tenía periscopio, de suerte que cada tanto el buque debía salir a la superficie para saber si iba en la dirección correcta.


Según los cronistas de la época, después de un par de pruebas, Flach estaba tan complacido por el desempeño de su invento, y tan seguro de sus potencialidades, que decidió invitar al presidente de la República a participar en uno de “sus paseos”. José Joaquín Pérez rechazó prudentemente la invitación. Lo hizo muy a la chilena. Luego que le explicaron como funcionaba la nave, de qué modo se hundía y de qué modo volvía a salir a la superficie, el mandatario dejó metido al alemán con una sola frase. “¿Y si se chinga?”. Hasta ahí no más llegó la invitación. Se salvó el presidente. Pero se hundió un submarino. Más que una pregunta, la del presidente fue una premonición.

 


 

 



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Comentarios

1 Comentarios

chiquito :

Publicado Martes 13 de Octubre, 2009 - 21:41 hrs

bueno por que no aparece mi papito si el trabajo junto a otros buzos de subcea ingieneri y ellos fueron quienes los encontraron y no los marinos? acaso el piñera trabajo todos los dias bajo el agua que tanto que sale en las fotos?

 
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