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Artículo correspondiente al número 197 (26 de ene al 25 de feb 2007)
Su experiencia de años y los triunfos internacionales de sus viñas Errázuriz, Arboleda, Caliterra y Seña le permiten a Eduardo Chadwick tener muy claro qué necesitamos en Chile para seguir calificando en el ranking mundial de vinos. Según él, más que la cantidad importa la calidad, y es ineludible acuñar una marca país que represente a toda la industria.

Desde las viñas Errázuriz, Arboleda, Caliterra y Seña, Eduardo Chadwick considera que el futuro del vino chileno pasa por un asunto de calidad más que de cantidad. Y pasa sobre todo por el desafío de acuñar una marca país bajo la cual se cobije toda la industria local. En esta dirección, él ya anota importantes triunfos en los mercados internacionales.
El museo Smithsonian de Washington D.C. tiene en su colección dos botellas de vino. Una corresponde a un cabernet sauvignon Stag’s Leap Wine Cellars de 1973 y la otra a un chardonnay Chateau Monte-lena también de la cosecha de ese año. ¿Por qué tanto honor? Muy simple. Porque marcaron un antes y un después en la industria vitivinícola norteamericana. En una cata a ciegas realizada en París en 1976 ambos vinos del valle de Napa se situaron por encima de algunos de los mejores vinos franceses de la época, inaugurando con ello el despegue de la hoy laureada industria vitivinícola californiana. El triunfo fue en su momento portada de la revista Time.
En enero del año 2004, en Berlín, Eduardo Chadwick replicó la arriesgada cata y convocó a una degustación de sus mejores vinos en conjunto con varios de los más reconocidos exponentes de Francia e Italia. El resultado dejó a los expertos casi tan atónitos como había ocurrido casi 30 años antes, ya que tres de los vinos chilenos se ubicaron entre los mejores cinco y dos de ellos, Viñedo Chadwick 2000 y Seña 2001, ganaron el primer y segundo lugar.
Lo que puede parecer una anécdota para los no entendidos en la materia, constituye un verdadero hito para quienes se dedican al negocio del vino. Para Eduardo Chad-wick, presidente de Viña Errázuriz, significó un triunfo personal y la prueba fehaciente de que su filosofía de trabajo en este sector no solo rendía frutos, sino además constituía el camino indicado para toda la industria vitivinícola chilena. Porque Eduardo Chadwick no está improvisando en esta industria. Su plan es claro y simple: Chile debe olvidarse del volumen y apostar resueltamente a la calidad.
En julio de 2005 la revista inglesa Decanter, una de las más reconocidas del rubro, eligió a Eduardo Chadwick (47 años) entre las 50 figuras más influyentes del mundo en la industria del vino
A diferencia del resto de los negocios de la familia Chadwick (ver recuadro), en los vinos Eduardo partió literalmente de cero. Con apenas 25 años y un título de ingeniero civil de la Universidad Católica, su padre, Alfonso Chadwick Errázuriz, lo invitó a hacerse cargo en 1983 de la Viña Errázuriz, fundada en 1870 por su antepasado Maximiano Errázuriz. La viña en ese momento y a raíz de sucesivos cambios de propiedad, no era en verdad gran cosa. El sector en general pasaba por un mal momento, prácticamente no se exportaba y la calidad promedio dejaba mucho que desear. En Errázuriz hubo que hacer todo de nuevo. Se botaron las viejas parras y se plantaron nuevas, se reconstruyeron las bodegas, se contrató un completo equipo profesional y se empezó a construir la marca con el firme propósito, presente desde el comienzo, de posicionar sus vinos en el exterior dentro del segmento de primera categoría.
En 1985 don Alfonso Chadwick viajó a Francia con Eduardo y juntos visitaron a Emile Peynoud, “uno de los enólogos más famosos en ese momento, porque cuando mi padre se metía en algo quería ser el mejor”, dice Eduardo, quien luego visitó la feria Vinexpo y se quedó tres meses estudiando en el Instituto de Enología de Burdeos, logrando su primer barniz de instrucción en las logias viñateras. Ese sería el comienzo de su apasionada relación con el vino y de un camino que, a través de las cuatro viñas de su propiedad, lo sitúa entre los empresarios chilenos más distinguidos del sector.
Mirándolo hoy, tan compuesto y british en su manera de vestir y de ser, cuesta imaginar que Eduardo comenzó la tarea no solo aprendiendo a podar las parras, sino además ofreciendo los vinos en su lugar de origen, el valle de Aconcagua, donde con Domingo Alvarez, un antiguo vendedor de la viña, recorrieron prácticamente todas las ciudades y pueblos. Eduardo habló con cuanto dueño de botillería, restaurant y club social de Los Andes, San Felipe, Calera o Llay Llay lo quiso recibir, para luego pasar a Valparaíso y Viña y así dar el salto a Santiago, donde el primer cliente importante fue el Jumbo y donde el propio Eduardo negoció la entrada con Claudio Haase, el entonces gerente de la cadena de supermercados de Paulmann.
Tanto han cambiado los tiempos, que en esa primera feria internacional Vinexpo donde participaron viñas chilenas –además de Errázuriz, estaban Santa Rita, San Pedro y Los Vascos– los vinos nacionales se vendían en términos genéricos, sin cepaje ni año de cosecha. Esa fue la puerta de entrada a Europa, al menos para Chadwick, que comenzó de inmediato a desarrollar sus redes de contacto. En 1989 conoció en California a Agustín Huneeus, un chileno muy bien contactado en la industria del vino en el exterior, con quien trabajó un par de años –juntos desarrollaron la marca Caliterra– y quien le presentó a mucha gente del rubro y personajes claves en el mercado norteamericano.
Un papel parecido, pero a otra escala, puesto que permitió luego la consolidación del prestigio de las viñas del grupo Chad-wick, fue el que jugó Robert Mondavi, el famoso viticultor norteamericano y verdadero padre de la industria californiana. Mondavi vino por primera vez a Chile el año 90 y, aun cuando tenía ya más de 80 años y Eduardo apenas 30, se produjo entre ambos una conexión inmediata. En 1995 Chadwick formó una sociedad con la viña de Mondavi con el sueño de producir un vino que compitiera entre los mejores del mundo. El resultado fue Seña, lanzado al mercado en enero de 1997 y que se convertiría en el primero de los vinos “ícono” del grupo y uno de los más premiados en el exterior. Seña –en abril del 2003 los Chadwick compraron el otro 50% a Mondavi– se unió al grupo de vinos ultra premium, el que había debutado con Don Maximiano Founder’s reserve, el primero de su tipo de la Viña Errázuriz. Luego se incorporarían los vinos super premium Arboleda y la línea Caliterra, que actualmente se comercializan en todo el mundo.
Cuando en 1993 murió don Alfonso Chadwick, Eduardo se convirtió en presidente de Viña Errázuriz y a diez años de haberla relanzado los logros eran evidentes. Los viñedos se habían expandido por el valle de Aconcagua, se compraron terrenos en Casablanca y ya manejaban prácticamente todas las cepas. En 1994 formó la agencia Hatch Mansfield en Inglaterra, con el fin de distribuir vinos de Viña Errázuriz y también otros vinos finos de Francia, Nueva Zelandia, Australia y Sudáfrica, convirtiéndose en la única viña chilena con una distribuidora propia en el Reino Unido.
El año 2002 Chadwick introdujo un nuevo y arriesgado proyecto, el Viñedo Chadwick, que debutó con la cosecha de 1999 proveniente de plantaciones ubicadas en la residencia original de los Chadwick en la comuna de La Pintana, en el valle del Maipo, lo cual supuso acabar con la querida cancha de polo de don Alfonso, porque hasta eso se plantó. El resultado, como se vería más tarde, aunque no fue probado por el padre, habría sido aprobado por él.