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Artículo correspondiente al número 295 (11 al 24 de marzo de 2011)
Un rojo. Menos de un cuatro para el gobierno y para la Concertación. Así de mal califica el presidente del PS, diputado y ex ministro del trabajo, Osvaldo Andrade, a los protagonistas del año político que por estos días apaga velas. Su diagnóstico para La Moneda es que el presidente acapara todo, que actúa como empresario, que no escucha a la oposición y que hay una ausencia total de política. Y a su propio bloque le critica que no ha sabido ser oposición y que perdió la sintonía con la gente. Y ahí está él, alentando a la otrora mayoría para retejer las redes. Por María José O’shea; Fotos, Verónica Ortiz.
-Supe que tomó solo una semana de vacaciones. ¿Dónde estuvo?
-La vida privada es privada.
-¿Fue con su familia, sus hijos o nietos?
-La vida privada es privada.
-¿Qué edad tiene usted?
-57.
Así, de entrada, queda claro que Osvaldo Andrade es un tipo serio. Hasta duro, se podría añadir. No es de los políticos que embolinan la perdiz ni que asumen papeles actorales dependiendo de la ocasión. Tampoco es que sea pesado. Al contrario, se ríe bastante y entretiene conversar con él. Pero es de los que van de frente. Directo. Claro. Quizás por esa cualidad también es que se ha convertido en el articulador de la oposición. En los pasillos de la Concertación se escucha que aunque la vocería del bloque se vaya alternando entre Carolina Tohá (PPD), Ignacio Walker (DC), José Antonio Gómez (PRSD) y él, definitivamente es Andrade el que ronca. A un año de haber asumido el gobierno de Piñera –y de comenzar, él, a estar en la vereda contraria del poder– el presidente de los socialistas está muy crítico. Contra el gobierno de Piñera, por lo pronto. Pero también contra su propio bloque. “No hemos pasado de ser oposición a hacer oposición”, dice. “Hemos estado menos que reguleque”.
-El gobierno está de cumpleaños. ¿Qué nota le pone?
-Una nota deficiente, menos de un cuatro. En esta calificación hay que considerar la promesa, los acontecimientos y las conclusiones. La promesa era una nueva forma de gobernar, con la eficiencia como sello. Hay que asumir que el gobierno tuvo un proceso lento de instalación, que estuvo permeado por acontecimientos ajenos a la normalidad, pero precisamente por esos aconteceres el juicio puede ser más severo: el gobierno ha tenido todo a su disposición para hacer bien las cosas. La conclusión es que este primer año sólo ha sido para instalarse. Y no es razonable que se demore tanto.
-¿Tenía más expectativas?
-Sí, de la capacidad de producir cosas. Tenía también fundados temores de que finalmente resultara una frustración. Primero, porque el estilo gerencial no es simplemente transmisible al sector público. Y segundo, porque la falta de experiencia se ha notado mucho. Este gobierno tiene una gran falencia: es un gobierno impolítico. No está la política en su matriz, en su forma de resolver las cosas. No entiende que hay que dialogar, conquistar mayorías, tener la capacidad de seducir y también de ser seducido. Hay que hacer participar actores. No es mala fe, es un problema de origen: el empresario está acostumbrado a mandar, a manejar sus recursos y a rendir el resultado final sin importar el método ni el proceso.
-¿Es el gobierno de los empresarios, como se temía en la campaña?
-Yo creo que sí. Tampoco encuentro desdoroso que así sea, pero creo que la matriz empresarial está totalmente instalada. Por ejemplo, el presidente tiene el compromiso de terminar los multiRut y no ha podido generar una propuesta; simplemente, porque los empresarios se han negado.
-¿Piñera sigue siendo más empresario que político?
-De eso no tengo ninguna duda. Y no es casual que se haya notado ahora, con la idea de posnatal, la incorporación de ministros con más experiencia, como Andrés Allamand y Evelyn Matthei. El gobierno ha tenido un acierto en ese sentido. Pero un acierto sólo desde la política, no desde la producción. Todavía nos tienen discutiendo un papel en blanco. El problema es que en este gabinete el ministro del Interior se llama Sebastián Piñera; el de Hacienda se llama Sebastián Piñera; el vocero se llama Sebastián Piñera… Los demás son colaboradores del ministro Piñera.
-¿Eso explica, entonces, que el gobierno tenga la misma desaprobación que el presidente? Con Bachelet, eso no ocurría…
-Esa es la mejor demostración. Hoy, la misma mitad del país que rechaza al presidente rechaza al gobierno. Porque él es todo.
-Supuestamente, el ministro Hinzpeter es quien debe llevar la conducción política. ¿Cree que Piñera no lo ha “empoderado” lo suficiente?
-Es que le estamos pidiendo un imposible. No está en su carácter empoderar a otros. El sabe de todo y, aparentemente, más que todos. Y una persona que tiene ese nivel de convicción piensa “por qué voy a empoderar a otro si yo lo puedo hacer mejor”. Creo que esa es su imagen siempre. ¡Mire lo que nos costó que entendiera lo de los conflictos de interés! Todo el mundo se lo decía: gobierno y oposición.
-En la revista Capital dijo que si pudiera retroceder en el tiempo habría hecho las cosas en forma distinta…
-De las buenas intenciones está plagado el infierno… Ojalá. No sé. Nunca lo vamos a saber. El punto es que este gobierno representa a una derecha populista, pero en la cual la raíz empresarial es la impronta. Y a ese sello empresarial la política le repugna, la asume como un costo. El presidente no admite que otros pueden tener razón también. Esto no se resuelve teniendo a un ministro del Interior portaliano, sino entendiendo que hay oposición y que ésta es legítima. Y el presidente no lo quiere entender. Es muy sui generis.
-¿Ha estado con él en reuniones más privadas?
-Sí. Y siempre me quedo con la impresión de que ahí no hay equipo, sino subalternos. Para el gobierno ojalá no existiera el Parlamento, no existiera la oposición…. Somos una molestia para ellos. Estaría feliz gobernando a través de decretos.