Poder

La vida sin armas de las Farc

Martín Caparrós cuenta para The New York Times cómo ha sido el cambio de unos 7000 exguerrilleros colombianos después de dejar las armas para enfrentar una vida que no conocen.

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En las Farc han tenido que dejar las armas, que prácticamente se han convertido en herramientas del día a día, algo con lo que estos colombianos se sentían seguros, protegidos. Pero para comenzar a vivir una vida civil, hay que hacer el esfuerzo y dejarlas.

Martín Caparros fue hacia un campamento de normalización y cuenta para The New York Times cómo ha sido este proceso de transición:

"Hay armas. En la vida colombiana hay armas: policías muy pertrechados en las calles, custodios en edificios públicos y privados, retenes del ejército cada pocos kilómetros de ruta. Hay armas: por todas partes hay armas salvo aquí.

—¿Qué va a ser de nosotros, ahora, sin las armas? Yo no sé. ¿Usted sabe?

Aquí, en el departamento del Cauca, suroeste del país, entre montañas verdes, yace una de las 26 zonas en las que siete mil excombatientes de las Farc avanzan hacia la vida civil a paso casi vivo. Aquí, como en cada campamento, los ex acaban de completar la entrega de sus armas a la ONU: miles de fusiles, pistolas, granadas, morteros y minas que un día serán metal fundido, monumentos. Y ahora los ex se sienten raros, no se hallan.

—Para muchos de nosotros el arma era como la esposa. Yo conozco a varios que lloraron cuando tuvieron que entregarla.

Dice Daniel, y se ríe. Daniel es un Tintín moreno: bajo, robusto, cara ancha, la mirada sonriente. Daniel —por su seguridad, en esta historia no habrá apellidos— se fue a la guerrilla a sus 16: tenía una novia, problemas con el padre de la novia, un hermano guerrillero y prefirió ese escape. Fue hace casi dos décadas: en ese tiempo peleó muchos combates, caminó muchas selvas, esquivó muchas bombas; le sacaron una bala de la espalda y le dejaron una en el brazo derecho. En ese tiempo su hermano murió en combate, su novia en una emboscada, tantos amigos y compañeros en encuentros, ataques, delaciones.

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—Lo que te da fuerza es cuando ves que al lado mataron a tu compañero. Ahí se te calienta la sangre, quieres salir y echarles bala a todos, no te importa más nada.

Dice, suave, como si hablara desde lejos.

—¿Qué extrañas de esos años?

—Nada. La guerra es pura mierda, nada para extrañar. A estas horas, cuando estábamos allá, era la hora en que empezaban a caer las bombas.

—¿Y ahora en cambio duermes tranquilo?

—No. El que estuvo en una guerra nunca va a dormir tranquilo. Y si sigues teniendo un enemigo, menos."

Revise el artículo completo en The New York Times

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