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Reportajes y Entrevistas
Abogado, Legalista y Director

Artículo correspondiente al número 200 (23 de mar al 05 de abr 2007)

Tras haber cumplido un año a la cabeza del Servicio de Impuestos Internos, su desempeño motiva amplios reconocimientos en el sector privado. Pero también motiva una cierta intranquilidad entre los funcionarios. Más de algo está cambiando dentro del servicio.
Por Paula Costa Ross

Cambió las cómodas, elegantes y prestigiosas oficinas de uno de los estudios de abogados más importantes del país por el sector público. Dejó la adrenalina de las grandes operaciones entre privados por la responsabilidad de velar por la recaudación de impuestos en Chile. Estuvo dispuesto a cambiar sus envidiables ingresos como socio en Carey y Cía por un austero sueldo de empleado fiscal. Pasó de alegar contra las injusticias tributarias a defender la normativa oficial. Y en lo que dicen ha sido uno de los peores cambios para él, cambió el cuello de la camisa abierto por la corbata.

Ricardo Escobar Calderón, casado, dos hijos, 44 años, ya cumple su primer año a cargo del Servicio de Impuestos Internos (SII). Y todo lo anterior, dicen, lo hizo por una enorme vocación de servicio público. “Cuando se trata del bien del país uno no puede pensar en pesos más o pesos menos”, le habría señalado Escobar a un ex colaborador suyo al momento de explicar su decisión de tomar el desafío. De hecho, hay quienes esperan que terminado el gobierno de Bachelet, Escobar pueda retomar su lugar en Carey y Cía. De todos modos, supimos que él estuvo a punto de tomar este cargo unos años atrás: “Zafó cuando fue nombrado Juan Toro, pero esta vez no pudo zafar”, cuenta un cercano.

Pero, ¿quién es Ricardo Escobar? Lo primero –hay que decirlo, porque todos los entrevistados lo destacaron– es que se trata de un hombre brillante, de inteligencia superior y gran capacidad técnica. Lúcido en las percepción de los problemas, hábil en la forma de manejarlos.

Un abogado próximo a él tiene su propia teoría: sobrino del ex presidente Ricardo Lagos, ambos son descendientes de Humberto Escobar, hombre habiloso cuyos genes sobreviven en estos Ricardos, entre otros miembros de la familia.

-Yo nunca vi a Ricardo que no dejara a la gente con la boca abierta -dice una abogada que trabajó con él por muchos años.

Como tributarista, dicen, tiene una singularidad no muy frecuente en el mundo de las leyes: piensa como un hombre de negocios. Siempre se caracterizó por entender qué lógica tenían, cómo interactuaban los intereses de las partes involucradas y qué es lo que los clientes buscaban. Nada de ir detrás del cliente tapando hoyos, no. Escobar iba a su lado, ideando con él nuevas formas de hacer las cosas. De gran capacidad analítica, quienes han trabajado con él destacan su “virtud para despejar la paja del trigo y ver cuál es el problema, hacer un diagnóstico correcto de las dificultades que tiene con la sofisticación del caso y llegar a las conclusiones correctas”.

No es extraño que con ese talento haya demorado solo dos años en convertirse en socio de Carey y Cía., estudio al que se incorporó a fines de 1996.

Quienes trabajaron a su alrededor lo consideran un planificador de matriz conservadora. Nunca subestimó el poder de la fiscalización del servicio que ahora dirige y su máxima era que todo debía poder explicarse por sí mismo. Como quien dice, “sin ponerse rojo”. De hecho, colaboradores suyos aseguran haberlo visto varias veces contrariar estrategias de sus clientes que le parecían agresivas o temerarias. Nunca se prestó para objetivos en los que no estuviera plena y resueltamente convencido. Si no, prefería declinar los casos y recomendar la búsqueda de los servicios de otro abogado. Curiosamente, por eso mismo, dicen, Escobar nunca perdió un cliente por esa razón.

Buen articulador de equipos, de carácter más bien alegre, buen bailarín, entusiasta y relajado, sus amigos y colegas lo definen como un gozador de la vida. Defiende la suya y su esfera de intimidad con celo. Es de los que cree que no hay razones válidas para extender sistemáticamente los horarios de trabajo más allá de las siete y media y jamás los fines de semana. Bueno para los asados, para el golf y el tenis, algunos hablan de su faceta de “muy picado” cuando pierde: cuando las cosas no salen como quiere se puede ver desde una raqueta azotando el suelo hasta un palo de golf volando por los aires.
Le gustan los viajes y este ha sido uno de los placeres de su vida. Sin embargo, según sus más próximos, ya es tanto lo que viaja que ahora ni él mismo sabe distinguir cuánto hay de compromiso en lo que hace y cuánto de goce químicamente puro. Por supuesto: una cosa es recorrer el mundo por placer y otra es cruzar medio planeta por un par de noches en Oriente. Pero cuando aún le gustaba despegar, por ahí por 1992, creó al amparo del área de impuestos de Langton Clarke (que en esa época era Coopers & Lybrand) la de negocios internacionales. Aprovechando la red internacional de la empresa, salió en búsqueda de socios para sus clientes. Si bien le fue mal y a los dos años le pidieron que mejor volviera a trabajar en impuestos, terminó con lo que para él era un saldo a favor: recorrió prácticamente todo el mundo.

Otro desafío que tomó en sus manos fue en 1994, pero esta vez con gran éxito. Contratado por el Ministerio de Obras Públicas, fue Escobar quien junto a Juan Miguel Barahona construyó desde cero todo el sistema legal y tributario que permitieron las primeras licitaciones de obras públicas en Chile.



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