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Artículo correspondiente al número 244 (26 de diciembre de 2008 al 22 de enero de 2009)
2008 EL AÑO QUE VIVIMOS EN VIVO
La cantidad de conciertos de esta temporada que acaba de pasar fue alucinante por su volumen, variedad y espectacularidad. Varios elementos se conjugaron este 2008 para hacer de sus doce meses uno de los periodos más notables en presentaciones en vivo del último tiempo. Por Andrés Valdivia.
Habíamos estado acostumbrados a ser los hermanos chicos de Brasil y Argentina en términos de música en vivo. Los grandes conciertos –y los más pequeños también– solían pasar por las capitales de estos dos países de ida o de vuelta desde el DF mexicano y rara vez asomaban por nuestra sureña capital del fin del mundo. Es probable que, como en una enorme cantidad de asuntos, aún seamos los primos lejanos de esos dos mega países del entretenimiento, pero las cosas han cambiado mucho.
Hay que decirlo: Brasil y Argentina siguen teniendo más y mejores conciertos que nosotros –especialmente, en el terreno de la música independiente–, pero en el mapa de la música masiva y global, Santiago de Chile es claramente una nueva capital del cono sur, una plaza atractiva y bullente. El proceso viene dándose desde un tiempo a esta parte, pero pareciera haber tenido su peak este 2008, año en el que vimos una caravana de bandas y solistas pasearse por Santiago.
Mi intención no es ser exhaustivo, ni mucho menos; pero de los ejemplos simples de recordar, lo que más sorprende es la variedad y, en algunos casos, el tamaño de las estrellas que estuvieron en Chile: Charles Aznavour, Franco de Vita, Tito el Bambino, Whitesnake, Jorge Drexler, Camilo Sesto, Djavan, Roberto Carlos, José Feliciano, Michael Bolton, The Hives, Julieta Venegas, Jean-Luc Ponty, Kusturika, Black Rebel Motorcycle Club, Medeski Martin and Wood, Cyndi Lauper, Kylie Minogue, Bob Dylan, Boy George, Nine Inch Nails, REM, Mars Volta, The Jesus And Mary Chain y, claro, nuestra recientemente canonizada Madonna. Se me arrancan varios, qué duda cabe, pero insisto: esto, más que exhaustivo, pretende sólo graficar un punto; y ese punto es la cantidad de conciertos que se realizaron en nuestro país.
Pero, ¿a qué responde este fenómeno? ¿Es que Chile se hizo famoso en la elite siempre algo malandra de managers y músicos globales? ¿Es realmente un buen negocio el entretenimiento musical en Chile? En los próximos párrafos intentaremos hincar el diente a estas interrogantes.
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| Madonna | Bob Dylan |
El factor dolar
Para comprender los vaivenes del entretenimiento siempre es buena idea zambullirse en las aguas donde todo ocurre: el mercado. Durante gran parte del año, Chile tuvo una situación cambiaria particularmente atractiva para importar. ¿Y qué son los servicios de una banda extranjera más que una importación no tradicional? Con el precio del dólar bajo, salir a comprar cantantes al primer mundo en dólares y explotarlos en pesos sonaba bastante más razonable que hace algunos años. Es cierto que es circunstancial y probablemente algo arbitrario, pero suena lógico pensar que con un dólar alto y todos los otros factores fijos, la marejada de conciertos habría sido menor.
También es cierto que las cosas han cambiado bastante en el último tercio del año –crisis mediante–, lo que pone presiones extra sobre los productores de conciertos para la temporada 2009. Aunque claro, ya están agendadas presentaciones bastante espectaculares para el primer trimestre del próximo año: Elton John junto a James Blunt y, lo que se ha transformado en el chiche más esperado desde hace un buen tiempo, Radiohead, que ya confirma dos fechas para fines de marzo.
El nuevo Chile
OK, le dimos una mirada a la faz de la oferta al preguntarnos por el precio del dólar, pero la oferta por sí sola no garantiza nada, y al parecer es también por el lado de la demanda donde se han generado cambios impresionantes en el mercado del entretenimiento.
No tengo datos fuertes para aseverar lo siguiente, pero creo representar la intuición de muchos: los chilenos estamos gastando cantidades inéditas de dinero en entretención. El cine se viene abajo, los discos para qué decir, pero todos los negocios de entretención que implican algún grado de performance –y que por lo tanto se hacen “impirateables”– parecieran estar llenándose de gente. Los conciertos, los restaurantes y bares y los espectáculos en vivo en general –salvo excepciones, por cierto– parecen estar en alza.
Pero no es sólo la cantidad de personas dispuestas a asistir a este tipo de espectáculos lo que pareciera estar cambiando, sino que es la cuantía de dinero por entrada la que se está elevando. Ya hace un par de años se debatió en nuestro país acerca de los precios de las entradas de los conciertos con razón de la venida de U2. No es un tema nuevo. Pero el debate es inútil, ya que todo este asunto de los precios lo zanja el mercado: todos pagamos lo que estamos dispuestos a pagar, y punto. Y es precisamente eso mismo lo interesante: nuestros conciertos tienen los precios más altos de Latinoamérica y estamos dispuestos a pagarlos, y no sólo eso: muchos de los conciertos con entradas caras se llenan incluso dos veces.
Entonces, la disponibilidad de cash (o de crédito) para ser invertido en entretenimiento ha subido y hoy Santiago es una plaza más atractiva por sus precios que por su volumen. Los Rolling Stones hacen siempre cinco noches en Buenos Aires, y las llenan todas a tablero vuelto, a precios menores. En Chile, es probable que a duras penas llenen un Estadio Nacional, pero a precios mucho mayores.
Lo interesante de este asunto es que Chile pareciera estar aproximándose a lo que siempre intuimos debía ser: una especie de nicho. Un país donde los gustos no son particularmente diversos y donde somos pocos pero, al parecer, más ricos –o más endeudados– que otros países más grandes, pero menos dispuestos a pagar. Nuevamente, la sombra de la crisis pone sus garras sobre este factor. Es muy probable que los chilenos entendamos el entretenimiento como un producto de décima necesidad, por lo que una caída en el consumo en general debería sentirse fuerte en esta industria.
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| R.E.M. | Charles Aznavour | Julieta Venegas |
El factor piratería
La caída brutal y sistemática de las ventas de música envasada en el mundo entero es con toda seguridad un factor central que explica el boom de las visitas ilustres a nuestro país. Para comprender esto hay que hacer un poco de historia. Hasta hace algunos años, un músico exitoso tenía la siguiente rutina de trabajo: componer y grabar un buen disco, salir de gira promocional por Europa y Estados Unidos –quizás también Japón, para hacerse de algo de buen sushi–, poner un par de videos en MTV y volver a casa a sentarse a esperar cómo la magia de la venta de discos engrosaba brutalmente su cuenta corriente. Descansar un semestre para reponerse de los excesos de la gira y vuelta otra vez a tomar la guitarra.
Ese ciclo feliz se ha roto y se ha roto para siempre. El volumen de venta de discos ya no da para aquello y los músicos se han visto en la obligación de salir a conquistar nuevas plazas cruzando los dedos para que sus fan estén dispuestos a comprar entradas para irlos a ver. Hoy por hoy, el negocio de los conciertos es de los pocos que aún hacen sentido real para las mega estrellas, lo que las tiene visitando Latinoamérica con inusitado interés. No es el vino, ni Neruda ni Bachelet lo que tiene a los músicos gringos interesados en nosotros. Es simple, genuina y bendita necesidad. Bien por nosotros, que de una manera oblicua hemos obligado a los músicos a volver a su oficio primigenio, la performance.
Imágenes paganas
Pero dejemos los negocios por un momento, que el entretenimiento no es sólo eso. Es también capacidad de sorpresa y es también esa extraña alquimia que se genera entre sus líderes y el público. De lo que vi en vivo este 2008 se me quedan algunos momentos fijados con sangre en la cabeza. El viejo zorro de Bob Dylan haciendo una versión dura y saltona de Just Like a Woman en una de las noches más gloriosas e incomprendidas de la historia de nuestros escenarios. La sublime, visionaria y epifánica puesta en escena de Nine Inch Nails –en el mismo escenario de Dylan– enseñándonos de qué se trata hacer un espectáculo de máquinas y fuerza orgánica humana en estos días. A nuestra diosa Madonna, canonizada hasta el hartazgo y la verguenza en su pasar por Chile, no me referiré por una razón trivial: no fui. Sanseacabó.
Otro elemento que me impresionó mucho de los conciertos de este año fue el público. Millares de celulares y cámaras de foto y video registrando desde millares de puntos de vista distintos lo que ocurre sobre el escenario. Algunos músicos insisten en poner trabas a la concurrencia al momento de hacer registros, pero otros más sabios –como REM y The Chemical Brothers– invitan a su público a poner esos contenidos en Internet y a direccionarlos hacia los sitios web de las bandas, agregando valor a sus giras y experiencias online. Cambian los paradigmas y cambia también el público que quiere llevarse a casa una parte de la experiencia de ver a una banda sobre el escenario.
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| Black Rebel Motorcycle | Kylie Minogue |
¿Chile sustentable?
Tenemos ya más que claro que este fue un tremendo año para la música en vivo. Pero también cunden los rumores acerca de estadios llenos de sólo invitados y con pocos tickets vendidos y de sectores VIP canjeados completos a medios encargados de la promoción. Entonces, cabe preguntarse si al tirar la raya para la suma los números siguen siendo azules.
Las empresas productoras no quieren dar cifras, pero sí hablan de un mercado que crece y que ha tenido un año positivo. Pero no hay que ser adivino para identificar algunos riesgos para la industria del espectáculo, más allá de la crisis y la potencial caída en el consumo. La cantidad de conciertos en Chile el 2008 hace pensar que la potencial saturación del mercado está a la vuelta de la esquina. Demasiados conciertos para un país acostumbrado a emociones fuertes pocas veces en la vida, más que a vivir con el alma en el techo. Es probable también que la industria privilegie aquellos conciertos percibidos por el público como “imperdibles”. Madonna es un caso canónico de aquellos espectáculos, largamente anhelados por varias generaciones de melómanos. Se podría esperar entonces que sean aquellas estrellas algo ecuménicas en su llegada las que tengan las mejores chances de trasformarse en buenos negocios en vivo este año que viene. Por el momento, a comprar entradas para Radiohead, una banda que he tenido la suerte de ver en vivo y que resulta simplemente sublime