Revista Capital

Lecciones de vida: “Soy un buen pobre”

Por María José López
Foto: Verónica Ortíz

“No solamente fui compañero de curso, sino que también fui muy amigo del Guatón (Rodrigo) Lira (poeta chileno que murió en 1981). Éramos muy mal comportados o revoltosos. Y recuerdo una oportunidad en que jugábamos a prender un papel y lo íbamos pasando uno a otro, hasta que el último tenía que hacer algo para no quemarse. Y se lo pasé yo a Lira. Él se quemó, lo tiró al basurero y el tacho se empezó a incendiar. Nos agarraron a los dos y nos suspendieron por tres días del colegio (Verbo Divino). Lo que más recuerdo de Rodrigo Lira es que compartíamos su amor y su pasión por la poesía y la literatura. Nos encantaba leer poesía. Fue todo un mundo el que yo descubrí en esa época, y tengo los mejores recuerdos.

En el colegio fui un alumno revoltoso y un poco desordenado. No existían los diagnósticos de dislexia, de niño hiperactivo, hiperquinéctico, y no existía el Ritalin. El único remedio era una patada en el traste, y a otra cosa mariposa. Llegó un momento en que decidí ser buen alumno. En esa época existían las preparatorias y las humanidades, que eran seis y seis años. Los últimos cuatro años de humanidades eran válidos para la universidad. Fue ahí cuando hice un click total y pasé a ser un muy buen alumno.
Nunca fui bueno para los combos. Pero cuando tenía que defenderme, me defendía como gato de espaldas. Al igual que ahora, en ese tiempo también existía el concepto de achorado y perno, solo que con otros nombres. Uno siempre tiene un poco de las dos cosas, pero si tengo que elegir, era más achorado que perno.

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Nuestro padre nos motivaba y nos entusiasmaba mucho a hacer lo que quisiéramos, pero a hacerlo bien. Era parte de la filosofía de la educación que recibí. Él era de la Falange, de la Democracia Cristiana, invitaba los sábados a almorzar a mi casa a grandes próceres: a Eduardo Frei Montalva, a Radomiro Tomic, a Patricio Aylwin, a Gabriel Valdés. Y nos sentaba a nosotros, los niños, en la mesa con ellos. Después de escuchar su conversación, nos pedía que cada uno interpretara lo que se había dicho. Teníamos que hacerlo delante de todos ellos, era muy exigente.

Soy muy cercano a mis hijos. Tengo una relación muy horizontal, de mucha franqueza y confianza. Dado que yo tenía una buena situación económica, mi principal preocupación fue siempre educar a mis hijos igual a como mis padres me educaron a mí y a mis hermanos. Que fueran buenas personas, sencillas, humildes y trabajadoras. Y desde ese punto de vista, y aquí reconozco el inmenso mérito de la Cecilia (Morel), creo que los cuatro son así: trabajadores y buenos amigos. No han caído en la soberbia, ni en la ostentación. Es más difícil educar con austeridad cuando a uno le ha ido muy bien económicamente. Pero la formación que yo recibí de mis padres fue bastante austera y sobre todo mi madre, que nos inculcó esos valores tan propios de un sector de nuestro país, que era el esfuerzo, el trabajo, la perseverancia, el mérito.

Alguien dijo que en la vida hay amigos, íntimos amigos y compañeros de trabajo. Y tienen mucha razón. Porque, por ejemplo, yo estoy ahora metido en una campaña presidencial y con mi equipo despertamos y nos acostamos vibrando, sintiendo y emocionándonos con las mismas cosas. Pero a pesar de que ese es mi grupo más cercano hoy día, yo mantengo mis amigos del colegio y de la universidad. De hecho, todos los meses nos reunimos a comer con los compañeros del colegio un día, y de universidad (UC) otro día. Ambos encuentros, curiosamente, son en el Sport Francés. Trato de ir, pero a veces no me resulta. En mi grupo del Verbo Divino están Blas Tomic, Marcelo Ringeling, Horacio García, Gregorio Echeñique y Fabio Valdés. Y los de la Universidad Católica son Ignacio Guerrero, José Cox y Álvaro Donoso. Casi todos o varios de ellos hoy me tratan de usted. Es muy curioso porque a mí en la calle todo el mundo me tutea. ‘Hola, Sebastián, cómo estai’, ‘oye te quiero preguntar algo’, me dicen. A mí eso me encanta. Pero si se es presidente, lo que se estila en Chile es que a uno lo traten de usted. Cuando fui presidente, el que empezó con esa tradición fue Rodrigo Hinzpeter, que no solamente era muy amigo mío, sino que había sido jefe de la campaña, e iba a ser ministro del Interior. A partir del día que fui electo, me empezó a tratar de usted. Fue una señal para todo el resto.

Las peleas entre amigos y colegas siempre duelen. Tuve un distanciamiento con Andrés Allamand y con Evelyn Matthei, pero nunca fueron conflictos personales. Por lo tanto, supimos reencontrarnos y hoy no solamente somos amigos, sino que además somos grandes aliados. Uno en la vida tiene que aprender que es mejor ir dejando huellas, que ir dejando cicatrices.

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Cuando más me relajo es con la familia, los amigos y con la aventura. ¡Me encanta la aventura! Me gusta explorar nuevos horizontes y en eso mis hijos han sido grandes compañeros. Hemos subido montañas, hemos bajado ríos en balsas, hemos hecho excursiones, buceo, muchas cosas. Y hemos pasado varios sustos. Hace muchos años atrás, fuimos a bajar el Bío Bío, mucho antes que existiera la represa Ralco y Pangue, cuando tenía nivel 6 y era uno de los ríos que tenía mayor dificultad en el mundo. Hay un lugar que creo que se llama callejón de la muerte, que ya no existe porque se llenó con la represa. Y de repente mi hija mayor, que debe haber tenido 10 años, se cayó al agua en el peor momento, en la parte del río más brava. No dudé ni un segundo y me tiré a buscarla. No sirvió para nada: nos fuimos los dos dando tumbos. Pasamos mucho susto, pero ahí me di cuenta lo que significa el amor paterno. Porque las mujeres creen que ellas son las únicas que están dispuestas a dar su vida por sus hijos, y eso no es verdad.

Yo lloro. Lloro más para adentro que para afuera, fuimos educados con esa norma. Mi madre nos decía: los hombres no lloran. Y al que lloraba en mi casa le hacíamos un bullying que para qué le digo. El Negro era bien llorón… Y yo me he ido poniendo llorón. Lo hago cuando me emociono o cuando tengo grandes penas. De repente, viendo una película o escuchando una canción que me trae recuerdos, me emociono y me salen las lágrimas. Tuve una pérdida muy dolorosa hace poco tiempo atrás (su hermana Guadalupe murió en junio de este año), y lloré.

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En las noches, cuando llego bien tarde y no hay comida, voy a la cocina y me hago un vaso con Milo, igual como me lo hacía cuando era un escolar. Y le pongo harto Milo.

He comido en los mejores restaurantes, pero también muchas pizzas en las esquinas. Una vez viajé a Nueva York con Nacho Guerrero y convidamos a nuestras señoras y a nuestros hijos al mejor restaurante del mundo en esa ciudad. Se prepararon mucho. Pescamos un taxi y fuimos a una esquina muy famosa que se llama Joe´s Pizza. Cuando llegaron no lo podían creer. Pero cuando se comieron ese slice, se dieron cuenta de que era increíble, mejor que cualquier restaurante.

No soy muy sibarita. Y es verdad que entre un vino en caja y uno de marca, los dos me gustan. O sea, soy un buen pobre. Me acomodo rápido y me ajusto a situaciones difíciles. Pero obviamente que también me gusta la buena comida y el buen vino, pero no soy pituco.

Y soy poco marquero. Una vez le escuché una anécdota a Steve Jobs, quien siempre andaba con blue jeans, polera negra y zapatillas. A él le decían ‘cómo tú, que eres uno de los hombres más ricos del mundo, no lo demuestras’. ‘Ahí está’, dijo Steve Jobs. ‘Lo importante no es demostrarlo, es serlo’. Y yo tengo la vocación de mi madre que era una mujer de origen vasco castellano, muy austera que nos formó en esa escuela.

Yo voy pocas veces al sastre. Me acuerdo de que una vez fui y me dijo ‘le queda bien ese tamaño’. Pero le pedí que me lo hiciera dos tallas más grande. ‘¿Por qué?’, me respondió él. ‘Porque me gusta la comodidad. Que la ropa no me tire, que no me limite’. Me da lata ir a comprar ropa. Así es que de repente cuando viajo, voy y me abastezco.

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Yo no me considero pesado. Pero ¿quién es monedita de oro en la vida para caerles bien a todos? Yo no.

Yo solamente le digo tallas o pesadeces a la gente que quiero y estimo. Y es verdad que a veces debiera tener más filtro. Créame que estoy aprendiendo. Pero hay una regla: usted a una mujer linda le puede decir que está fea. Pero no le puede decir eso a una mujer fea. A una mujer, de una muy buena forma, se le puede decir que está gorda. Pero no se lo vaya a decir a una gorda. Así es que yo siempre trato de hacer mis bromas en la parte fuerte y no en las partes débiles de mis amigos. Pero igual las sensibilidades son tan distintas: lo que para uno puede ser una cosa divertida y simpática, para otro puede ser una cosa tremenda.

Nunca he ido al psicólogo. Y mi mujer dice que si yo hubiera ido, ella se habría ahorrado muchas sesiones y mis hijos también. Cada uno es como es, y yo prefiero solucionar mis problemas de otra forma.

No soy una persona rencorosa, gracias a Dios. Conozco mucha gente que acumula esa bronca, esa ira, esa angustia y se pasa la vida tratando de perjudicar a otro. Es mejor hacer un delete. Las malas historias y malos recuerdos es mejor mandarlos a la basura y quedarse con lo bueno. Las mujeres son más rencorosas que los hombres. Mis hijas y mi mujer me dicen ‘pero cómo tú no te acuerdas de esto’. La verdad es que me acuerdo, porque uno no puede decidir olvidar, pero sí perdonar. Mi mujer piensa que soy malo para pedir perdón. Pero uno lo hace cuando lo siente.
Hay algunos que dicen que no me creen (que separó sus negocios de la política). Otros que no me quieren creer y hay otros a los que no les conviene creer. No vale la pena quebrarse la cabeza tratando de dilucidar quién es quién. Lo importante es lo que uno cree, y la gente que está en torno a uno sabe qué es verdad.

A mí las críticas mal intencionadas y desleales no me duelen. Las críticas de los amigos me duelen mucho. Las de los rivales ya me resbalan. Mis hijos y la Cecilia se sentían muy golpeados y heridos por las críticas que me hacen. Y eso me afectaba. Menos mal han ido aprendiendo que no vale la pena sufrir. Hay que aplicar eso de ‘a ideas necias, oídos sordos’.

Sobre los que dicen que he sido un ganador o winner: uno en la vida aprende dos cosas, que el dinero y el poder se pueden tomar como objetivo en sí mismo, o como un medio. El primero es el camino de esclavitud y de infelicidad. Si uno lo toma como un medio, se transforma en un elemento de libertad para hacer cosas en las cuales uno cree que son buenas. He tenido muchos porrazos en mi vida. Y he aprendido que nunca hay que rendirse, levantarse y seguir luchando.

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No me gusta infundir miedo a la gente que trabaja conmigo. Pero sí me gusta ser exigente. Por eso, efectivamente, en las famosas reuniones bilaterales, yo esperaba que los ministros llegaran bien preparados a discutir los temas con todos los argumentos, cifras y antecedentes, y no a discutir ideas generales. Así es que cuando un ministro decía ‘aquí vamos a mejorar la calidad de vida de los chilenos’, yo decía ‘compadre, hasta aquí no más llegamos. Vuelva, prepárese y cuando esté listo, yo estoy listo’.

Ellos aprendieron muy rápido. Después llegaban muy bien preparados y eso facilitó que las decisiones se tomaran. Los ministros sabían que cuando llegaban a las bilaterales, estaba el ministro y su equipo, la Segpres, que es la que se preocupa de la parte legislativa, y la Dipres, que se preocupa de los pesos. Y lo que ahí se acordaba era firme como roca. Y el ministro tenía un mandato firme y claro. Y no tenía para qué pisar huevos. Y cuando había un conflicto entre dos ministros teníamos la “muerte súbita”, un procedimiento en el que tenían 10 minutos para exponer su caso y se zanjaba. Y eso se respetaba. No como ahora que un ministro dice una cosa, y otro, otra, y nadie sabe cuál es la verdadera posición del gobierno. Mi idea es que sigan las bilaterales con más fuerza que nunca.

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Me despierto muy temprano. No me levanto. Voy a un escritorio que está al lado de mi cama y prendo una lucecita para no despertar a nadie, porque en mi pieza no solamente duerme la Cecilia, muchas veces están los nietos. Y ahí leo los diarios electrónicamente, contesto mis emails, mis WhatsApps, que son cientos al día. Después, tipo 7:30, tomo desayuno y ahí inicio mi jornada de trabajo. En las noches vuelvo, hacemos algo de vida familiar con los hijos y nietos, y después vemos las noticias. Al finalizar pido un tiempo para mí, para leer cosas distintas a proyectos de ley y programas de gobierno o declaraciones políticas. Leo de literatura e historia. Y rezo en las noches.

No me he puesto en el escenario de no ganar estas elecciones. Lo que yo sé es que en mi vida espero jubilar solamente cuando me metan dentro del cajón, y no antes. Y poder seguir con fuerza, con vitalidad, con entusiasmo, con pasión, haciendo las cosas en las cuales uno cree. Mucha gente me dice a mí: ‘Sebastián, tú que tienes tantos medios, ¿por qué no estás descansando o paseando por el mundo?’. Cada uno es como es. Yo no tengo vocación de frívolo ni de playboy. Ni pinta (ríe). A mí el trabajo bien hecho y el cumplir las metas me generan mucha satisfacción. Eso valida el tiempo libre y el descanso”.

Nota de la redacción: Revista Capital invitó a Alejandro Guillier a participar en esta sección, pero el senador se excusó por problemas de agenda.