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Artículo correspondiente al número 219 (2007-12-14 al 2007-12-27)
La joven narrativa chilena escrita por mujeres se pone pantalones largos. Una nueva generación de autoras comienza a dar señas de identidad con una contundente oleada de novelas, cuya rompiente se ubica lejos del feminismo y de las posturas de género. Sepa quiénes son y qué piensan. Por Marcelo Soto.
Probablemente el hecho más importante de la literatura chilena reciente sea la muerte de Roberto Bolaño hace cuatro años. El efecto de su irrupción y temprana despedida aún se siente como un big bang. Las réplicas prácticamente arrasaron con los restos de la nueva narrativa local –aquella notable generación que publicó con éxito en los 90–, dejando un vacío que hasta ahora nadie ha podido llenar.

Un poco ajenas al terremoto que provocó el autor de Los detectives salvajes, un grupo de autoras, todas nacidas alrededor de 1970, ha comenzado a despegar.
Sin énfasis en las cuestiones de género, que marcaron a las escritoras de décadas pasadas, ellas optan por desligarse de toda referencia al feminismo y apuestan por las posibilidades del relato, con una preocupación esencial por el lenguaje como signo de individualidad.
Más que la escritura sobre la escritura, interés que puede observarse en narradores jóvenes como Alejandro Zambra, Alvaro Bisama o Matías Celedón, a ellas las mueve escribir para descubrirse, para develar las zonas ocultas, no dichas y a veces ni siquiera imaginadas.
Novelas como Fruta podrida, de Lina Meruane o Av. 10 de julio Huamachuco, de Nona Fernández, hablan de la vitalidad de una generación de escritoras que no ha gozado de toda la atención que merece. Hay que seguirles la pista, porque tienen mucho que decir y lo dicen en sus propios términos, sin esperar a que les ofrezcan la palabra.
Perdidos en la traducción
La escena es potente: dos desconocidos se encuentran en un aeropuerto y se dan un beso. “No un beso cualquiera. Un beso en la sala de espera. Un segundo beso en la puerta de embarque de un vuelo de conexión. Me besó sin entender bien lo que decía ni las preguntas que intentaba hilar en su idioma. Beso efi caz. Beso de labios juntos, tiernos y tibios”.
Así comienza Geografía de la lengua, la segunda novela de Andrea Jeftanovic. La historia de un romance sin gramática ni folclor, sin familia ni amigos. Dos amantes solitarios, que no hablan el mismo idioma, acechados por la muerte –la historia comienza el 11 de septiembre de 2001–, un poco en el tono de los filmes de Kieslowski sumado al erotismo de Anais Nin. Jeftanovic nació en 1970 y es doctora en literatura por la Universidad de Berkeley.
-¿Como surgió tu novela Geografía de la lengua?
-Quise trabajar el cuerpo como un campo de batalla. Es el cuerpo de los viajeros que se desplaza, el cuerpo enfermo que se deteriora. También quise trabajar la relación de pareja, dos personas que se encuentran y se dedican a satisfacer lo que ese otro provoca, que es deseo, claro, pero también miedo, sospecha, jerarquía, dominación, intimidad, complicidad. Me resulta apropiada la polisemia del término “lengua” como campo lingüístico y cultural (el idioma), y como un órgano físico que sirve para la comunicación verbal y erótica.
-¿De qué manera te planteas frente al tema de género?
-Escribo por el asombro que me causa el lenguaje, me cautiva la fuerza que puede tener la composición de una frase. No tengo una “agenda” literaria. Como ciudadana tengo posturas muy claras pero cuando escribo olvido esas posturas para crear libremente.
-¿Quiénes son tus referentes entre los autores chilenos contemporáneos?
-Manuel Rojas, María Luisa Bombal, Carlos Droguett, José Donoso, Diamela Eltit… Roberto Bolaño no es un referente porque lo leí hace muy poco. Es interesante y sólido su proyecto. Lo que más me gustó de su obra fue Los detectives salvajes, pero no es un autor que me conmueva, que me alimente.
Huérfanos de Brooklyn
“Donoso es mi escritor latinoamericano favorito”, dice María José Viera-Gallo, autora de Verano robado, una de las sorpresas literarias del último tiempo. El libro, sobre jóvenes solitarios en un Santiago medio provinciano y asfi xiante, se convirtió en objeto de culto: “Se armó una red de lectores en internet fanáticos del libro”, cuenta la periodista radicada en Nueva York.
Veria-Gallo busca la honestidad de los personajes, antes que el artifi cio de la literatura. Dice: “Creo que faltan primeras novelas que identifiquen una generación tal como ocurre con algunos discos o películas. La literatura chilena más que críticos especializados, necesita fans”.
-¿En qué etapa se encuentra tu segunda novela?
-Hablar de un libro que no has terminado de escribir es como comentar una película por su sinopsis… Está ambientada en Williamsburg, Brooklyn y su protagonista tiene 30 años. Es la historia de los loops mentales y emocionales que se sienten cuando has perdido alguien importante en tu vida, en este caso una ruptura amorosa y el camino que lleva, como diría Proust, a curarte. La novela entera es como un largo jet lag existencial. El contexto es el barrio donde vivo, un micromundo cerrado de latinos, hipsters, artistas y rockeros visto desde la perspectiva de una inmigrante chilena desarraigada. Sin darme cuenta la empecé a contar al revés, y supongo que esa será su estructura: desde el final al inicio, o de atrás para adelante, que es como funciona la memoria.
Yo siempre parto de lo mismo: una sensación de algo… y luego avanzo hasta descubrir de dónde viene esa sensación sin saber el curso de la historia.
-¿Cómo nació tu vocación literaria?
-Escribo los cuentos o novelas que me gustaría leer. Supongo que si me sentara en el sillón de un psiquiatra descubriría el porqué real, ese que más duele confesar, pero creo que al haber tenido una infancia partida en dos, con dos hemisferios en la cabeza, el norte y el sur, escribir me permitía conectar lo que estaba desconectado. Hay un libro que leí cuando niña que fue una especie de epifanía para mí, El viejo y el mar de Hemingway. Descubrí que podías contar una historia tan simple y mínima como la de un viejo que se va de pesca. ¡Todo podía ser literatura!
-¿Qué libros te gustan o te gustaría escribir?
-Los libros que me iluminan, no los que necesariamente admiro literariamente. Iluminar para mí es que me revele algo de mi sensibilidad que de otra forma no hubiera descubierto. En la literatura japonesa, existe un término antiguo intraducible llamado “aware” que habla de la emoción que transmiten las cosas que son transitorias. La nostalgia que produce todo lo que está destinado a desaparecer, desde una nube al pasar a una conversación con un amigo que nunca más volviste a ver.
Mejor hablar de ciertas cosas
Lina Meruane ha dado un salto cualitativo con su última novela, Fruta podrida. Todo lo que en sus anteriores libros era promesa, con este relato se convierte en evidencia. Aquí hay talento y riesgo, tanto así que el prominente crítico peruano Julio Ortega ha dicho: “Una espléndida novela, que hace avanzar a la narrativa chilena nueva hacia un punto de no retorno”