Poder

[Columna] Aylwin: impulsado por los tiempos

Como ex presidente fue ejemplar, probablemente más ejemplar que como político. Sumando y restando, es el padre de la democracia actual. Para muchos, eso puede que sea motivo de críticas.

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Doctor en Ciencia Política, Director Ejecutivo de Plural

Hay varios conceptos que la ciencia política no ha logrado definir con precisión. Tal vez el más antiguo es el de liderazgo. En la Ética nicomáquea, Aristóteles intenta definir sus características. Para los griegos, la frónesis combina la sabiduría, la inteligencia, la intuición, y la habilidad. Esa inusual combinación, hace que el liderazgo sea algo escaso. No por estar en un cargo alto una persona logra reunir estos requisitos.  La historia nos enseña que muchas veces las personas menos esperadas se transforman en grandes e históricos líderes. Con Patricio Aylwin, los tiempos hicieron al hombre.

Para algunos, el abogado DC nunca debió haber sido presidente. Durante gran parte de su carrera jugó un rol secundario frente a Frei y Valdés. Muchos critican su papel al no condenar inmediatamente el golpe. Sin embargo, cabe recordar que las transiciones desde una dictadura a una democracia requieren un frónesis específico: personas capaces de sentarse a negociar con individuos en los que no confían o incluso a los que les pueden tener temor. A la vez, deben ser líderes que se han ganado el apoyo del público y la confianza de los poderes. Para lograr lo anterior, no se requieren angelitos, sino que políticos de tomo y lomo con autoridad y legitimidad. La literatura los llama ‘notables’: personajes como Adenauer, Alfonsín, Mandela y el propio Aylwin.

Por eso las críticas que se le han hecho por sus errores y omisiones, y especialmente su accionar en 1973, son no solamente injustas, sino que equivocadas. Tal como nada justifica un quiebre democrático, nada justifica postergar el regreso de la democracia. Tal decisión inevitablemente requirió transigir. Aunque las deficiencias de los gobiernos del último cuarto de siglo –por cierto que las hay – han llevado a muchos, especialmente jóvenes, a retomar con cierta nostalgia los eslóganes del pasado, la gran lección de los 17 años anteriores fue que era necesario transar para avanzar. Es un camino que, por definición, no deja a todos conformes, sin embargo toda la investigación y la evidencia al respecto manifiestan la opción por consensuar salidas democráticas.

En Chile es poco lo que se negoció. Se aceptó la Constitución y las reglas de juego impuestos por el régimen militar, y se adoptó, con ajustes sustanciales, sobre todo en el marco del gasto social, el modelo económico. Lo que se olvida es que nunca se prometió -ni se estaba pactando- la llegada de un estado de bienestar de índole escandinavo. Solamente se esperaba, con bastante incertidumbre, el regreso de la democracia.

Eso lo entendió Patricio Aylwin más que nadie, y dentro de esa incertidumbre, logró instalar un gobierno con los mejores indicadores económicos del último medio siglo. Luego se fue a la casa, como no lo ha hecho ningún presidente durante ese medio siglo. Como ex mandatario – el más longevo en la historia del país – fue ejemplar, probablemente más ejemplar que como político. Su presencia le prestaba a cualquier acto político un gravitas republicano. Fue, en lo bueno y en lo malo, el padre de la democracia actual. Para muchos, eso puede que sea motivo de crítica. La crítica en la política es inevitable, como la muerte. Nelson Mandela, que lideró su propia transición, lo dijo, pero al mismo tiempo sostuvo: “cuando un hombre ha hecho lo que él considera que es su deber a su pueblo y su país, puede descansar en paz . Creo que he hecho ese esfuerzo y que, por lo tanto, voy a dormir por la eternidad".

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