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Alimentos: Escasez y exceso

Artículo correspondiente al número 276 (20 de mayo al 4 de junio de 2010


Como sea, lo único cierto es que no hay dudas de que económicamente este es un tema que hay que atacar. De acuerdo con Burrows, solamente por diabetes, hipertensión e infartos (sin contar los cánceres), el país debía destinar hace una década cerca de 25.000 millones de pesos a la administración de estas enfermedades.

¿Le gustaría repetirse?


Alimentar a cerca de 7.000 millones de personas no es un asunto sencillo. Es cierto, como dijimos, que no pocas de estas personas viven y mueren con y de hambre, pero lo cierto es que la revolución agrícola iniciada en el siglo XVIII fue el puntapié inicial de un proceso global de proporciones inéditas. El uso de fertilizantes, de agroquímicos y de maquinarias ha multiplicado la producción, permitiendo sostener una explosión demográfica que García Cebolla prefiere no calificar en sus alcances.

Quizás por estar tan relacionada a una necesidad basal del ser humano (en el primer peldaño de la pirámide de Maslow, diría un profesor de Biología), la industria de los alimentos ha tenido poderosos incentivos para revolucionar sus técnicas productivas, introduciendo y experimentando innovaciones; varias de ellas, vistas con suspicacias por los expertos.

El afán multiplicador de los panes; es decir, los sistemas de producción intensiva, ha puesto en cuestión no pocas veces los alcances sanitarios que las dosis de agroquímicos ofrecen sobre la salud de los consumidores y los trabajadores de esas faenas. García Cebolla avisa, en todo caso, que esos efectos negativos inmediatos han sido detectados y que en torno a ellos hay amplio consenso en cuanto a eliminarlos.

Otra consecuencia del proceso de conformación de un sector agroindustrial de alto rendimiento es la creciente tendencia a la concentración en productos y áreas del comercio internacional. Este es un tema que tenderá a captar cada vez más atención, ya que así como los más firmes partidarios del mercado reconocen que frente a monopolios y figuras de concentración interna debe haber una institucionalidad que regule, a nivel mundial este es un tema que no ha sido despejado.

Se trata de un asunto que va más allá de la importancia relativa que puedan tener en el comercio mundial grandes colosos como Monsanto, Cargill, Bunge, Basf, Bayer, PCS, ADM o Dupont. Este es un tema que ha generado fricciones al interior de organismos multinacionales, donde los productores agrícolas de países pobres han colocado en agenda los alcances que para ellos tienen las patentes sobre semillas, plantas y animales, así como los precios de agroquímicos y fertilizantes.

Como sea, y dejando ese debate de lado, lo cierto es que las industrias alimentarias están en pleno estado de ebullición en materia de innovación, acortando ciclos productivos, abaratando productos y creando alimentos más sanos y apetitosos.

Lo que ocurra, o deje de ocurrir en sus cocinas tiene una importancia crítica para una humanidad que enfrenta dilemas cuantitativos y cualitativos inéditos en materia alimentaria.



¿Zanahoria o garrote?
Una de las discusiones más acaloradas de los últimos años para combatir los efectos de la mala alimentación se ha dado en torno a si es recomendable establecer impuestos a la comida chatarra. Los expertos en salud son categóricos: los países que aplican medidas para regular la oferta de alimentos poco saludables, a la par del establecimiento de una política de educación sobre qué es comer sano, han bajado sus índices de mortalidad por enfermedades asociadas a la obesidad.

Para el representante de la Organización Panamerica de la Salud y de la OMS en Chile, doctor Rubén Torres, para prevenir una conducta obesogénica o para tratarla, se necesita una constelación de medidas que ataquen las causas, de carácter preventivo y legislativo. El primer frente es claro: enseñar a la población a consumir alimentos más sanos e incentivar la actividad física para terminar con el sedentarismo.

¿Cómo hacerlo? Ejemplos hay muchos. Una de las normas que varios países han adoptado es la prohibición de ofrecer, en los kioscos escolares o en los casinos, alimentos de riesgo. Otra medida que han implementado países como Dinamarca es gravar la publicidad de productos poco saludables o simplemente prohibirla, tal como se ha hecho con el tabaco.

Existe también otro grupo de países que ha elevado la tasa de impuestos a los alimentos que no responden a los parámetros sanitarios. Ejemplos nítidos son algunos estados de Estados Unidos, Finlandia, los países nórdicos, Australia y Canadá.

En Inglaterra, además de exigir información clara en el etiquetado, se aplica un impuesto especial de 17,5% al valor agregado de productos de confitería, helados, algunos snacks y la mayor parte de las bebidas. En los últimos años se ha discutido sobre la posibilidad de hacer extensivo este impuesto a una amplia gama de alimentos con alto contenido de grasas, azúcar y sal. Según los expertos, ello traería como resultado 3.200 muertes menos al año en esa nación, un 1,7%.

Austria y Dinamarca tienen normas que limitan a 2% las grasas trans en productos de consumo y se está discutiendo una propuesta para cargar con mayores impuestos los caramelos para bajar su consumo.

En Estados Unidos, un 20% de los estados ha votado a favor de la aplicación de un impuesto del 17% a las gaseosas y otras bebidas dulces. De aprobarse este impuesto anticalorías –comos se le ha denominado–, no sólo subirá el precio de estos productos, sino que además se impedirá su venta en colegios y centros educaciones.

Pero en esta materia no sólo hay castigos, sino que también premios o incentivos a la industria. ¿Cómo se ha hecho? Pactando con los productores estímulos monetarios si elaboran alimentos de categoría sana. No es algo raro, y de hecho en países como Finlandia y algunas zonas de Australia se aplica este modelo.



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Comentarios

1 Comentarios

Ernesto Badilla :

Publicado Lunes 31 de Mayo, 2010 - 11:42 hrs

Entiendo que uno deba cuidarse en cuanto a lo que come, pero es cierto que las empresas que se dedican al rubro alimenticio no ayudan en nada a facilitar el proceso. Cómo es posible que tengan que pasar años para que el Estado fortalezca las leyes que garanticen una comida más sana, sin todos los aditivos que son agregados, o el exceso de sal, o incluso la forma en que los animales son engordados con alimentos que no corresponden a lo que debería comer su especie.

 
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