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Artículo correspondiente al número 244 (26 de diciembre de 2008 al 22 de enero de 2009)
La revolución Obama
Representa el triunfo de la igualdad de oportunidades, un golpe mortal a todo tipo de discriminación social, de género o de religión. Por Claudio Orrego.
Barack Obama es claramente el hombre del año en todo el mundo. Hacía décadas que la política interna de Estados Unidos no provocaba tanto entusiasmo en ciudadanos de las más distintas razas, religiones y nacionalidades. El representa la esperanza en tiempos en que predominan el pragmatismo y el escepticismo.
El destino de Obama quedó sellado con el desarrollo de una carrera poco convencional. Porque era abogado de Harvard uno podría haber vaticinado un paso por Wall Street o la banca de inversión internacional. Sin embargo, Obama decidió hacer trabajo social en los suburbios de Chicago. Como en los viejos tiempos, dirán algunos, como un sesentero idealista. Del ámbito social pasó al político y del ámbito estatal al nacional, al punto de que cuando todos esperaban que Hillary Clinton fuera la gran revelación como la primera presidenta de Estados Unidos, él fue capaz no sólo de ganarle al establishment del Partido Demócrata, sino que de encantar a millones de ciudadanos norteamericanos.
Mucho se ha escrito y dicho sobre su raza, factor por cierto profundamente simbólico cuando aún sobreviven vestigios de una política de discriminación validada por décadas. Por ello es ineludible referirse al triunfo de Obama como el triunfo de la igualdad de oportunidades. Esto representa un golpe, esperamos mortal, a todo tipo de discriminación social, de género o de religión. Sin embargo, detenerse demasiado tiempo en esta dimensión oculta otros rasgos del proceso que lo llevó a ser el nuevo presidente de Estados Unidos, y que son tanto o más importantes. Obama no es un demócrata convencional. Alejado de los estereotipos, ha sido capaz de sostener posturas en acuerdo con sus adversarios políticos y en desacuerdo con sus aliados; se ha atrevido a ir más allá de lo políticamente correcto y ha postulado proyectos de ley que desafían la visión convencional que se tiene del Partido Demócrata.
Producto de un gran diseño de campaña, Obama tuvo lo que a muchos de nuestros candidatos en las últimas municipales les faltó a toneladas: la convicción, la claridad, el entusiasmo y la humildad para dar una batalla contra toda esperanza y aun a riesgo de salir trasquilados. La libertad de quien nada tiene que perder es la que le dio la fuerza para decir lo que pensaba, dar todas las peleas y convocar a millones de personas a construir el movimiento que lo llevó a la Casa Blanca.
Las cifras son elocuentes y hablan por sí solas: el sistema de donaciones de Obama sacó lo mejor del modelo de trabajo social de base en Estados Unidos (“grass roots movement”) y lo mejor de Internet, logrando la espectacular cifra de 3,5 millones de donantes, con entregas en promedio de 50 dólares, permitiendo que la campaña se desvinculara de recursos provenientes de grandes grupos de interés así como de dineros públicos. Obama logró, además, movilizar a un ejército de un millón de voluntarios, dispuestos a hacer desde los tradicionales puerta a puerta hasta pasar horas al teléfono consiguiendo donaciones, organizando reuniones o simplemente convocando a inscribirse y votar. ¿El resultado? Impresionante: cerca del 71% de los norteamericanos votó en esta elección, la cifra más alta en la historia de ese país, lo que equivale a 16 millones más de votantes que en la cita anterior. Aquí está el corazón de la revolución de Obama, aquello que dio a su campaña un ímpetu, un entusiasmo, una épica y una ilusión que durante muchas décadas no veíamos en la política de Estados Unidos y del mundo.
Los efectos de este fenómeno ya han sido exportados. Hasta en Chile se buscan los Obama por doquier. Sin embargo, es bueno aclarar que Obama hay uno solo y, sin desmerecer sus propios atributos y virtudes, su triunfo también responde al contexto social, económico y político norteamericano del último tiempo. Dicho en otras palabras, es difícil entender el fenómeno Obama sin ocho años de Bush, sin Irak o sin la crisis económica.
El medio millón de empleos que se perdió sólo en el mes de noviembre en Estados Unidos es un adelanto de aquello con lo que el nuevo gobierno norteamericano tendrá que bregar. Los grandes líderes se hacen frente a las grandes crisis. Por eso está por verse si Obama tendrá la capacidad de sortear la actual para ser recordado no sólo como el primer presidente afroamericano de Estados Unidos sino como un gran presidente de esa gran nación.
El segundo desafío es cuánto podrá infl uir el espíritu Obama en otras latitudes. Superadas las tentaciones ramplonas, oportunistas y superfi ciales de querer ungir a alguien en calidad de Obama chileno (algo tan absurdo como presuntuoso), hay muchos que esperamos que parte de su espíritu sí contagie nuestra alicaída política nacional: desafiar al establishment, generar espacios de renovación, ser capaz de superar lo políticamente correcto y llegar a acuerdos con quienes piensan distinto; movilizar a las masas, especialmente a los jóvenes. Estas son las lecciones de una campaña que probablemente será recordada y estudiada por generaciones como una de las más notables, mejor diseñadas y con el más sorprendente resultado de la historia moderna. Qué duda cabe, Obama es el hombre del año. Lo que está por verse es qué tan larga será la estela de este suceso.