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Artículo correspondiente al número 212 (07 al 20 de sept 2007)
-¿Cree que haya espacio para iniciar también una discusión sobre el cambio de modelo político?
-Esa es una discusión mayor y difícil, porque no es absolutamente racional. Hay un componente traumático, casi psiquiátrico, porque hay una especie de refl ejo condicionado en una parte poco ilustrada del mundo político, donde el régimen parlamentario es percibido como un sinónimo de la guerra civil de 1891. Huele a inestabilidad, ineficacia y cosas de ese tipo, lo que es un absurdo. Yo tengo una opción preferente por el parlamentarismo, pero como creo que eso es bastante inviable, me la jugaría por un régimen semipresidencial.
-¿Qué cosas cambiarían si tuviéramos un régimen semipresidencial?
-Modificar el régimen es redistribuir el poder y supone introducir mecanismos inéditos de ejercicio de la responsabilidad política. En un régimen semipresidencial los gobiernos pueden caer, lo mismo que en los regímenes parlamentarios, pero no cae el presidente. Se produciría un mayor dinamismo de la vida política. Por ejemplo, en el climax de la crisis del Transantiago habría caído todo el gabinete, porque el sistema le entrega un cierto nivel de protagonismo racional a la oposición y le hace bien a la democracia que ese tipo de cosas ocurran, sin pasar por grandes crisis. Que caiga un gobierno en un régimen semipresidencial no es una crisis mayúscula. Eso está dentro de la lógica. En un régimen presidencial eso no puede ocurrir y no se pueden ejercer responsabilidades, sino a través de procedimientos gravísimos y muy grandilocuentes, como las acusaciones constitucionales.
-¿No le falta calidad al Congreso chileno para tener mayor poder?
-Si hablamos de calidad en los parlamentarios, yo respondería razonando comparadamente. El Congreso chileno, en sus dos cámaras, con sus díscolos incluidos, es un lujo al lado de los congresos latinoamericanos. Ahora bien, el problema de la calidad está muy sujeto también al tipo del régimen y a la calidad de las personas. Esta última está fuertemente predeterminada por la calidad de las instituciones, en este caso, por la del Congreso. Y como éste es débil y sus congresales no brillan por méritos propios, se lucen a través de la farándula, la lógica del espectáculo, el show político que no lleva a ninguna parte.
-¿Cree que la percepción de la gente respecto de la calidad de sus parlamentarios puede mejorar con mayor protagonismo?
-Sí, pero nunca completamente. Aquí hay un problema también mundial. No pensemos que modificando el régimen vamos a solucionar todos los problemas de nuestros políticos.
-El documento de Expansiva se titula “Somos más, queremos más y podemos más”. ¿Podemos pero no nos atrevemos a más?
-No nos atrevemos a más porque, de alguna manera, a la Concertación le ha costado asumir que este es el primer gobierno de funcionamiento plenamente normal en democracia, que no se tiene que hacer cargo de la transición, porque ésta se extinguió. Por eso, de haber un quinto gobierno de la coalición, éste tendrá que ser literalmente un nuevo gobierno, con nuevas coordenadas y con nuevos problemas. Es más, la Concertación va a tener que entender que sus propias reformas han producido beneficios, pero también problemas, y eso también exige un trabajo programático de otro tipo.
-¿Cree que la Concertación es capaz de reinventarse?
-Estoy totalmente convencido de que sí. Por dos razones. Primero, por defecto, porque la Alianza no será capaz de transitar de una coalición meramente electoral a una de gobierno. Pero hay una razón que forma parte de la propia Concertación: hay gente de la elite que no está presente plenamente en este gobierno y que está reactualizándose en los centros de estudio con frutos que se van a ver en un par de años. No es razonable que personas como Ricardo Solari o Enrique Correa y tantos otros se vayan de la política a los 50 años. Esa gente no está mirando al techo.
O Ricardo Lagos o José Miguel Insulza. Un duelo que según Joignant puede esperar.
-¿Está en un dilema presidencial el socialismo?
-No, porque ninguno de los dos candidatos ha tomado una decisión. Es un lujo que un partido tenga que optar entre dos monstruos como Insulza y Lagos. Y no es razonable tener que optar hoy por uno de los dos cuando ninguno de ellos se ha definido. Tampoco es racional casarse con uno en contra del otro. Habrá que esperar. Además, no es tiempo de definiciones.
-¿Quién asegura mejor el éxito de la Concertación?
-Todo depende del estado en el cual se encuentre la coalición inmediatamente terminadas las elecciones municipales. Todo depende de si José Miguel Insulza logra constituirse en un actor socialmente popular. De Ricardo Lagos, no tengo ninguna duda que cuando empiece a intervenir en la agenda pública su curva de popularidad se va a elevar a niveles estratosféricos. El problema no se le plantea a Lagos desde ese punto de vista. Es Insulza el que tiene una dificultad que resolver.
-El dilema presidencial se extiende a la DC, que no parece estar dispuesta a un tercer presidente socialista.
-Ese es un factor que uno no puede soslayar, pero al mismo tiempo la DC tiene un problema interno. Soledad Alvear, que es la mejor posicionada, no tiene a todo su partido detrás. No tiene a Adolfo Zaldívar, ni a Marcelo Trivelli, ni a Eduardo Frei. Pero, al mismo tiempo, la DC no puede exigir en esto. Las decisiones de elites están lo suficientemente damnificadas como para seguir en esa senda.
-Pero las encuestas también.
-Sí, las encuestas también. Tendría que producirse un desequilibrio muy, muy considerable en favor de Soledad Alvear para que el mundo PS-PPD decline sus candidaturas. Pero también reconozcamos que algún día habrá que incursionar en lo que Francia hizo hace ya mucho tiempo: competencia en primera vuelta, con voto de preferencia primero y útil en segunda.
-Y eso puede ser un punto de quiebre para la Concertación.
-Es peligroso porque no tenemos cultura y lo nuevo produce temor.