Poder

Pablo Ortúzar: “El caso de Longueira es escandaloso”

Ex anarquista, hoy es uno de los intelectuales más citados de la derecha e integra el comité político de Chile Vamos. Sin embargo, critica la falta de ideas y renovación del sector. “La UDI tiene futuro en la medida en que sea capaz de deshacerse de sus lastres”, advierte.

Por: María José Gutiérrez
Fotos: Alejandro Barruel

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La oficina de Pablo Ortúzar (30) en el Instituto de Estudios de la Sociedad (IES) no tiene nada de lo que uno podría imaginarse de un intelectual. Es una pieza compartida donde los libros pasan a segundo plano. Lo que llama la atención son las paredes empapeladas con grandes pósters de Batman que se combinan con imágenes de personajes como el Padre Hurtado, Benjamin Franklin, el Papa, la Virgen del Carmen, Chaplin, Nicanor Parra y Gabriela Mistral. Entre medio, tickets de recitales, posavasos de bares y afiches de música punk, además de billetes antiguos enmarcados y un flyer con una ilustración de Francisco Javier Cuadra apuntando con una bazuka, que dice: “¿Preparándose para las elecciones libres de Pinochet?”.

Lo curioso, también, es que Pablo Ortúzar se define de centroderecha y trabaja en un think tank de ese sector. Fue asesor cultural en la campaña presidencial de Evelyn Matthei y es parte del consejo político de Chile Vamos, donde –junto a Hugo Herrera– asesora al equipo de Sebastián Piñera en el rumbo político que debe tomar la colectividad.

Y aunque atrás quedaron los tiempos en los que llevaba un corte de pelo mohicano punk y aro, tocaba bajo en un grupo que se llamaba “Sin Talento” y editaba en el colegio una revista fotocopiada con textos anarquistas que afirmaban que tanto el Estado como el mercado debían ser eliminados, las paredes de su oficina dejan entrever algo de esa faceta extrema que vivió primero en Puerto Varas y luego en Santiago. La que hizo que en segundo medio lo echaran del colegio por “rebelde” y se fuera a uno jesuita en Puerto Montt, donde sí estudió más en serio y logró obtener mejores resultados en la PSU que toda la generación del colegio de donde lo expulsaron.

Fue Francisca Dávalos, la hija de Michelle Bachelet –entonces ministra de Defensa de Ricardo Lagos– la que lo convenció de estudiar Antropología. Ahí, en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, Ortúzar desplegó su faceta política y llegó a ser vicepresidente del centro de alumnos de la facultad, desde donde participó en la revolución pingüina y fue parte de las tomas.

Hasta los 21 años creía que la revolución era un horizonte posible. Pero ver cómo operaba la política desde adentro lo desencantó. “Yo pensaba que eran conflictos de clase, hoy me parecen más conflictos entre elites o grupos de poder”, asegura en su oficina en el barrio El Golf.

Terminó la carrera más perdido de lo que la empezó. Así que ingresó a estudiar Derecho en la misma universidad. El proceso de tomas de 2009 y las revueltas de 2011 lo arrastraron de vuelta a la arena política y la reflexión, esta vez tratando de pasar del desencanto a un escepticismo que no fuera destructivo. En eso, su profesor Fernando Atria fue clave.

Pero desde hace meses que Atria no le habla. Se molestó con la reseña que escribió Ortúzar en el CEP sobre su libro Derechos sociales y educación.

“El perfil del cohecho puede ser visto en el caso (de Longueira)... Lo más probable es que no fuera plata que se llevó para la casa. Pero está igualmente mal”.

-¿Por qué el giro político en 180 grados?

-Dejar de creer en la revolución, para mí era como dejar de ser de izquierda. Entonces, empecé a estudiar el pensamiento liberal, que primeramente me pareció transparente, lógico y razonable. Hayek, Friedman, parten de la base de un escepticismo más o menos radical del poder, igual que los anarquistas, pero asumen que ese poder tiene que ser atajado porque no puede ser destruido.
Hoy se autodefine como liberal-conservador, en la línea de Burke o Tocqueville, donde la libertad se conquista manteniendo a raya los poderes y su potencial abusivo. Pero esa libertad debe estar sustentada por una serie de costumbres, tradiciones e instituciones.

“Urge renovar el liberalismo y el conservadurismo chileno. El primero está reducido casi a la mera repetición mecánica de consignas de Milton Friedman o Ayn Rand, y a un antiestatismo radical de clase alta que es para la risa no más. Y el segundo está estancado entre los restos del tradicionalismo católico español, que como decía Unamuno, tiene bien poco de cristiano. Yo me entiendo como un liberal conservador, pero ni liberal de esa escuela ni conservador de esa tradición”, asevera.

“Lo que veo en la derecha chilena es justamente un vacío intelectual brutal que explica que no tengan propuestas. Y que no sólo hayan tenido serios problemas para gobernar con sentido durante el mandato de Piñera, sino que ahora no estén capitalizando la pérdida de popularidad del gobierno”.

-Fue parte de la campaña de Matthei. ¿Se siente cercano a la UDI?

-A mí me invitaron, probablemente, porque no tenían a nadie y yo acepté ese desafío. Pero vengo de un plano más académico.

-¿Y qué le parecen grupos como Amplitud, Evópoli o la Fundación Para el Progreso (FPP)?

-Es que tampoco sé qué derecha es ésa. Porque la FPP es un centro de propaganda que no se dedica a la elaboración de ideas, sino a repetir eslóganes. Es como empaquetar y vender. Evópoli se supone que es un partido más liberal, pero si uno ve el nivel de elaboración intelectual que hay detrás de esas posturas, es mínimo. Nadie tiene una vocación de renovación intelectual en esos espacios.

-¿No tienen gente que esté pensando?

-No. Y también está la idea de que no es necesario, de que la política no tiene nada que ver con las ideas. Efectivamente la política práctica, el día a día, probablemente es muy distante a las teorías. Pero al mismo tiempo, si los dirigentes de derecha no pueden asumir una perspectiva de Estado ni plantear una visión de desarrollo que pueda disputar a la de la Nueva Mayoría, se vuelven medianamente estériles.

-¿Le comentó esto a Matthei en la campaña?

-Casi no la vi. Los equipos más importantes eran el económico. A nosotros nos pescaron cuando propusimos limitar la farándula a horarios de adultos, y fue semiescándalo. Pero no hubo demasiado diálogo.

-¿Cree que Piñera es parte de esta centroderecha que “no tiene nada”?

-Es que la centroderecha no tiene nada. Obviamente es parte de eso, en ese sentido. Si a uno le preguntan cuál es la visión país de la derecha, no va a encontrar mucho. Ése fue uno de los problemas que él tuvo que enfrentar en su gobierno. Hay un total descuido respecto al trabajo intelectual vinculado a la política. Si el último que pensó en la derecha, en las instituciones políticas del país, que tuvo una visión de Estado fue Jaime Guzmán y lo mataron el 91, hace ya bastantes años. Y después de él no hay nadie.

 

Almas vacías

La semana pasada Pablo Ortúzar publicó una columna que causó furor en las redes sociales y fue compartida más de 600 veces. Ahí hablaba sobre el lento proceso de muerte de la derecha que habría anticipado el propio Guzmán, al decir que “si lo mejor de nuestra gente se aleja del servicio público y sólo se dedica a ganar plata… nuestras ideas, nuestros principios y nuestros valores se van a perder, no se quejen después del Chile que van a vivir sus hijos, quizás con los bolsillos llenos pero con las almas vacías”.

-¿Ésa es la visión que usted tiene de la UDI, el partido de Jaime Guzmán? ¿Que están dedicados a la plata no más?

-La UDI, en algún punto, y la derecha entera, empezaron a entender que la realidad de la vida estaba en las cosas. Pero ésa es una vida sin sentido. Pensaron que mientras más pudiera consumir, la gente iba a ser más feliz, mientras más acceso a bienes tuviera, menos cuestionable iban a ser el sistema o las instituciones. Y pasó lo contrario. Este mundo construido en torno al consumo empezó a generar sus contradicciones, y ellos no tienen cómo hacerse cargo de esas contradicciones. El conjunto de ideas que la derecha terminó promoviendo los últimos 20 años, hoy ha dejado de tener mucho contacto con la realidad.

-¿Cuál es el futuro de un partido en el que sus fundadores y símbolos han sido acusados de cohecho y fraude tributario?

-Un partido que carga con eso tiene futuro en la medida en que es capaz de deshacerse de esos lastres, evidentemente. Un partido que está fundado sobre lealtades personales, independiente de todo estándar ético, no puede ser entendido como un partido que busca el bien común. Jaime Bellolio es un elemento de renovación, y su propuesta de fijar una doctrina para tratar todos los casos por igual, bastante estricta, es la esperanza que le queda a la UDI para salir de este problema. Pero si deciden que en realidad son un grupo de amigos que busca el poder, y que lo más importante para ellos es la amistad con las personas, y no con los ideales, ni con la República, eso no tiene ningún destino.

-¿Qué le parece la acusación de cohecho en contra de Longueira luego de la filtración de correos entre él y Patricio Contesse?

-El perfil del cohecho puede ser visto en el caso. Pero también es muy probable que los 700 y tantos millones involucrados hayan ido a financiamiento de campaña. Es lo más razonable de pensar, más que fuera plata que se llevó para la casa. Está igualmente mal, sólo que lo normaliza en el sentido de que sería un caso más parecido a todos los demás que han emergido.

-¿Cree en la inocencia de Longueira?

-Es que yo no entiendo las palabras de Longueira, es inocente de qué, qué va a probar. ¿Que no hubo cohecho? ¿Que el acuerdo era de todos? Eso es lo que hay que distinguir, si aquí lo que hay es un cuestionamiento a la forma en que el sistema político está operando, hay un cuestionamiento a la injerencia que tienen los grupos de presión en el sistema político. En mi opinión, dados los antecedentes que hay sobre la mesa, el caso es lo suficientemente escandaloso, independiente del nivel de responsabilidad jurídica que pueda tener Longueira. Muestra que el sistema político está operando de una manera que da la impresión de que hay una captura importante de los procesos legislativos por parte de grupos de interés poderosos.

“Lo que están haciendo Bachelet y Atria es preparar las condiciones para un camino al socialismo en Chile. Y en ese sentido, el gobierno es exitoso”.

-¿Cuál es el estándar que tiene que fijar la UDI?

-De partida deberían tratar todos los casos por igual, cosa que no están haciendo: Orpis, Novoa, Longueira, Moreira, Von Baer. Y debieran ser bastante estrictos.

-¿Cree que Bellolio tiene alguna chance de hacerlo, si es presidente de la UDI?

-No solamente tiene la posibilidad de hacerlo, sino que está obligado. Sería la razón por la que sería presidente, si no, para qué.

-¿Ve una esperanza en la bancada joven?

-El prejuicio de que los jóvenes son más puros es bastante poco razonable. Eso fue una de las cosas patéticas de 2011: esta ilusión de que la edad era un factor de limpieza, pureza, bondad, no tiene ningún sentido. Todos los políticos que están hoy en problemas, eran jóvenes hace algunos años. Fulvio Rossi era el joven primer presidente socialista de la FEUC que iba a renovar. Lo mismo Peñailillo. La edad no es garantía de nada.

 

La quilla y los navegantes

-¿Qué le parece el gobierno de Bachelet?

-Desastroso. Pero, al mismo tiempo, es un gobierno que tiene una visión de reformas–yo creo equivocada– y que la está llevando adelante en un contexto en el que nadie tiene una propuesta alternativa respecto de qué hay que hacer. Más allá de las críticas, la pérdida de popularidad y todo lo demás, Bachelet ha logrado, en un gobierno muy corto, sacar adelante sus reformas.

-Bachelet señaló que quería reencontrarse con Peñailillo, además aseguró que Cristián Riquelme contaba con toda su confianza. ¿Cree que ella no ha entendido que las exigencias hoy son más altas y de cierta forma está amparando conductas éticas cuestionables?

-Es un juego en el plano personal, muy propio de Bachelet: una respuesta personal a una pregunta política. No es que vaya a nombrar a Peñailillo nuevamente ministro del Interior, es recuperar la amistad, no tiene significación política. Bachelet está en una posición de avanzar ya sin mucha preocupación por su propia figura, sino instalar las reformas que cree que son claves y que le dan horizonte a la izquierda para los próximos 20 años.

-¿Qué le parece el nivel intelectual del discurso de Bachelet y la Nueva Mayoría? ¿Lo considera elemental?

-Yo creo que no. Lo que lograron armar es bastante elaborado, y en ese sentido, creo que Fernando Atria ha jugado un rol en términos programáticos, mucho más importante de lo que él se atribuye. No es que él esté dictándole a Bachelet todos los días qué decisiones tomar, lo que pasa es que el marco intelectual y el sentido de las reformas que se están llevando adelante están prefigurados en buena medida en su trabajo.

-Pero las reformas han sido muy cuestionadas...

-Atria no es un tipo que realiza políticas públicas, no tiene mucho sentido de realidad en ese plano. Evidentemente es un programa que en políticas públicas estaba más que mal preparado, al punto de que la mala ejecución de muchas de sus reformas amenaza el éxito también de esas mismas reformas. Pero mi punto es que el horizonte político en el cual están avanzando es súper claro. Es un gobierno que sí tiene quilla. Son pésimos navegantes, pero saben hacia dónde quieren ir. Y eso se nota. La despreocupación de Bachelet por la calidad de las políticas públicas tiene que ver con que ella prefiere marcar el rumbo de las reformas antes que fijar su calidad. A ella le interesa que la educación sea un derecho social. Si es de mala calidad, no le importa demasiado. Le importa cambiar la Constitución, pero no tiene una propuesta de qué Constitución quiere tener. Lo que está haciendo, lo que declara Atria cuando escribe, es preparar las condiciones para un camino al socialismo en Chile. Y en ese sentido, el gobierno de Bachelet es exitoso. Eso la derecha no lo tiene. En el caso de la derecha, la pregunta sería ¿por qué tenemos que ir hacia algún lado si está todo bien? Y esa respuesta hoy ha ido perdiendo legitimidad a una velocidad creciente.

-Cuando ustedes con Hugo Herrera plantean esto en el consejo político de Chile Vamos, ¿qué reacción observan, por ejemplo, de Andrés Chadwick?

-Es que mi discurso tampoco es anti-UDI, es una realidad. Simpatizante u opositor a ella, se da cuenta de que están en una posición donde la situación no se sostiene más. Obviamente hay gente que elige la irrealidad, y hundirse con el barco, pero esa postura no es responsable en el ámbito político. •••

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  • Juan Pablo Morande

    “Porque la FPP es un centro de propaganda que no se dedica a la elaboración de ideas, sino a repetir eslóganes. Es como empaquetar y vender.” Mientras traduce a Jesse Norman y lo felicitan por una columna donde dice exactamente lo mismo que dijo Kaiser (FPP) el 2009.

    La soberbia.

  • Cardenaldo

    La prensa chilena concede tribuna a una persona en relación inversa a su peso intelectual. A mayor peso, menor tribuna. Si habla sandeces: toda la tribuna que quiera. Un caso paradigmático es el de Camila Vallejo ¿Dónde se ubica Pablo Ortúzar? Bastante alejado de la militante castrista, pero no demasiado. En mi opinión, tanto Ortúzar como la mayoría de los “pensadores” de derecha está desconformado cerebralmente por la influencia del relato y el material izquierdista de propaganda.

    El ethos derechista es, con mucho, más realizador, fecundo e intelectualmente atractivo que la más educolcorada de las tesis socialistas. La desgracia es que yace tirado en el basurero, despreciado por gente como Ortúzar, ocupados 24/7 en encontrar una versión derechista de las entelequias zurdas. No way.

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