Bienvenido, te encuentras en Inicio arrow Reportajes y Entrevistasarrow Adiós a las niñas

Herramientas

Imprimir este artículo

Comentar esta nota

Enviar a un amigo

Suscribir Sección vía RSS

Compartir Link Facebook Link Twitter

Califica este artículo


0 Votaciones

Otros artículos de la sección:

Reportajes y Entrevistas
Adiós a las niñas

Artículo correspondiente al número 219 (2007-12-14 al 2007-12-27)



Nacida en 1970, Meruane vive hoy en Nueva York, donde cursa un doctorado en literatura hispanoamericana en la NYU. Fruta podrida, que ganó el Premio a la Mejor Novela Inédita en 2006 del Consejo Nacional, tiene una prosa precisa, que sin embargo va retorciéndose y ganando espesor como un fango. Es un viaje al corazón oscuro de la provincia y de la enfermedad, ese lugar sin contornos del que hablaba Donoso.

 

 

-La pregunta es arquetípica pero inevitable: ¿por qué escribes?

-Quizá empecé a escribir –no tengo ninguna certeza– porque mi infancia estuvo llena de sobresaltos. O quizá fue porque cuando regresé a Chile, a los 7 años, se me había olvidado el castellano y pasaba los recreos sumergida en unos libros que me gustaban tanto que los copiaba a mano. O porque en ese ejercicio de trascripción que luego fue el de mi propia escritura iba encontrando la libertad para dar curso a lo que, más tarde, por otros motivos, seguía sin poder verbalizar. Mi relación con la literatura está marcada, sospecho, por el hecho de no poder comunicar una serie de experiencias que ahora comprendo eran muy complicadas. Escribir ha sido un modo de convivir con eso y de reflexionar sobre asuntos que me perturban.
 

 

 

-Entre los escritores de tu edad la figura de Bolaño es insoslayable, sin embargo tú pareces más cercana a Diamela Eltit, ¿estás de acuerdo?

-La idea de que las referencias literarias de los escritores chilenos puedan ser sólo dos y que una tenga que elegir entre ellos –como si se tratara de dos sectas totalitarias– es absurda. Es extremadamente limitado, nocivo, y además literariamente falso. La literatura no se construye desde oposiciones radicales e insalvables, sino en la pluralidad de los discursos, las intersecciones, las contaminaciones de todo tipo.


-¿Compartes miradas o mundos con Andrea Jeftanovic, Nona Fernández o Alejandra Costamagna?

 


-Hay una situación curiosa y es que un número importante de escritoras y de escritores nacimos en 1970, algunos un año antes o después. Y ese período no es uno cualquiera: muy chicos nos cayó el golpe encima. Sin embargo ese hecho que podría servir de referente generacional nos golpea a todos de diferente manera, nos toca en distintos lugares, y al leer los libros lo que encontramos son escrituras muy diversas, miradas particulares. Tengo un enorme aprecio por las tres escritoras que mencionas, y me interesa mucho su trabajo, pero creo importante aclarar que mis afinidades literarias no están determinadas por cuestiones de género.

 

 

 

 

La aldea global

 

Quizá la mayor virtud de Av. 10 de julio Huamachuco, la nueva novela de Nona Fernández, sea el rescate de un barrio: aquel ruidoso, agobiante y caótico sector santiaguino donde se venden repuestos de autos, la mayoría copias, no originales, metáfora perfecta de un país tercermundista vestido de moderno.

 

Fernández, nacida en Santiago en 1971, ganó el Premio Municipal de Literatura en 2003, con su primera novela Mapocho, y tiene una destacada carrera como guionista, entre cuyos logros figuran las series Alguien te mira y Los treinta, de TVN.

 

 

-¿Cuál fue el punto de partida de tu nueva novela?

-Av. 10 de Julio parte como una mezcla de sensaciones incómodas. El ruido de las constantes construcciones del barrio, el calor de un taco, las horas perdidas en la cola del banco, las llamadas telefónicas ofreciendo créditos, paquetes de viaje, servicios de TV cable, seguros de vida. La carrera eterna al trabajo, al colegio, a la casa, al supermercado, al centro de pago, a la reunión de turno. El sabor de la comida congelada. La falta de tiempo, la falta de sueño, la falta de energía. La sensación general de habitar en una especie de trampa.

A eso se suma un recorte de diario viejo del año 1985. Un recorte con la fotografía de un grupo de adolescentes en la toma de un liceo. Una especie de aparición fantasmal que llega desde el pasado a cuestionar, a preguntar en qué nos hemos transformado 20 años después. Y luego la sabrosa imagen de 10 de Julio Huamachuco, una larga calle llena de repuestos. Y con ella la inquietante metáfora de haberse convertido en un repuesto más. La secreta y triste certeza de haber perdido definitivamente la pieza original que alguna vez fuimos. De este collage de imágenes, sensaciones, rabias, nostalgias y otras hierbas, nace Av. 10 de Julio Huamachuco.

 

 

-¿Cómo nació tu vocación literaria?

-Hay un goce total en el acto de la escritura. Sumergirse en ella es entrar en un terreno misterioso, enigmático. Personalmente me gusta perderme en ese territorio, porque sólo perdiéndome en él logro encontrarme un poco. Escribir es habitar esa especie de dimensión paralela, ese reflejo o sueño, donde otras cosas son posibles y donde las piezas sí pueden calzar. Creo que la realidad está incompleta, y es ahí en ese lugar que es la escritura, donde puede llegar a completarse. A lo mejor escribo para eso, para completar las cosas, para buscar las piezas originales que se han perdido, para no ceder a la tentación de conformarme con un repuesto.

 

 

-¿De qué forma divides el trabajo literario y el televisivo?

-No es fácil dividir el trabajo entre la literatura y los guiones. Básicamente por un tema de tiempo y de remuneración. Por escribir guiones me pagan, por escribir novelas no, entonces los guiones financian mi trabajo literario, pero también me restan tiempo y energía de escritura. Trato de tomarme tiempos sabáticos para poder concentrarme en lo literario y también trato de elegir proyectos de guión que me permitan establecer algún tipo de diálogo con la instancia literaria. Ahora estamos trabajando para TVN un guión con la historia de una niña perdida. Eso indudablemente dialoga con Av. 10 de Julio Huamachuco y hace el trabajo más rico y estimulante.

 

 

 

Vida como hijo

 

Es curioso, pero una de las más lúcidas reflexiones sobre la paternidad que ha entregado la narrativa local reciente no vino de alguien que la haya experimentado. Alejandra Costamagna plantea en Dile que no estoy, finalista del Premio Planeta Casa América, la imposibilidad de ser hijo sin un padre, por más ausente que sea.

Esta prolífica autora, nacida en 1970, alcanza una voz propia en esta, su cuarta novela, cuyo tono le debe algo al sombrío dramatismo de Sonata otoñal, de Bergman: “Unas de las claves del libro vino de esa película, sobre todo de la escena donde la madre humilla a la hija, luego de su interpretación de un preludio de Chopin. Y le dice que su problema es que confunde el sentimiento con el sentimentalismo. Al protagonista de la novela le pasa lo mismo: le gusta Chopin, pero también Leonardo Favio”.

 

 

-El tema de la paternidad cruza tu novela Dile que no estoy. ¿Por qué decidiste escribir sobre un asunto aparentemente masculino?

-Sobre el tema de la literatura de género no me planteo mucho, la verdad. Hablar de escritura de mujeres lo encuentro un poco reduccionista. Me gustan autores o autoras independientemente de que sean hombres o mujeres. Escribir sobre la paternidad es como escribir sobre la memoria, sobre las pérdidas, sobre los deseos, sobre la torpeza o sobre los fracasos. Es un tema más. Importantísimo, fundamental, prioritario: pero un tema más. Me refiero a que es un tema que a la larga nos toca a todos. Todos somos hijos de alguien. Aunque no todos seamos padres.

 

 

-¿Crees que la figura de Bolaño ha ensombrecido a otros nombres que merecerían mayor atención?

-No creo que Bolaño haya ensombrecido nombres. Y si los ensombreció lo hizo de manera tan brillante que los pobres nunca más brillaron. En realidad me parece que fue al revés: Bolaño iluminó a muchísimos autores. Incluso cuando se peleaba con alguien lo estaba iluminando, porque estaba diciendo: “Hey, con éste hay que pelearse, a éste hay que atender”.

 

 

-¿Se puede hablar de una nueva generación de escritoras chilenas, nacidas a principios de los 70?

-No sé si se puede o no establecer una generación de escritoras ni de escritores cercanos a los 40. Por una parte pienso que es muy temprano para decirlo, y por la otra creo que esas categorías deben venir (si es que vienen) desde afuera. Me llama la atención, en todo caso, que se intente buscar conexiones entre las escritoras de tal edad y que nadie, en cambio, pretenda hacer lo mismo con los escritores de la misma edad. Nadie le pregunta a Patricio Jara, por ejemplo, si cree que tiene algo en común con Gumucio, con Zambra o con Torche, por poner un ejemplo. Hay una cosa medio encasilladora ahí, me parece. En todo caso, Bioy Casares decía que la teoría quedaba para los profesores y los críticos. Y que los escritores se conformaban con la práctica y punto.

 

 



Comenta este artículo

Nombre
:
Email
:
URL
:
  (Opcional)
Código Verificación Capital.cl

Comentarios

0 Comentarios

 
IAB ChileCertifica.com