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Antártica. La Última Frontera

Artículo correspondiente al número 221 (25 de ene al 21 de feb 2008)

 

Guardando las proporciones (ya que no es comparable una expedición por la Isla Rey Jorge con un viaje al Polo Sur), piense un segundo en cómo terminaron las incursiones de Roald Amundsen y Robert Scott en su carrera por alcanzar la latitud 90°. El primero, que usó perros para trasladar la carga y vistió pieles animales para enfrentar el frío, no sólo coronó antes la meta, sino que completó su hazaña con vida. Del segundo, que se negó a usar tales recursos y que adoptó cada día una decisión peor que la anterior, mejor ni hablar.

 

 

 

No todo es sufrir

 

Pero no todo fue sufrimiento. La Isla Rey Jorge es un lugar encantador, cubierto en un 90% por glaciares. Hacer cumbre en el Domo o Glaciar Collins en una marcha cargada de emoción, sentir a pingüinos, focas y aves insólitas corretear a metros de las carpas y otear constantemente el mar con la ilusión de ver una cola de ballena, llenan por completo cualquier expectativa.

 

Es, además, un lugar que, pese a las numerosas dotaciones presentes y las visitas de turistas, se mantiene libre del impacto del hombre. De hecho, nuestro grupo tenía instrucciones draconianas de no ensuciar, las que se cumplían a cualquier costo. Más de una vez el fuerte viento arrebató de las manos algunos envoltorios, lo que desataba verdaderas estampidas de cacería por la isla, hasta que el famoso papelito era atrapado y almacenado en los tambores de basura. Si hasta los restos orgánicos de cada uno de nosotros (a buen entendedor, pocas palabras) fueron traídos de vuelta en bolsitas.

 

En fin, suena exagerado, pero en realidad cuidar la pureza del lugar es de mínima cultura.

 

Como ya dijimos el grupo estaba compuesto por jóvenes. Jóvenes que si bien trabajaron sistemáticamente en su programa académico, también bailaron a rabiar el día de Año Nuevo en una muy acogedora base uruguaya. Pese a que la gente se entonó con jugo en polvo, el bamboleo de trastes, los gritos y saltos no faltaron en una curiosa jornada donde los abrazos fueron a las 11 de la noche (12 en Uruguay) y con luz de día colándose por las ventanas.

Y como el ímpetu juvenil parece no tener límites, al día siguiente nada mejor para sacarse la resaca que una refrescante zambullida en el mar. Cuatro valientes (locos, en realidad) cumplieron su apuesta de bañarse en el océano Austral... Pocas veces habíamos presenciado a personas tan abrumadas por el frío, secándose muy apuradas entre sacudidas y temblores. Con todo, no se trató de nada grave. Nada que una buena sopa caliente no remediara en cosa de minutos. En fin, así es el divino tesoro de la juventud... Incluso en la Antártica.

 

Además de esas potencias palpables, en este continente hay muchas otras riquezas. Es cierto que es un territorio pobre desde el punto de vista biológico, pero es sabido que es muy rico en otros recursos. Resulta obvio decir que allí están las mayores reservas de agua del planeta (70% del total) y las mayores reservas de hielo (90%). Es tanta el agua almacenada, que su volumen explica que la Antártica sea el continente con la mayor altura promedio de la Tierra (2.300 metros), superando incluso al promedio de Asia, donde está la cadena de los montes Himalaya. Esa misma abundancia de agua explica que el mar que la circunda sea muy poco salado.

 

En fin, sume a todo eso que se presume que en esa zona hay descomunales reservas de combustibles fósiles y minerales en abundancia, cóctel que hace de esta zona una de gran importancia estratégica y geopolítica.

 

Guardando las proporciones (ya que no es comparable una expedición por la Isla Rey Jorge con un viaje al Polo Sur), piense un segundo en cómo terminaron las incursiones de Roald Amundsen y Robert Scott en su carrera por alcanzar la latitud 90°. El primero, que usó perros para trasladar la carga y vistió pieles animales para enfrentar el frío, no sólo coronó antes la meta, sino que completó su hazaña con vida. Del segundo, que se negó a usar tales recursos y que adoptó cada día una decisión peor que la anterior, mejor ni hablar.

 

 


Glaciares que dejó la ola. No es Antofagasta, sino una portada de hielo en la Antártica. Sí, se metieron al agua y ¡salieron!
Los chicos Wharton y sus guías en la cumbre del Glaciar Collins.

 


Chile destaca por su infraestructura en la zona. Un día de verano en la Isla Rey Jorge. Las 10 de la noche en el único día de sol de la travesía.
Los guías y personal de apoyo de Vertical fueron comandados por Eugenio Guzmán (segundo de izquierda a derecha). Junto a él
están Sebastián Varela, Constanza Eggeling, Alessandro Boitano, Sofía Jordan, Jantine Brandsma, Guillermo Parra y Marcelo Cruz.

 

 

No todo es sufrir



Pero no todo fue sufrimiento. La Isla Rey Jorge es un lugar encantador, cubierto en un 90% por glaciares. Hacer cumbre en el Domo o Glaciar Collins en una marcha cargada de emoción, sentir a pingüinos, focas y aves insólitas corretear a metros de las carpas y otear constantemente el mar con la ilusión de ver una cola de ballena, llenan por completo cualquier expectativa. Es, además, un lugar que, pese a las numerosas dotaciones presentes y las visitas de turistas, se mantiene libre del impacto del hombre. De hecho, nuestro grupo tenía instrucciones draconianas de no ensuciar, las que se cumplían a cualquier costo. Más de una vez el fuerte viento arrebató de las manos algunos envoltorios, lo que desataba verdaderas estampidas de cacería por la isla, hasta que el famoso papelito era atrapado y almacenado en los tambores de basura. Si hasta los restos orgánicos de cada uno de nosotros (a buen entendedor, pocas palabras) fueron traídos de vuelta en bolsitas.


En fin, suena exagerado, pero en realidad cuidar la pureza del lugar es de mínima cultura.


Como ya dijimos el grupo estaba compuesto por jóvenes. Jóvenes que si bien trabajaron sistemáticamente en su programa académico, también bailaron a rabiar el día de Año Nuevo en una muy acogedora base uruguaya. Pese a que la gente se entonó con jugo en polvo, el bamboleo de trastes, los gritos y saltos no faltaron en una curiosa jornada donde los abrazos fueron a las 11 de la noche (12 en Uruguay) y con luz de día colándose por las ventanas.

Y como el ímpetu juvenil parece no tener límites, al día siguiente nada mejor para sacarse la resaca que una refrescante zambullida en el mar. Cuatro valientes (locos, en realidad) cumplieron su apuesta de bañarse en el océano Austral... Pocas veces habíamos presenciado a personas tan abrumadas por el frío, secándose muy apuradas entre sacudidas y temblores. Con todo, no se trató de nada grave. Nada que una buena sopa caliente no remediara en cosa de minutos.


En fin, así es el divino tesoro de la juventud... Incluso en la Antártica.

 

 

Más que un cubo de hielo


Ya sea mirando el caótico choque de olas y ráfagas de viento que permanentemente estallan en la superficie del Mar de Drake, o viendo cómo el viento sopla con fuerza brutal hacia el polo sur como atraído por un hoyo negro, queda claro que lo que abunda en la Antártica es energía. Sí, energía pura.


Prácticamente todo el año y en toda su superficie corren vientos poderosos que con frecuencia superan por varios días consecutivos los 100 kilómetros por hora. Es tan característico este atributo antártico, que estudios científi cos han establecido que éste es el continente más ventoso de la tierra, con registros récord de hasta 320 kilómetros por hora (sí, leyó bien).


Pero eso no es todo. En torno a los 13,5 millones de kilómetros cuadrados de superficie (en un 98% hielo) que conforman el continente antártico se movilizan corrientes y masas de agua de una magnitud difícil de creer. El Océano Austral en esto también ostenta récords. Su superfi cie es rasgada permanentemente por vientos huracanados y bajo ella corre la corriente marina más extensa de la Tierra: la Circumpolar.


Según datos extraídos del sitio internet del Instituto Antártico Chileno (Inach), cuando decimos corriente Circumpolar hablamosde un chorro de agua de cuatro kilómetros de alto y de entre 100 y 200 kilómetros de ancho que gira a lo largo de un perímetro de 20.000 kilómetros. Y lo hace a una velocidad que no es menor: medio metro por segundo. Para comprender lo que decimos es preferible usar una imagen del propio Inach: “ese flujo de agua es equivalente a 150 veces el flujo combinado de todos los ríos del planeta”.


Por último, habría que anotar que si el frío pudiera convertirse en energía aprovechable, allí hay una mina de oro. Sin ir más lejos, la información disponible indica que este continente ostenta el registro de la temperatura más baja jamás medida en la Tierra: 89,2 grados celsius bajo cero.


 



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