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Artículo correspondiente al número 229 (30 de mayo al 12 de junio de 2008)
El plan que busca limpiar la atmósfera de la capital será reformulado en junio. Vienen revisiones técnicas más exigentes, compensaciones y renovación tecnológica. Hay dudas sobre el financiamiento y habrá debate. La polémica llega con la nueva norma para el MP2.5, que ya tiene enfrentados a los industriales y las autoridades ambientales. Por Elena Martínez C.
Curiosa historia la del Plan de Prevención y Descontaminación del Aire de Santiago, PPDA. Elaborado para atacar frontalmente las partículas iguales o inferiores a 10 micras, o MP10, y con una norma que permite dictar alertas o preemergencias sólo según las concentraciones de este tóxico, a casi dos décadas de fijar ese objetivo la tarea se mantiene inconclusa.
Más de 40 mil toneladas de material particulado siguen presentes en las calles de la capital, según los inventarios oficiales. Ha habido bajas, pero se continúa superando la norma diaria y anual, en un 20% y un 30%, respectivamente.
Hoy, el mayor logro está en el llamado MP2.5, la fracción más fina de las partículas presentes en el aire y que evidencia una baja sustantiva entre 1990 y el año pasado: un 58%.
La paradoja es que este éxito, destacado entusiastamente por las autoridades ambientales, habría llegado casi de coletazo, en medio de los esfuerzos para conseguir reducir las partículas de 10 micrones (de un diámetro igual a la milésima parte de un milímetro).
Y estas últimas, pese a ser la base del plan de descontaminación y sus sucesivos perfeccionamientos, son las que encienden el debate. “Es sólo polvo”, nos dijo un entrevistado. “Si fuera polvo, no estaría en los planes de descontaminación”, refutó otro. Clara demostración de las miradas diametralmente distintas que se enfocan al asunto.
¿Qué hay detrás? Para algunos, dejar en último término al MP10 busca echar tierra sobre medidas ineficaces y programas no llevados a cabo, en una responsabilidad clara del Estado que no ha pavimentado calles ni creado las áreas verdes prometidas hace años. Para otros, es sólo la consecuencia lógica de las evidencias científicas que demuestran que el MP2.5 es más peligroso para la salud de las personas y por eso ahí es que hay que concentrarse, y olvidarse de todo lo anterior.
Alejandro Smythe, director de la Comisión Nacional del Medio Ambiente Metropolitana, Conama RM, plantea que la mayoría de las medidas se hizo cargo naturalmente de las partículas más finas, pero que “nunca se discutió que donde se debían focalizar los esfuerzos era en el 2.5”.
Enfrentado a la consulta de cómo se entiende que el material regulado tenga déficit en relación a otro sin norma, su respuesta es que más del 40% del material particulado o MP10 es polvo; por lo tanto, es más difícil de atacar. Y aun pavimentando, lavando calles o arborizando, el rendimiento no sería igual de eficiente que cuando la acción se concentra en los procesos de combustión.
Además, si bien reconoce que el material particulado de las calles es tóxico, recalca que “no mata a nadie”.
Ante este escenario que parece tan técnico, emerge la que será, sin duda, la próxima gran polémica ambiental 2008. Porque el protagonismo que está teniendo el MP2.5 se traducirá en una norma que el gobierno proyecta impulsar.
El tema no es irrelevante. Supone dictar exigencias nuevas a los responsables de las emisiones en la capital. Entre ellos, los industriales, quienes ya han levantado su voz de protesta porque argumentan que son los únicos que en todos estos años cumplieron las metas de reducción y ahora deberán asumir costos adicionales en una coyuntura económica difícil.
En términos simples: si se dicta y aplica la mencionada regulación, las fuentes fijas tendrán que comprar tecnologías que les permitan captar el MP2.5, incluso en la fase de gas antes de transformarse en material particulado. Aquí se está hablando de equipos de vanguardia, de varios millones de dólares y que, según las consultoras, superan con creces las inversiones hechas para acatar las disposiciones del MP10, que se tradujeron en compra de convertidores electroestáticos o filtros de manga, entre otros implementos.