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Julián Ugarte, director ejecutivo de Socialab: “no hay un enojo con el empresariado, sino que con el egoismo”

El fundador de una de las mayores plataformas de innovación abierta en el mundo cree que estamos evolucionando hacia la “economía del amor”. Un modelo que premia con dinero a aquéllos “que hacen las cosas bien”. ¿Una utopía o visión de futuro?

Por: Carla Sánchez M.
Fotos: Verónica Ortíz

Quince minutos antes de que empezara el Consejo Económico y Social (ECOSOC) de la ONU –al cual había sido invitado a exponer– Julián Ugarte Fuentes salió a caminar por las calles de Nueva York. “Tengo que decir algo potente”, pensó. Eso era lo único que tenía claro mientras buscaba inspiración. No era su primera vez en la ONU. Ya ha sido speaker en varios foros, incluso en Harvard y ha dictado charlas Ted X. Pero siempre busca cuidadosamente frases que impacten a sus interlocutores. Para no pasar inadvertido.

Ya sentado en la testera, sin mirar apuntes, empezó a hablar. Contó sobre algunos de los emprendimientos que ha incubado en Socialab, una de las mayores plataformas de innovación abierta en el mundo (con 500 mil usuarios y con la recepción de 32 mil ideas de 96 países). Pero centró su discurso en la revolución que, a su juicio, está ocurriendo: “Estamos evolucionando de un mundo egoísta, centrado en el dinero, a uno más empático”. Algo que él llama la “economía del amor”. Un modelo en el que, “si haces lo correcto, la plata va a llegar”.

“Hemos escuchado frases muy interesantes en estos dos días. Pero mi favorita es la economía del amor”, dijo con una sonrisa cómplice la moderadora del encuentro.
Hermano del medio, poco estudioso –“pero rápido para resolver problemas”, dice-, este viñamarino creía que algún día inventaría algo que impactara al mundo. Un clip, un encendedor, “algo bacán”, pensó.

“Somos una especie de Uber. Los gerentes de cada país son los ‘dueños’ de sus taxis y nosotros les ‘arrendamos’ la red: esta inmensa plataforma de soluciones que hemos creado”.

Tras un breve paso por arquitectura, estudió diseño industrial en el DUOC de Viña. Hizo su tesis sobre mobiliario para viviendas pequeñas. Reprobó. Un día vio un concurso de la fundación Un Techo para Chile (hoy Techo) que buscaba equipar las viviendas que realizaba Elemental, la oficina del arquitecto Alejandro Aravena. No participó, pero sí quiso hacerse cargo de las propuestas. Recién ahí conoció lo que era la pobreza. “En la escuela me enseñaron sobre el diseño italiano, francés y nórdico, pero en los campamentos no había ni italianos, ni franceses ni nórdicos. Me di cuenta de que todos estábamos diseñando cosas para el grupo de arriba, que es más chico y rentable, pero ¿qué pasa con los de abajo? ¿Quién se preocupa de ellos?”, cuenta. Y decidió buscar una solución.

Millonarios amorosos

Al alero del Techo, el centro de innovación liderado por Ugarte empezó a crecer como bola de nieve. Tanto que el 2012 decidieron hacer un spin off. Lo llamaron Socialab y en un principio dependía de los jesuitas. “Somos como los Médici. A diferencia de los mecenas italianos, nosotros no tenemos plata: sí un modelo que nos otorga recursos para financiar a los ‘artistas’, esos emprendedores que están levantando negocios empáticos para resolver problemáticas sociales complejas”.

Hoy, los productos que han nacido de Socialab (como la máquina dispensadora de abarrotes de Algramo, el test que detecta cáncer de Miroculus o la máquina para obtener agua del aire de Freshwater) tienen más de un millón de usuarios y las empresas que han incubado están valorizadas en más de 90 millones de dólares. Una prueba para Ugarte de que se puede ser “amoroso” y rentable a la vez.

-¿La economía del amor es un concepto que se te ocurrió a ti?

-Ha habido mucha inspiración de Ximena Dávila y Humberto Maturana. Pero esto es antiguo. Existe una carta que Albert Einstein escribe a su hija, en la cual le explica que hay una fuerza más potente que los átomos y que es lo que ordena todo en el cosmos: el amor.

-¿Los economistas validan esta teoría?

-El año pasado coincidí en un seminario con Angus Deaton, Nobel de Economía, que habla sobre la economía del bien común. Yo soy diseñador y les he preguntado a expertos como él si la economía del amor es una tontera y me dicen que no, que tiene mucho sentido. El origen de la economía tiene que haber sido conceptualmente empático.

-¿Qué empresas son amorosas?

-Para mí, hay dos tipos de compañías amorosas: aquéllas que tratan bien a sus empleados, proveedores y clientes, y las que buscan cumplir un propósito bueno para el mundo. Por ejemplo, Google es una empresa con propósito que nace en 1998 con el fin de organizar la información del mundo. Luego fue sumando nuevas líneas de negocios, como el mail y el teléfono. Y hoy es una de las más admiradas del mundo. En el caso de Apple, por ejemplo, se podría cuestionar si efectivamente tiene buenas prácticas, pero su fundador, Steve Jobs, quiso hacer la tecnología accesible para el mundo.

-Muchas empresas, en sus campañas de publicidad, promueven la felicidad. ¿Son por eso amorosas?

-No creo que pueda haber una empresa amorosa que venda veneno. Un negocio empático es aquél que piensa en el otro. Coca-Cola habla de la felicidad, un propósito hermoso, pero eso no es lo que vende y por algo ya no está entre las 10 marcas más valoradas del mundo. Todos nosotros financiamos a la Coca-Cola, pero ¿qué pasará si alguien nos da algo más rico, sostenible y saludable?

-¿Con la economía del amor se acabarán los millonarios?

-No, porque los hombres ricos van a ser los más amorosos del mundo. Van a distribuir cariño y van a ganar plata igual. El índice para medir el amor será el dinero, pues las empresas que agreguen más valor van a ser quienes más ganen.

-¿Cómo lo harán si el objetivo del capitalismo es maximizar el capital?

-En el capitalismo, quien maximiza el capital es quien entrega más valor. Muchas veces, la plata se está yendo a lugares equivocados. Por ejemplo, los empresarios que se coludieron con los pañales o los remedios en Chile ganaron, pero no agregando valor, sino que quitándole a la gente. La plata no puede ser el fin último, sino que tiene que ser una herramienta para hacer sociedades mejores. No hay un enojo con el empresariado, eso es mentira, hay un enojo con el egoísmo. ¡No todos los empresarios son egoístas! Y cuando hablan mal del lucro no significa que haya una irritación con el lucro, sino que con el lucro egoísta que ha manchado la cancha a todos los que lo hacen bien. Como consumidores, todavía no estamos organizados. Hemos visto escándalos y seguimos comprando los mismos productos. Pero se ve venir un punto de quiebre. ¿Qué pasa si seguimos manteniendo un sistema que continúa premiando a los más egoístas? Van a aumentar las diferencias, vamos a dejar de conversar. Si eso ocurre, no veo muchas posibilidades de que el ser humano subsista en el planeta.

La dualidad local

-¿No crees que la economía del amor sea una ilusión?

-Sé que los dueños de los bancos, por ejemplo, no piensan como yo. Pero si yo fuera dueño de uno, me estaría preguntando si estoy entregando el valor suficiente a mis consumidores, o si la tasa de interés que estoy ofreciendo por un crédito es la más baja que puedo dar. ¡Los bancos en Chile son los más rentables del mundo! Y Nicolás Shea con Cumplo –la plataforma de préstamos entre privados– nos demostró que puedes hacer un banco sin plata. Si tuviera un banco hoy, estaría preocupado.

“Como consumidores, todavía no estamos organizados. Hemos visto escándalos y seguimos comprando los mismos productos. Pero se ve venir un punto de quiebre”.

-Concretamente, ¿hay posibilidades de que la economía chilena se transforme en una amorosa?

-En Chile está pasando algo muy raro, no sé si es una herencia del Padre Hurtado o del capitalismo post Pinochet: es el país que tiene más empresas B per cápita del mundo (3,69 compañías por cada millón de habitantes). Me refiero a compañías que buscan generar beneficios sociales y ambientales. ¡Superamos a Estados Unidos y Canadá!

-Hay una dualidad entonces, pues por un lado tenemos empresas B y por otro, compañías que se coluden…

-Efectivamente, es la unión de dos mundos. Pero cada vez aparecen con más fuerza negocios que hacen bien. A los chilenos los están invitando de todas partes del mundo, de la ONU, de la NASA, a contar lo que está ocurriendo acá.

-¿Este movimiento lo han liderado los millennials locales?

-Cien por ciento.

-¿Y los empresarios tradicionales se suben al carro?

-Todo lo que hemos logrado en Socialab lo hemos hecho con empresas, las que tienen productos muy interesantes y equipos de trabajo muy buenos. Por eso la empresa tradicional está abriendo espacios para que los jóvenes que están ingresando al mercado laboral propongan nuevas ideas, porque a los millennials no los mueve sólo la plata, quieren hacer algo distinto. Imagínate una compañía grande que no logre atraerlos. ¿Quién integrará sus equipos? ¿Con qué talentos contará?

-¿Qué opinas del empresariado chileno?

-Para mí empresario y emprendedor es lo mismo. Tengo una admiración muy grande por los empresarios chilenos que han hecho las cosas bien, y tengo un repudio muy grande por aquéllos que han pensado en el corto plazo y han ganado plata robándole a la gente, poniéndose de acuerdo en subir los precios, produciendo barato, robándole al planeta. No me da rabia que tengan plata mal ganada, sino que hayan desprestigiado a quienes lo han hecho bien. El problema es que en Chile somos muy buenos para generalizar. Que son todos cuicos, ladrones, sinvergüenzas. Por ejemplo, si se aplicara un castigo ejemplar a quienes han cometido abusos se premiaría a la economía del amor, a cómo ganar plata haciendo las cosas bien. Hay una generación muy nueva que está haciendo las cosas de manera distinta. No creemos en la competencia, sino en la colaboración.

-¿Por qué es malo competir?

-Competir es bueno, pero colaborar es mejor. Aquí no hay que pelearse con el empresariado tradicional, sino que hay que evolucionar hacia una economía que genere más bien común. Hay muchos estudios que dicen que las grandes empresas del 2050 todavía no nacen.

Un chileno en la NASA

¿Para donde está yendo el futuro? Julián Ugarte –socio de la Factoría de ideas iF y cocreador del festival de innovación social FIIS– no lo sabe, pero tiene algunas pistas. El año 2010 ganó una beca de Google y se convirtió en el primer chileno en estudiar en la Singularity University de la NASA, una institución que “educa” a aquéllos que promuevan y apliquen tecnologías para resolver los grandes desafíos de la humanidad.

“Esta universidad junta a ochenta líderes del mundo una vez al año en un curso de diez semanas. Tuve como profesores a Larry Page (fundador de Google) y a Craig Venter (el primer hombre en crear una bacteria sintética). Con ellos discutimos si morir tiene que ser una elección o no”, recuerda.

“La plata no puede ser el fin último, sino que tiene que ser una herramienta para hacer sociedades mejores”

El curso incluía armar una propuesta que impactara a mil millones de personas. Ugarte ideó un proyecto de agua que no funcionó. Sin embargo, cuando preguntaron a los alumnos quién era la persona de la clase que estaba más cerca de lograr esa influencia, “me eligieron a mí”, dice con un poco de pudor. Y agrega: “Eso abrió la puerta para que los años siguientes una camada de chilenos fuera a estudiar allá”.

En Silicon Valley, donde está ubicado el campus de la universidad, Ugarte terminó de convencerse de que la tecnología es un commodity. Que la computación, por ejemplo, aumenta su capacidad para procesar datos de manera sistemática y que su precio ha bajado abruptamente en los últimos 50 años sin importar si hay crisis económica. “El Iphone 6 tiene 55 veces más capacidad que todos los computadores que había en Houston el año 69 cuando el hombre llegó a la luna. Si esa tendencia se mantiene, el 2029 el hombre y las máquinas se fundirán en un ser”, asegura.

-Tu look es más bien desastrado. Has dado charlas incluso vestido de mujer. ¿Cómo lo haces para convencer a la gente de tus planteamientos o para conseguir inversionistas dispuestos a aportar a los proyectos que incuba Socialab?

-(Sonríe) No lo sé. Lo único que te puedo decir es que soy ultra trabajólico porque me apasiona lo que hago. Y los resultados están a la vista. Socialab partió con nada. Por dos años, gané 500 mil pesos al mes. Hasta que Telefónica nos entregó 1,2 millones de dólares, mismo monto que replicó el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). No fueron préstamos, sino premios. Hoy Socialab está presente en cinco países (Argentina, Colombia, Uruguay, México y Chile) y estamos expandiéndonos a Guatemala, Costa Rica, Perú, Brasil y España. Y vamos por más: de aquí a tres años queremos estar presentes en 50 países vía franquicias.

-¿Y cómo piensas financiar ese salto?

-Cuando pensamos que podíamos expandirnos de una manera distribuida y no piramidal como es tradición, nos dimos cuenta de que nos faltaba inversión. Llamamos nuevamente al BID, pero no nos entregaron más recursos. Nos sugirieron que probablemente el modelo de Socialab correspondía más al de una empresa que al de una fundación. Seguimos el consejo y nos transformamos en empresa para poder recibir más fondos y nuevos socios para expandirnos. Jorge Errázuriz (fundador de Celfin), Alejandra Mustakis (socia de iF) y Hernán Besomi (dueño de la constructora Ebco) acaban de invertir 300 millones de pesos para avanzar en nuestro plan.

-¿Cuál es el negocio de Socialab?

-El modelo es interesante porque somos una especie de Uber. Los gerentes de cada país son los “dueños” de sus taxis y nosotros les “arrendamos” la red: esta inmensa plataforma que hemos creado, donde lanzamos convocatorias y a la que llegan miles de soluciones de todo el mundo, que se convierten finalmente en empresas. La gracia de los innovadores sociales es que son una especie de termómetro de la sociedad. Se adelantan a problemas que serán inminentes algunos años más tarde. Por ejemplo, el de la inmigración nos apareció como trendic topic hace tres años en Antofagasta y surgieron emprendimientos para superarlo. El tema de las pensiones también apareció hace rato, igual que el de la banca. Nosotros ya preguntamos cómo va a ser el banco del futuro y nos están llegando soluciones y datos. Toda esa información que estamos generando podría ser muy interesante para las empresas y los gobiernos, pues les permitiría anticiparse a problemáticas que van a ocurrir. Al final, Socialab es la combinación de la inteligencia artificial con la biológica. Podemos convertirnos en el Google del futuro. ¡No es talla!

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  • Jeannette Caviedes

    Excelente articulo!

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