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Andrés Benítez: “La gratuidad era entregar la universidad al Estado”

Tras 17 años como rector de la Universidad Adolfo Ibáñez, el economista decidió renunciar sin tener un plan específico. En esta entrevista, habla de los costos de oponerse a la reforma del gobierno y critica el bullying a Piñera desde la derecha.

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Por: Carla Sánchez M.
Fotos: Verónica Ortíz

A principios de año, los alumnos nuevos de la Universidad Adolfo Ibáñez recibieron una caja. En su interior había 12 libros. Los novatos miraban con sorpresa títulos como El Príncipe, de Maquiavelo, El malestar en la cultura, de Freud, y La riqueza de las naciones, de Adam Smith. “Éstos son los libros que van a leer el primer año de su carrera, para que se formen como profesionales y también como personas. Y la primera prueba será de La República, de Platón”, les decía el rector Andrés Benítez, más conocido por los alumnos como “El Tiburón”, por ser “agresivo en los debates públicos”, según cuentan.

El día está gris en Santiago. Llueve en Peñalolén, donde está ubicado el inmenso campus (250 hectáreas) de la universidad de la familia Ibáñez. En su oficina -decorada con sillas de diseño, muchos libros de arte, flores frescas que él mismo elige y esquíes viejos- Benítez cuenta que llegó la hora de graduarse: en marzo próximo deja la universidad. Una decisión que hace tiempo venía conversando con su jefe, Pedro Ibáñez.
“Una vez alguien me dijo: ‘Más que elegir pega, elige jefe’. Empecé a leer de este señor que estaba haciendo hoteles increíbles –los Explora– en zonas extremas, visibilizando a Chile en un momento en que sólo se hablaba de Pinochet. Me contó de su proyecto universitario, del campus que quería construir y de la importancia que quería darles a las artes liberales, y dije ‘quiero estar embarcado en esto’”, recuerda.

Benítez se acomoda en su silla Valdés y con la tranquilidad que lo caracteriza, responde las preguntas. Le gusta conversar, no le hace el quite a ningún tema ni tampoco le importa que lo troleen en Twitter. No engancha. Usa la red social para mantenerse informado, pero no escribe mensajes. Donde sí prefiere postear es en Instagram. Le fascinan la estética, la fotografía y la ropa. Y provocar.

“Llevo 17 años como rector… Pero no es tan raro que los rectores duren tanto tiempo en su cargo. Harvard ha tenido muy pocos y algunos han durado hasta 25 años en su puesto. Cuando a Larry Summers lo echaron a los cuatro años fue un escándalo. Los procesos educativos son muy lentos, entonces estar cambiando de rector a cada rato no es la idea. Pero en mi caso, ya van a ser 18 años”.

-El régimen de Benítez…

-(Risas) No puedes pretender mandar mucho en una universidad. La lógica es que los decanos y profesores tienen una cierta autonomía. Por ejemplo, no me puedo meter a la sala de clases de un profesor.

-¿Nunca lo ha hecho?

-A veces, pero pidiendo permiso y por una curiosidad intelectual. Pero si me dicen que no, no entro.

La renuncia a la diversidad

-De los rectores, fue uno de los primeros en rechazar la gratuidad. ¿Ha sido desgastante el debate?

-A mí me gusta la polémica, para qué andamos con cuentos. Vengo de los medios –trabajé 14 años en El Mercurio– y en todo este período como rector he sido columnista y opinante de distintas cosas. Lo que sí ha sido negativo para la universidad es la incertidumbre. Nos ha quitado recursos. Nosotros no creemos en la gratuidad. El proyecto original estaba muy atado a la autonomía de las universidades. Hablaba del gobierno que tenían que tener, la matrícula, los aranceles. Nos pareció que uno no podía entregar la universidad al Estado. Ahora tenemos los casos de las universidades Diego Portales y Alberto Hurtado, que están amenazando con salirse de la gratuidad. El sistema entró en vigencia de mala manera, porque terminó desfinanciando a las universidades. Además, hay dos problemas: la gratuidad no es autofinanciable en el largo plazo y segundo, al ser parte de la Ley de Presupuestos se puede cambiar todos los años. Entonces, te estás comprometiendo a algo de por vida por una ley que dura un año. Es como firmar un papel en blanco.

-¿Cuánto le ha afectado a la UAI esta decisión?

-Tenemos menos diversidad de la que quisiéramos. No cabe duda que la heterogeneidad del alumnado es importante. Pero esa diversidad debe tener condiciones: tiene que ser con calidad. Si vas a Harvard, es una diversidad con excelencia. En todo caso, tampoco vemos que sea terrible educar a la elite, pues va a jugar un rol fundamental en el país. A la elite le falta cultura y entender mejor los procesos, por eso nosotros decimos que aquí no sólo vienen a aprender de negocios. El problema de la elite no es que no sepan sumar o restar. Por ejemplo, detrás de los guetos verticales hay buenos arquitectos, ingenieros y hombres de negocios, pero falta una visión de país. Nosotros queremos formar ciudadanos.

-¿Y cómo lograrlo cuando se educan en una burbuja?

-En esta universidad se pueden tratar todos los temas. Hemos tenido debates del aborto, de la marihuana, el matrimonio homosexual, etc. Aquí he visto a alumnas pararse, en la mitad de un debate, para decir que se han hecho un aborto y han recibido el aplauso general de sus compañeros. En política, han venido a exponer Beatriz Sánchez, Alejandro Guillier y Sebastián Piñera. La universidad empuja esa diversidad. ¿Qué es lo que no hay? Probablemente muchos alumnos de colegios municipales.

-No hay heterogeneidad…

-Heterogeneidad social, por decirlo así. Y eso es un problema.

-¿Cómo lo están atacando?

-Estamos dando la mayor cantidad de becas que podemos. Nos quitaron el AFI (aporte fiscal indirecto), que para nosotros eran 1.500 millones de pesos, una cifra no menor. Por lo pronto, estamos en una comuna, como Peñalolén, que posee una diversidad social enorme y tenemos muchos alumnos de acá. Estamos tratando obviamente de aumentar la heterogeneidad, que es una de nuestras falencias...

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