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Artículo correspondiente al número 251 (30 de abril al 14 de mayo de 2009)
“Soy una mosca blanca y estoy sola. Lo que pasa es que algunos cuidan lo que han obtenido y a veces tienen miedo de perder algo, entonces callan. Desde siempre he sido la que ha dicho las cosas por su nombre”. Una definición de primera fuente. Es Alicia Romo, fundadora y rectora de la Universidad Gabriela Mistral. Por Patricia Arancibia Clavel; foto, Elisa Bertelsen.
Siempre es grato encontrarse con alguien con personalidad y carácter, más aún si es mujer, apasionada por lo que hace y convencida de lo que dice. Como Alicia Romo Román, abogada, rectora y fundadora de la más antigua de las universidades privadas de Chile: la Universidad Gabriela Mistral.
Acompañada de un socio –como dice ella– que la ilumina y nunca la abandona, “el Espíritu Santo”, basta escucharla un par de minutos para advertir en ella una fuerza nada común, una suerte de rebeldía encauzada por la razón que la ha llevado a luchar –contra viento y marea– por mantener a su universidad libre de contaminaciones estatistas y de burocracias. Y ha tenido éxito.
Pionera en el rubro de las universidades privadas, Alicia Romo es una mujer valiente que no tiene temor a decir las cosas por su nombre en un área que conoce a fondo. No por nada lleva 28 años dirigiendo una universidad comprometida con la excelencia y que ha ganado su prestigio con tesón y esfuerzo. Se niega de plano a encubrir con morfina las enfermedades que, a su juicio, corroen al sistema educacional chileno y, por el contrario, embiste sin miramientos ni complejos contra el conformismo, la mediocridad y el pesimismo que hoy parecieran ser el precio a pagar para evitarse problemas desagradables con la competencia, las autoridades, los profesores y los alumnos, en ese orden.
-En la educación superior, la última iniciativa verdaderamente revolucionaria ocurrió hace casi 30 años, cuando se autorizó la fundación de universidades privadas. ¿Cómo te embarcaste en esta aventura?
-La apertura a la participación de los privados en materia educacional no se puede presentar como un hecho aislado, fue uno más de los elementos constitutivos de una sociedad libre que, en ese tiempo, comenzaban a transformar la vida de Chile. Con esa medida se hizo posible, por una parte, el acceso a la universidad, para estudiar lo deseado y no lo disponible, a numerosas personas que hasta entonces debían conformarse con estudiar cualquier cosa o salir fuera para poder hacer algo. Después, con el aumento en el número de universidades apareció una posibilidad para diversas capas de la población que jamás se hubieran atrevido a soñar en estudios superiores. Por otra parte, era a todas luces necesario contar con las ideas, energías y capitales que el sector privado podía aportar al sistema de educación superior para salir de la situación limitada y discriminatoria existente a diciembre de 1980. El acierto de esa medida visionaria no se discute hoy. La responsabilidad de la educación es de los padres, de la familia. Son ellos quienes tienen que educar a sus hijos y el Estado sólo debe facilitar y colaborar con esa misión. Eso de que el Estado regule, planifique, haga programas de estudio y que los imponga es una barbaridad que no tiene nombre, su deber es desarrollar y cumplir con una importante y valiosa acción subsidiaria.
-Pero, ¿cómo fue que te interesaste en crear una universidad?
-Como tantas situaciones de la vida, ocurrió en forma inesperada. Nunca pensé que me involucraría en la fundación y dirección de una universidad. Lo que sucedió fue que después de participar en la tarea de reconstrucción nacional y haber cumplido mi “servicio militar”, como se decía entonces, volví a mi profesión y no estaba contenta, porque tras haber hecho cosas importantes y poner en movimiento a mucha gente, para dar satisfacción a necesidades sociales y económicas muy diversas, volver exclusivamente a la profesión me parecía insuficiente. Mi espíritu esperaba un nuevo desafío que llegó así, por “gracia de Dios”…
-¿Cómo así?
-Soy una persona de profunda fe, católica ferviente y creo que Dios, a veces, nos pide que acometamos ciertas empresas, para la que nos prepara y a las que nos conduce por senderos insospechados. En esos momentos, la libertad humana se nos aparece en toda su magnitud, porque siempre se puede aceptar o rechazar la invitación. Y ocurrió que cuando estaba esperando, sin saber qué esperaba, una amiga, que ya no está, me habló de un proyecto universitario y me comprometí con ese desafío. Pero aquella iniciativa no prosperó y... bueno, yo seguí adelante y aquí estamos.
-¿Y cómo se hace una universidad?
-Como toda empresa. Lo primero es definir fines y medios. Hay que tener una idea clara del objetivo y articular un proyecto que nos acerque al fin propuesto. Después se busca el financiamiento, que verdaderamente se consigue cuando el proyecto es bueno. En nuestro caso, lo específico era el proyecto académico; y como la ley exigía que durante la primera etapa estas nuevas instituciones debían someterse al mecanismo llamado de “examinación”, escogimos a la Universidad de Chile y materializamos la relación a través de un convenio de cinco años de duración. Pronto nos dimos cuenta de que cualquier intento de hacer un proyecto propio para ser aprobado por ellos no iba a caminar, por lo que decidimos adoptar los programas oficiales que tenía la Chile y aplicarlos a la universidad. La Universidad de Chile no podía cuestionar sus propios programas y durante cinco años nos sometimos a una suerte de control a través de las comisiones examinadoras, que debían ser mixtas y paritarias. La experiencia de aquel tiempo fue muy positiva y grata. Los académicos de la Universidad de Chile y, luego los de la Universidad Católica, en los seis años siguientes, fueron siempre respetuosos y deferentes. Con ambas universidades aprendimos muchas cosas positivas, como una cultura de exigencia y rigor que hemos conservado y asegura la calidad de nuestro trabajo. Cumplido con éxito el tiempo de la “examinación” previsto en la ley, que fue de once años, alcanzamos la autonomía completa. Hoy, podemos decir con total propiedad que somos la primera y la más antigua universidad privada, que ha cumplido realmente 28 años de trabajo y nos interesa seguir siendo siempre eminentemente privada.
-¿Cómo son las relaciones con las universidades llamadas tradicionales?
-Han sido complejas, independiente de las personas. Con el rector de la Católica existe una relación de amistad y aprecio y, a veces, conversamos. Con el rector de la Chile nos conocemos, nos hemos encontrado algunas veces, pero hablamos poco, porque él es parco. Con las demás mantenemos un diálogo esporádico, bastante pobre, ya que la única instancia que tenemos todas las universidades para encontrarnos es la reunión anual de Universia, donde hay que acercarse y presentarse. De verdad, nadie se conoce realmente, ni se generan lazos de confianza. Por eso digo que nos comportamos como niños tímidos, cuando podríamos intercambiar experiencias y a lo mejor planificar cosas en conjunto. Yo diría que algunas universidades no han descubierto cuán sana es la competencia, en circunstancias que no hay mejor estímulo para hacer las cosas bien, buscando todos los días cómo superarse. Se niegan a sí mismas la posibilidad de comunicarse, pudiendo dar y recibir tanto. Todo esto, tal vez, es el resabio de una cultura corporativa que aún no se modifica.
-¿Y con las universidades privadas?
-Mantenemos una buena relación con todas. De hecho, durante años nos reunimos mensualmente, en nuestra casa, para estudiar los problemas de interés común, como el financiamiento y la acreditación. Nos conocimos y logramos consensos, pero no tuvimos éxito porque nuestras recomendaciones no tuvieron eco. Los políticos, de todos los bandos, nos escucharon, pero las leyes salieron de manera política, sin tener en cuenta los requerimientos técnicos adecuados.