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Alimentos: Escasez y exceso

Artículo correspondiente al número 276 (20 de mayo al 4 de junio de 2010

No. No siempre fue así. Los cambios que ha experimentado en los últimos años la "dimensión alimenticia" de la humanidad han sido tan violentos, que organismos internacionales, Estados y expertos se han puesto de cabeza a masticarlos, de modo de anticipar eventuales crisis que podrían terminar indigestando nuestra actual forma de vida.

Síntomas amenazantes hay de sobra. Luego de años de alentadoras reducciones, en la segunda mitad de la década pasada las personas con hambre en el planeta pasaron de 800 millones a más de 1.000 millones; es decir, un alza de 25% en el stock de gente afectada.

Y aunque esa sola información produce escalofríos, la piel termina de erizarse cuando se digiere el dato de que, en paralelo, la industria alimentaria ha implementado tantas innovaciones productivas (genéticas, tecnológicas, agroquímicas) que bien puede cubrir hasta el doble de las necesidades totales de la humanidad.

Pero la “dimensión hambre” es sólo uno de los ingredientes de este caldo. En torno a la disponibilidad de alimentos orbitan otros procesos que muchos ven con alarma. Sí, porque los trastornos climáticos, el explosivo uso de los biocombustibles, la especulación mercantil en los precios de trigo, maíz, soya y arroz y la invasión urbana de los terrenos cultivables podrían seguir multiplicando los precios de los alimentos en el mercado, lo que haría que millones de pobres libres de este mal cayeran al abismo de la extrema pobreza y la hambruna. Los efectos de aquello en términos de estallidos sociales y guerras los dejamos a su imaginación.

En una esfera menos apocalíptica, pero no por ello menos inquietante, los Estados y los sistemas de seguros de salud públicos y privados hace rato que están viendo con alarma casi pandémica lo que ocurre en materia de salud, cuando la obesidad, la diabetes, la hipertensión y el cáncer están más que presentes en el menú epidemiológico, provocando severos efectos fiscales y económicos. Todas ellas son enfermedades que tienen en su denominador algo en común: excesos alimenticios, dietas poco sanas y un estilo de vida cada vez más entrampado por el círculo vicioso del sedentarismo. Como nos ilustró el experto de la FAO Juan Carlos García Cebolla, se podría decir que la encrucijada alimenticia en que se encuentra gran parte de la humanidad se debate entre quienes están expuestos a morir de hambre a los 40 años y quienes lo harán de infarto, hipertensión o cáncer a los 50. Vaya dilema. Y vaya, porque en el ámbito político ya se barajan ingenios impositivos que aspiran paliar el asunto.

Y, por último, como guinda de este pastel se da la paradoja de que si bien la oferta que plantean las corporaciones productoras de alimentos es mayoritariamente sana, los seres vivos tienen un impulso atávico y genético que los lleva a acumular reservas de calorías y a encontrar más ricos los alimentos con mayor energía; cuestiones que, sumadas a la sedentaria forma de vida que estamos llevando, conforman una bomba de tiempo sanitaria difícil de desactivar.

Plato de entrada

Como el tema tiene varias capas, partamos por despejar lo más básico: de qué se habla cuando se alude a una crisis alimentaria mundial.

Para abordar esta dimensión acudimos al coordinador de la Iniciativa América Latina y Caribe Sin Hambre de la FAO, Juan Carlos García Cebolla, quien parte señalando que el encabezado de “crisis alimentaria” es per se impreciso. “Y es impreciso porque a una crisis de esa naturaleza se la asocia con que no hay suficientes alimentos en el mundo, cosa que no es así. Siendo cierto que algunos países tienen problemas de acceso y disponibilidad, la verdad es que a nivel global no hay escasez, ya que con la producción existente podríamos alimentar a todo el mundo adecuadamente”, apunta.

Luego, ¿por qué en los últimos años se pasó de 800 millones a 1.000 millones de personas que viven con hambre en la Tierra? La respuesta nuevamente es compleja: los precios de los alimentos han subido por múltiples factores, provocando que el poder adquisitivo de las personas cayera en términos relativos. Todo esto se vio agravado por la reciente crisis económica, que vino a empeorar los indicadores de pobreza y desempleo.

En este punto es bueno precisar que cuando los expertos de la FAO hablan de hambre, no lo hacen pensando en una sensación circunstancial de vacío estomacal. El hambre para ellos existe cuando no hay un acceso regular y suficiente a los alimentos; y también, cuando éstos no son los adecuados culturalmente a cada comunidad.

Dada esa definición, los expertos utilizan indicadores técnicos precisos, los que distinguen perfiles que van desde la desnutrición aguda (que supone un deterioro en la salud) a la desnutrición crónica (cuando existen efectos en el crecimiento y desarrollo) y a la desnutrición continuada (cuando la persona afectada no puede desarrollar todo su potencial físico y cognitivo).

Pero, ojo, no piense únicamente que esto ocurre en Africa o en naciones desintegradas como Haití. Hambre hay en todo el mundo. García Cebolla explica que en los países desarrollados el fenómeno existe, no tan asociado a cuadros de extrema pobreza, pero sí a otras problemáticas sociales como la marginalidad, la drogadicción y los trastornos mentales. En Estados Unidos, sin ir más lejos, el problema está tan vigente, que hace cosa de unos días el coloso Wal- Mart anunció que aportará 2.000 millones de dólares al combate del hambre en ese país.

En torno al fenómeno del hambre, García Cebolla informa que los expertos han hecho el ejercicio de proyectar tendencias hacia 2050, fecha en que podrían brotar con fuerza mayores problemas que los actuales; en particular, si no se aplican oportunamente los antídotos. El crecimiento poblacional, el mayor consumo por persona, el aumento en los costos de producción y la incidencia que pueden tener temas como el clima y el uso urbano de los terrenos cultivables son todas fuerzas que apuntan en una misma e inquietante dirección.

El tema es relevante, agrega, porque este tipo de problemáticas no se puede resolver a última hora ni su solución se debe entregar exclusivamente a las señales de precios de los mercados. Y no se puede, dice, porque las familias en extrema pobreza no son maleables al antojo del mercado. En simple, lo que nos quiso decir es que un campesino productor de choclos que pierde competitividad no deviene en experto en software de un año para otro porque en esta última actividad están pagando más. Touché.

Paradoja circular


El otro extremo del problema está dado por la, a estas alturas, impúdica epidemia de obesidad y enfermedades relacionadas. Y en esto no hay que caer en simplismos y pensar, por ejemplo, que ésta es una problemática de ricos. No, es un problema transversal socialmente.

García Cebolla lo expone de manera bastante gráfica: “la idea de que la obesidad es una enfermedad de ricos es bastante equivocada, porque podemos tener obesidad con pobreza. En realidad, biológicamente la obesidad y la desnutrición están muy relacionadas, ya que los mecanismos que durante 5 millones de años nos sirvieron para sobrevivir al hambre, en un escenario de disponibilidad más o menos fuerte de alimentos, han conformado un nuevo problema: ya no nos pasamos vagando por la sabana, ya no necesitamos comer hasta la saciedad para acumular reservas. Ahora tenemos autos que nos hacen caminar menos, tenemos alimentos ricos en energía baratos, tenemos refrigeradores y preservantes... Y, sin embargo, nos sigue movilizando el impulso natural a guardar reservas para hacer frente a una hipotética hambruna que nunca se produce”.

La doctora Raquel Burrows, directora adjunta del INTA, añade en este punto que hay determinantes genéticas que explican este círculo vicioso, ya que los alimentos ricos en calorías y grasas son los que más inhiben el centro de la saciedad. De alguna manera, se podría decir que la naturaleza se encargó de seleccionar como el más apto a un tipo de ser humano capaz de engordar en cuanto había posibilidad de comer.

Hoy el alimento está disponible, tenemos la inclinación natural por aquellos que contienen más energía y un sistema de vida que no favorece el consumo de esa energía, si no es de modo artificial y auto impuesto (yendo al gimnasio, por ejemplo).

Ese cóctel de ingredientes ha conformado una verdadera bomba sanitaria con enormes alcances económicos y sociales. Los Estados, los seguros públicos y privados de salud y hasta las empresas (que incluso ven que la obesidad puede hablar de la fuerza de voluntad de un candidato) están mirando con alarma este fenómeno. Entre otras cosas, porque ahora los síntomas no se manifiestan en etapas maduras del ciclo de vida, sino que en unas cada vez más precoces. La diabetes, los infartos, las crisis de hipertensión, etc. ocurren cada vez a más temprana edad y, por lo mismo, se transforman en cargas que hay que sobrellevar por más años, colocando sobre las sociedades crecientes mochilas económicas.

Inglaterra aplica un impuesto especial de 17,5% al valor agregado de productos de confitería, helados, algunos snacks y la mayor parte de las bebidas gaseosas. Otros países limitan las grasas trans.
La doctora Burrows dice que “estamos pagando el justo precio que hay que pagar por haber trasladado a un ser humano cazador recolector a un ambiente que no le pertenece. O sea, pagamos el costo de haber cambiado las condiciones ambientales a una velocidad mayor que a la que cambia nuestra biología”.

Pero si el sedentarismo no es bueno para la salud, tampoco lo es como respuesta al problema. Lo concreto y objetivo es que este desbalance está alcanzando contornos dramáticos y onerosos para la humanidad.

Con mayor o menor énfasis, los países se han estado haciendo cargo del problema. Normas de rotulación de alimentos, impuestos específicos, políticas educacionales, en fin, una batería de premios y castigos ya está en ejecución. Lo que se quiere evitar a cualquier precio es que las sociedades sigan desembolsando millonarias sumas para financiar costosas soluciones técnicas y clínicas a un mal que se puede evitar con una buena dieta y ejercicio.

Si no se da esa respuesta adecuada a esta problemática, vamos a terminar repletos de reglas, como en Finlandia, donde por ley en los colegios se deben cumplir 6 horas de ejercicio físico semanal y 3 horas de ejercicio en los lugares de trabajo, y en donde también por ley se ha llegado a regular lo que los supermercados pueden vender (ver recuadro ¿Zanahoria o garrote?)






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Comentarios

1 Comentarios

Ernesto Badilla :

Publicado Lunes 31 de Mayo, 2010 - 11:42 hrs

Entiendo que uno deba cuidarse en cuanto a lo que come, pero es cierto que las empresas que se dedican al rubro alimenticio no ayudan en nada a facilitar el proceso. Cómo es posible que tengan que pasar años para que el Estado fortalezca las leyes que garanticen una comida más sana, sin todos los aditivos que son agregados, o el exceso de sal, o incluso la forma en que los animales son engordados con alimentos que no corresponden a lo que debería comer su especie.

 
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