Poder

Las charlas del Bombardero

A cinco años de su retiro, Fernando González ahora da charlas motivacionales a empresas y fundaciones. “Me siento contento si a uno le llega lo que digo”, confiesa. Sobre los excesos en el deporte, indica que “para liberarte o descansar, te conviene salir. Yo carreteaba también”. Eso sí, “nunca lo hice antes de un torneo”.

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Por: María José López
Fotos: Verónica Ortíz

El ascensor del edificio donde vive Fernando González en pleno Portezuelo se detiene en un pequeño lobby al que solo él y su vecino tienen acceso. El ex tenista instaló ahí un mesón y sobre él una imagen de un buda de piedra y un letrero de cemento con una frase de John Lennon tallada. Un mini submarino amarillo de metal –el símbolo de la canción de Los Beatles–, termina de componer la escena.

Son las 12 de un miércoles de octubre y cuando el ex tenista abre la puerta, sus cuatro perros –un quiltro, un samoyedo blanco y dos poodle– se abalanzan a ladridos. “No hacen nada, son viejos”, asegura mientras explica que los dos últimos se los cuida por un tiempo a su polola, la ex hockista argentina Luciana Aymar.

El “Bombardero de La Reina” viste un pantalón de algodón tipo buzo azul marino –“es tan cómodo que me compré de todos colores”, explica–, polera manga corta del mismo tono y zapatillas blancas. Se acomoda sobre un sillón de cuero en el que hay una raqueta roja Yonex que prueba hace dos meses. “Está buena”, asegura mientras la mano derecha –“de piedra”– que lo hizo famoso por sus saques de 220 kilómetros, rebota sobre las cuerdas. No la soltará ni uno de los 100 minutos que dura la conversación...

“El carrete es contraproducente para un deportista, está claro. Pero físicamente. A la hora de liberarte o de descansar, te conviene salir. Yo carreteaba también y tenía claro que no era lo , pero sí para distraerme”.

“Perder estaba dentro de las probabilidades. La selección (chilena de fútbol) tiene los mismos jugadores desde 2007, 2008. Jugaron la Copa América, después la Confederaciones, cruzan el Atlántico seis veces al año, tiene que haber un bajón físico”.

“Llega un punto en que las derrotas ya no importan. Llegaba a un estadio grande, lleno de gente y no sentía nada”.

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