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Artículo correspondiente al número 242 (28 de noviembre al 11 de diciembre de 2008)
Luís Benítez iba a vivir toda su vida literalmente encapsulado en una burbuja. Pero un buen día se encontró con el montañismo, que no solo lo sacó del encierro a que lo condenaba el asma, sino que lo puso innumerables veces en las cumbres más altas del mundo, Everest incluido. Y probablemente seguiría en eso, si no fuera porque en 2006 vio como eran asesinados tres refugiados tibetanos a metros del campamento base del Cho Oyu. Más de mil personas vieron el tiroteo, pero solo el sacó la voz. Hoy aun sufre las consecuencias de su atrevimiento. Por Federico Willoughby Olivos.
Para el montañista Luis Benítez (37) no existen los límites, sólo los desafíos. De niño, y por culpa del asma, los doctores lo encerraron en una burbuja que, si bien mantenía los microbios al margen, lo obligaba a seguir el mundo a través de una ventana de plástico o de las imágenes del National Geographic que –debidamente esterilizadas– le hacían llegar.
Luis, revistas mediante, empezó a descubrir y añorar el mundo que lo esperaba allá afuera. Un mundo que quería conocer a toda costa. Y fue así como se obsesionó por encontrar un doctor que, en vez de cambiarle la receta del inhalador, le diera una solución real. Buscó y buscó, hasta que, con 10 años, encontró a un especialista que no sólo lo sacó de la burbuja, sino que lo subió a la montaña, donde sus pulmones se hicieron fuertes, respirando el aire más delgado que ofrecen las alturas.
Su vida empezó en ese instante. No sólo superó sus problemas de salud, sino que también se enamoró de la montaña y del mundo outdoor. Su primera cumbre fue el volcán ecuatoriano Cotopaxi (Benítez es norteamericano, pero su padre nació en Ecuador y solía pasar los veranos en ese país). Tenía 16 años, estaba a más de 5 mil metros de altura y apenas podía respirar, pero sabía que había encontrado su destino.
Lo que siguió fue una cuidadosa preparación en las artes del montañismo, la escalada en hielo, el ski y básicamente todas las técnicas relacionadas con la montaña y el aire libre, estudios que combinó con un degree en Ciencias Políticas en la Universidad de Missouri. Así, a los 20 años fue contratado como profesor y guía por Outward Bound, una organización sin fines de lucro especializada en ocupar el aire libre como plataforma de educación.
Ahí estuvo hasta 1998, cuando Alpine Ascents, una de las empresas líderes en diseñar expediciones para empresas, lo contrató para que organizara y dirigiera los ascensos de sus clientes. Con ellos alcanzó las cumbres más altas del mundo (incluido el Everest, que ha subido seis veces) y además lideró múltiples expediciones en todos los rincones del planeta.
En 2004 se volvió independiente y actualmente reparte su tiempo siendo guía para expediciones corporativas y enseñando liderazgo en el único lugar donde cree que se puede aprender: la montaña.
-¿Cuántas cumbres has alcanzado?
-Cerca de cien. Empecé subiendo montañas a los 16 años y desde entonces, además del Everest –que he subido regularmente desde hace 8 años–, he viajado por todo el mundo haciendo cumbres. Me dedico mucho a guiar expediciones de altos ejecutivos, que usan el montañismo para aprender y perfeccionar valores como el liderazgo y el trabajo en equipo.
-Hace 10 años no era tan popular llevar a los ejecutivos al Everest o a cumbres de alto desafío. Antes la cosa iba más por baños termales y retiros fuera de la ciudad...
-Actualmente, las empresas quieren que sus ejecutivos tengan una experiencia diferente. Algo que sea potente, algo que les produzca miedo, que los haga enojarse, que los ponga incómodos. Que sientan y procesen cosas que después puedan rescatar para su vida diaria. Ir a la montaña no es precisamente una charla que un ejecutivo se va poder saltar o de la cual se va distraer porque le llegó un mensaje a su blackberry. No hay posibilidad de levantarte para chequear el mail. Allí, si alguien no pone atención al proceso, si no está atento a lo que está pasando, puede ocurrirle algo malo. Esa magia, ese arte, es lo que las compañías buscan.
-Explícame más de ese “arte” del que hablas.
-Guiar es un proceso que no sólo tiene que ver con subir una montaña, sino con lo que uno aprende de sí mismo en esa subida. Por eso yo les digo a mis clientes que no es tanto el vehículo que eliges (subir montañas, cruzar campos de hielo, hacer kayak por fiordos), sino que la conversación que ese “vehículo” te provoca. Ese es el arte para mí. Nadie puede tener una experiencia en la montaña y no ser cambiado.
-¿Qué le puede enseñar una montaña a un CEO?
-El trabajo en equipo, la humildad, mantenerse fuerte frente a la adversidad y el desafío y, lo más importante, el ser capaz de definir los objetivos adecuados al momento que está viviendo. Si tú empiezas pensando en la cumbre el primer día, te vuelves loco. Hay que ser capaz de administrar los objetivos: cada día tiene su propia cima, las cuales, a la larga, te harán llegar a la cumbre.
-En 1996, ocho personas murieron un día 11 de mayo tratando de subir el Everest en una expedición pagada. La tragedia sembró muchas dudas sobre cuán comercial podía ser subir la montaña más alta del mundo... ¿Han cambiado las cosas desde entonces?
-Ese fue un día terrible para el montañismo y hay un libro que se llama Into the thin air que lo documenta muy bien. Pero desde entonces muchas cosas cambiaron. Ese accidente significó revisar todo lo que se estaba haciendo entonces en cuanto a guiar expediciones comerciales. El entrenamiento para guías actualmente es muy distinto al que se hacía hace 12 años. Antes, la gente no tenía idea de lo que estaban haciendo. Si eras un guía o un experto en montañismo te podías considerar afortunado por el solo hecho de subir. Entonces, si tenías a una persona adinerada que estaba dispuesta a pagarte para que lo llevaras, perfecto.
-¿Y actualmente?
-Hoy en día necesitas poder leer el clima, tener sistemas de comunicación satelital, manejar niveles de logística avanzados. Es como manejar una pequeña empresa por dos meses. La industria cambió, se volvió más profesional.
-Pero se convirtió en una industria...
-Absolutamente. Es cosa de ver los números. A un cliente subir el Everest le cuesta entre 20 y 35 mil dólares. Entonces, si tienes un equipo de 10 ó 15 montañistas ya tienes unos 200 mil dólares por expedición. Y si tienes entre 15 y 20 expediciones al año, ya estamos hablando de un negocio multimillonario. Una comunidad que vale millones de dólares y que sólo está ahí durante dos meses al año. Llegas, armas tu campamento, subes, vuelves, tomas tus cosas y te vas. Es un gran negocio.
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| “IR A LA MONTAÑA NO ES PRECISAMENTE UNA CHARLA QUE UN EJECUTIVO SE VA PODER SALTAR O DE LA CUAL SE VA DISTRAER PORQUE LE LLEGO UN MENSAJE A SU BLACKBERRY. NO HAY POSIBILIDAD DE LEVANTARTE PARA CHEQUEAR EL MAIL. ALLI, SI ALGUIEN NO PONE ATENCION AL PROCESO, SI NO ESTA ATENTO A LO QUE ESTA PASANDO, PUEDE OCURRIRLE ALGO MALO”. | |