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Artículo correspondiente al número 242 (28 de noviembre al 11 de diciembre de 2008)
Disparar a matar
Benítez es probablemente uno de los mejores escaladores y guías del mundo. No sólo ostenta el record de mayor cantidad de subidas consecutivas a la cima del Everest (cuatro en cuatro años), es también el responsable de haber guiado al atleta ciego Erik Weihenmayer a esa cumbre y además ha logrado seis de las siete cimas más altas del planeta (incluyendo el Macizo Vinson, en la Antártica).
Con todo ese curriculum como guía, cualquiera pensaría que su agenda debería estar copada al menos hasta el 2012. Sin embargo, lo cierto es que Benítez cada vez sube menos a la montaña, o por lo menos, al Everest.
Todo cambió el 30 de septiembre de 2006, cuando vio cómo fuerzas chinas dispararon a un grupo de tibetanos que trataban de escapar del Tíbet. “Yo estaba liderando una expedición a la cumbre del Cho Oyu, la sexta más alta del mundo. Justo frente al campamento base existe un pequeño corredor que une el Tíbet con Nepal y es habitual que lo usen como un paso ilegal. Ese día había cerca de 50 personas intentando cruzar, a las cuales un grupo de la policía que estaba apostado ahí les empezó a disparar”.
-¿Disparos de advertencia?
-No, no. Directo al cuerpo. Ese día, y a consecuencia del tiroteo, murieron 3 tibetanos, incluyendo una mujer.
-¿Y qué hacían ustedes mientras pasaba todo esto?
-Quedamos en shock... Yo esperé algunos días y escribí un artículo desde mi carpa y lo mandé a un sitio web de unos amigos donde les contaba la historia y les pedía que lo publicaran, pero sin mi nombre. Teníamos que salir de ahí y no sabía cómo podían reaccionar las autoridades chinas.
-¿Y qué pasó?
-Lo publicaron y CNN, la BBC, las grandes compañías de noticias se colgaron, y ya pronto lo supo todo el mundo. Por ser algo sumamente delicado sólo le conté a mi guía asistente lo que había hecho. Decidimos cancelar la expedición e irnos.
-Pero igual la gente se terminó enterando de que fuiste tú.
-Claro. Pasó que el guía asistente, a mis espaldas, fue donde las otras compañías que operan subiendo al Everest y les contó lo que yo había hecho. Y para mi sorpresa, en vez de apoyarme, me trataron de loco y estúpido. Me acusaron de querer perjudicarlos y me sacaron en cara que con mi acción estaba poniendo en juego toda la operación y que el gobierno les podía quitar los permisos para subir el Everest.
-¿Y volviste a trabajar con esas empresas grandes?
-No lo he intentado; principalmente, porque yo sigo hablando de lo que sucedió. De hecho, estoy preparando un libro con los detalles del incidente y claro, estas empresas no quieren saber nada de mí.
-¿Las cosas cambiaron para ti desde el tiroteo?
-Sí. Solía estar en las montañas un 80% del tiempo con clientes corporativos y sólo un 20% trabajando el tema del liderazgo o subiendo montañas menos glamorosas. Ahora, en cambio, el 80% del tiempo trato de enseñar liderazgo y sólo uso el 20% para guiar hombres de negocios a las cumbres.
-¿Y has vuelto a pisar territorio chino?
-El Everest tiene dos lados, uno en el Tíbet y el otro en Nepal. Yo no voy a volver a escalar por el Tíbet, me rehuso. Incluso, cuando el año pasado la antorcha olímpica subió el Everest de la mano de un equipo chino, yo boicoteé el Everest. No fui. Estoy convencido de que es momento de hacer un cambio: como guía y montañista, es necesario tener una actitud más ética.
-Okey, ¿entonces les has dicho a determinadas empresas que no los vas a llevar al Everest?
-Sí, a ejecutivos de empresas de petróleo que hacen drilling en lugares naturales, cualquier trabajo que signifique pasar por el Tíbet, un par de empresas pesqueras japonesas que persiguen ballenas...
-Pero estas empresas igual terminan subiendo. Al final, subir la montaña más alta del planeta se ha convertido en algo económico...
-Y político. Y eso es lo que la gente no escucha. Siempre dicen “la gran montaña, el último desafío”, pero no se dan cuenta de que finalmente es una suerte de Everest Inc., un lugar donde el poder político y económico termina determinando quién llega a la cumbre.
-¿Eso ocurre sólo en el Everest?
-Es algo que pasa en muchos lugares del mundo. El montañismo ya no es acerca de un grupo de personas que van a las montañas, a un lugar tranquilo, silencioso, lleno de mística. Los guías, las empresas, están llegando a países como Pakistán, donde hay guerras, vamos a lugares como el Tíbet, donde se violan los derechos humanos; vamos a países como Nepal, donde el gobierno colapsó; vamos a Bolivia... viajamos por todas partes del mundo, muchos de ellos con conflictos importantes no resueltos y ni nos enteramos o ni nos preocupamos de saber lo que está pasando, ni de enseñar esas cosas a la gente a la cual guiamos.
-¿Entonces tu solución sería no ir?
-No, definitivamente deberíamos ir, pero a la gente que llevemos hay que hacerla más consciente de a dónde va. No se trata de ir, no hablar con nadie, escalar e irse sin saber ni siquiera qué es lo que estaba pasando. Se trata de ser un ciudadano global más preocupado, de saber adónde vas y qué es lo que sucede ahí.