Poder

Macron: ahora viene lo difícil

El presidente electo de Francia ganó con una agenda que, una vez desaparecida la amenaza electoral de Le Pen, les pisará los talones a muchos intereses establecidos.
Por Robert Funk

El triunfo de Emmanuel Macron es un inmenso resultado no solamente para los que se oponen al populismo y la xenofobia, sino para él personalmente y como político. Formó, hace menos de dos años, un movimiento que desafió a los partidos tradicionales. Hace ocho meses abandonó el gobierno de François Hollande, y siempre existieron dudas si iba a poder dejar atrás su asociación con el presidente impopular. Propuso y defendió políticas basadas en el comercio internacional, la globalización, la apertura hacia Europa y las reformas económicas internas, que van en contra de lo que muchos sostienen como tendencia mundial.

Le ganó a Marine Le Pen por al menos 7 puntos más de lo esperado. Hoy, a los 39 años de edad, se convirtió en el presidente más joven en la historia de un país donde la edad promedio de su población es de 41 años. Pero para que el logro del presidente electo sea más que una celebración efímera, tienen que pasar muchas cosas. Ahora viene lo difícil.

Primero: en un país con altos niveles de descontento económico, tensión racial y la constante amenaza de terrorismo, Macron debe superar su propia imagen de niño bueno y de banquero de élite. En un mundo en que lo que parece importar es oponerse a todo –a la inmigración, a la inversión, al mercado, al comercio internacional, a las élites–, Macron se declaró a favor de la inmigración, a favor del mercado, a favor de la integración económica y al aumento del gasto militar.

Sin negar sus orígenes privilegiados ni su formación en la Escuela Nacional de Administración y en Sciences Po, o su paso por el mundo financiero, Macron hizo campaña a favor de liberalizar las leyes laborales francesas (aunque no, como hubieran insistido muchos, cambiar la semana de trabajo de 35 horas). En otras palabras, Macron ganó con una agenda que, una vez desaparecida la amenaza electoral de Le Pen, les pisará los talones a muchos intereses establecidos.

Segundo: para lograr lo anterior, Macron necesitará algún tipo de apoyo parlamentario, pero aún no se sabe cuál será el contexto legislativo que lo espera. Esas elecciones se realizarán en junio, y aunque las encuestas son alentadoras para su movimiento (En Marche), lo probable es que la Asamblea Nacional esté bastante dividida, sin permitir que ningún partido obtenga la mayoría. El tecnócrata va a necesitar todas sus habilidades políticas.

Tercero: el triunfo electoral de Macron no significa que haya cambiado sustancialmente el contexto local o regional en que funciona la política francesa. La desigualdad y el temor siguen siendo las fuerzas que están moldeando las actitudes de la ciudadanía, y sabemos que estas dos no favorecen al centro, sino a los extremos del espectro político. Francia, como el resto del mundo, vive una gran transformación, en que el orden liberal de los últimos 70 años se ve desafiado por nuevos poderes como Rusia y China, y por nuevos liderazgos como Trump y May. La pregunta es si el enfoque político y económico del nuevo gobierno ofrecerá una respuesta satisfactoria a estos desafíos, y si logra atraer al gran huérfano del actual escenario: la clase obrera.

Si bien uno de los fundamentos de la Ilustración francesa es la razón por sobre la superstición, en la política la emoción siempre supera la racionalidad. Es el gran problema que han tenido los tecnócratas en Chile y en el mundo –no es que necesariamente no estén en lo correcto, sino que les falta mística–. Es difícil emocionar a la ciudadanía a través de una tabla Excel.

Macron tuvo la gran suerte de tener como contrincantes, por un lado, a partidos totalmente deslegitimados, y por el otro, a una candidata tan controvertida, y en algunos casos odiada, como Marine Le Pen. Eso le creó un relato de lucha, de defensa de los valores liberales, y gracias a la interferencia rusa, de los valores occidentales, que animó a un público apanicado. Le Pen lo articulaba como una lucha entre “patriotas y globalistas”, pero es probable que muchos votantes entendían que aún viven en un mundo globalizado, y que el internacionalismo está en el centro de los valores de la Revolución Francesa. Los derechos humanos, como lo señalaron Lafayette y Mirabeau en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, son concebidos como derechos universales, no locales. La contienda francesa fue simbólica, no solamente porque Francia, a través de su revolución, sea la cuna del republicanismo liberal, sino porque los dos candidatos representan visiones tan opuestas.

Pero ahora el nuevo presidente francés tendrá que satisfacer ese relato y gobernar tanto con poesía como con prosa, obteniendo resultados concretos. Las consecuencias –dada la forma en que el apoyo por el Frente Popular ha ido creciendo elección tras elección– son gigantescas, porque en Francia, a diferencia de los casos norteamericano o británico, los populistas han logrado el apoyo de los jóvenes, un cuarto de los cuales se encuentran sin empleo. Si Macron no les ofrece una respuesta a ellos, se convertirá no en el dique que frenó la ola, sino en el canto del cisne de la Quinta República y del orden liberal internacional.

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  • Enrique Sauerteig

    Muy bueno Robbie. Gracias !

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