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La generación dorada de la arquitectura chilena

Alejandro Aravena, Smiljan Radic, Cecilia Puga, Sebastián Irarrázaval y Mathias Klotz son la punta de lanza de una camada de arquitectos nacionales que han alcanzado prestigio mundial. Detrás de ellos aparece la figura de Fernando Pérez, el maestro que los formó en la PUC. Ésta es su historia.

Por: Marcelo Soto y Vivian Berdicheski
Ilustración: Ignacio Schiefelbein

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Sucedió justo en el cambio de siglo. Jorge Silvetti, chairman del Departamento de Arquitectura de la Universidad de Harvard, le pidió a su colega Fernando Pérez una ayuda: “Quiero que me recomiendes a alguno de estos hot young arquitects que tienen en Chile”. Pérez, que era decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica y había hecho clases en Harvard, le entregó una lista en la que figuraban Alejandro Aravena, Mathias Klotz, Cecilia Puga, Smiljan Radic y Sebastián Irarrázaval.

Quince años después, esos mismos nombres resplandecen en el panorama arquitectónico no sólo local. Han expandido su prestigio más allá de nuestras fronteras y son objeto de publicaciones, realizan proyectos en diversos países y protagonizan, como han informado medios como Los Angeles Times, “el gran momento” de la arquitectura chilena en el mundo. No es casual que Aravena haya sido elegido director de la Bienal de Arquitectura de Venecia, un hito en la trayectoria nacional de la disciplina.

Como explica Emilio de la Cerda, director de la Escuela de Arquitectura de la PUC, “los anteriores directores de la Bienal han sido luminarias como David Chipperfield y Rem Koolhaas, que es el arquitecto vivo más importante de la actualidad. Ésos son los pares con los que se va a medir Alejandro. Y sin temor a equivocarme, me atrevería a decir que el rol que él va a jugar en la discusión global de la arquitectura, es el más importante que le ha tocado a un arquitecto chileno en nuestra historia”.

Son varios los elementos que configuran una suerte de momento estelar de la arquitectura nacional. A proyectos tan aplaudidos como el que hizo Smiljan Radic en la Serpetine Gallery de Londres, se suman premios como el recibido por el mismo Aravena el año pasado a la mejor obra de arquitectura, galardón que es entregado por el Design Museum de Londres. La obra distinguida fue el Centro de Innovación UC Anacleto Angelini, del estudio chileno Elemental.

“Hay pocos lugares en el mundo –comenta Aravena– donde uno pueda nombrar tan rápido a 10 arquitectos muy buenos. Miremos otros ejemplos de países que han logrado repercusión en la arquitectura internacional: cuando Portugal apareció en el mapa del mundo en los 90 había 4 arquitectos de ese nivel trabajando; en Suiza debe haber 7 o 8; en Japón, 10. Entonces, que en Chile pueda haber esa cantidad es un fenómeno raro”.

“Sin duda ellos destacaron desde un primer momento, como estudiantes talentosos, además de ser capaces de responder a una enorme carga de trabajo y rigor que les imponíamos. Creo que yo puedo ser responsable y culpable de haber impulsado talleres y cursos de mucha exigencia” (Fernando Pérez).

¿Cómo llegó la disciplina local –y en especial este grupo de cinco profesionales– a tan alto nivel? ¿Cuál es el factor común? “Se da una confluencia que llama la atención: pertenecen a una generación que hoy bordea los 50 años, estudiaron en la PUC y tuvieron como profesor a Fernando Pérez, quien jugó un rol importante”, afirma Marco Beovic, arquitecto de la UCV y académico de la Universidad Mayor. “De alguna forma se dio una combinación virtuosa. Aparte de talentosos, comenzaron a darse a conocer justo cuando el país se abría al mundo y a la democracia”.

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Es un día gris de junio y Fernando Pérez, reacio a dar entrevistas, dice que “no quiero salir como protagónico. Esto es el resultado de una conjunción de factores”. Estamos en la sede del Doctorado de Arquitectura y Estudios Urbanos de la Pontificia Universidad Católica, que él dirige desde hace una década. Firma varios papeles que le entrega su secretaria, toma un sorbo de té y sólo entonces comienza, primero a regañadientes, luego emocionado, a contar su historia.

“Las casualidades no existen”, afirma de partida. “La Católica de Santiago es una escuela heredera de la vieja tradición de la enseñanza de la arquitectura, y diría que ha logrado un cierto equilibrio, una cierta dialéctica entre capacidad productiva y profesional, por una parte, y planteo y pensamiento, por la otra. Alguna vez Alberto Cruz, de la UCV, me dijo: ‘Lo bonito es que ustedes tienen una tradición’. Es decir, no podemos olvidar que es una escuela de 120 años, y antes del auge actual, ya había conquistado un prestigio nacional e internacional muy respetable. Uno cuenta con eso, no es un fenómeno extraño que se produjo de repente; quizá ocurrió una acentuación, un cierto clímax, un cierto reconocimiento, pero dentro de un contexto y un período más amplio”, comenta.

“Yo estudié en la PUC, entre el 68 y el 73, y luego hice mi doctorado en Barcelona. Soy la primera generación de la universidad de la reforma; me tocó vivir años muy experimentales, años tensos, y años críticos. Hubo divisiones en el departamento, posturas distintas. Era un ambiente muy efervescente, también politizado y polarizado en términos arquitectónicos”.

Pérez, en la capital catalana fue un testigo privilegiado. “Estuve allá del 78 al 81, era el período de oro de la escuela de Barcelona, que se renovaba en el posfranquismo. El director era Oriol Bohijas, se había reunido gente muy buena: los hermanos Ignacio y Manuel Solà-Morales, y dos personas que para mí fueron muy importantes y me apoyaron en mi tesis doctoral, Helio Piñón y Rafael Moneo. Fue una experiencia fantástica, que me permitió formarme una especie de mapa de la cultura arquitectónica contemporánea que en ese momento, en Barcelona, estaba muy viva. Conocí, entre otros, a Ludovico Quaroni, Colin Rowe, Michael Graves”.

Le ofrecieron quedarse en España, pero sentía que tenía una obligación con su alma mater –que le financió, junto al Instituto Iberoamericano de Cooperación, el doctorado barcelonés– y volvió a Chile el 81. Se reintegró como profesor a la escuela, donde ya había estado trabajando desde que era estudiante, primero como instructor de media jornada y luego como académico jornada completa.
“Si soy franco, siempre he estado tratando de huir de la academia. Tengo obra, pero la docencia ha sido más preponderante. Me absorbía y me quitaba tiempo para dedicarme a mis proyectos. Quizá tenía una vocación oculta o debilidad de carácter y terminaba en la escuela”, se ríe.

-¿Es una coincidencia que se hayan dado estos nombres?

-Es raro que las cosas sean por azar. Hay un conjunto de factores que se han articulado para que esto sea posible. No diría que soy el cerebro; eso supondría un plan, como si yo me lo hubiera propuesto. Simplemente, vine a enseñar y a investigar después de que terminé mi beca, y al poco tiempo, me vi envuelto en responsabilidades administrativas: fui director de la Escuela entre el 87 y el 90, luego fui decano de la Facultad entre el 90 y el 2000. Tengo responsabilidad sobre la marcha de la Escuela durante 13 años seguidos, y era profesor en dos cursos importantes de primer año, que eran Taller 1 e Introducción a la Arquitectura, donde trabajé con Alejandro Aravena, que fue ayudante mío, y después heredó ese curso. Puede que sin quererlo haya tenido una gravitación sobre la Escuela, cuando comenzó a recibir reconocimientos internacionales.

-¿Cuáles fueron los hitos en ese proceso?

-La Escuela fue invitada a participar en la Bienal de Venecia, en los 90, y eso significó que apareció en un catálogo internacional. Recuerdo también el intercambio con EE.UU. Pero lo más importante es que se juntó un cierto rigor de la enseñanza, un cierto prestigio de la Escuela, una apertura internacional y sin duda el talento de esas mismas personas. Y eso se da en un momento en que Chile tiene un cambio político importante, y ese cambio, entre muchas otras cosas, como la apertura a la democracia, involucra una recuperación de los contactos internacionales de Chile, que en los 80 estaba aislado. Chile comienza a ser mirado con atención”.

“No puedo decir en qué orden este conjunto de cosas se articulan. Cuando se hace el Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos, en Barcelona, el año 96, que dirigió Ignacio Solà-Morales, Chile tuvo un papel destacado, en el cual cupo un rol importante a nuestra escuela y también la UCV. Yo mismo fui invitado a dar clases en Harvard, el 90 y el 96, lo que permite generar contactos. El 2000 fui por un año a Cambridge y, por esa misma época, Chile ya estaba figurando en los anales internacionales como teniendo una densidad de arquitectos y de obras de calidad superior a su población y extensión geográfica”.

Aparte de haber nacido en los 60, de haber estudiado en tiempos difíciles y desarrollar sus carreras en la transición, los cinco tienen experiencias que los comunican. Por ejemplo, la conexión veneciana. Tanto Alejandro Aravena como Smiljan Radic hicieron estudios de posgrado en Venecia; Mathias Klotz ha enseñado en el Instituto de Arquitectura de esa ciudad, al igual que Sebastián Irarrázaval. Y todos han exhibido su trabajo en la Bienal.

“Hubo un momento que recuerdo como algo especial, un seminario en Argentina a mediados de los 90, donde presenté un conjunto de obras chilenas. Se me acercó uno de los profesores, creo que era Álvaro Arrese, y me dijo: ‘¡Oye, pero qué cantidad de obras buenas tienen ustedes!’. Le dije: ‘Estoy mostrando un grupo de obras que me gustan, pero hay muchísimas malas, que no interesan’. Y luego agregó algo que me dejó pensando: ‘A mí me costaría encontrar ese número de obras de esa calidad en Argentina’. Fue una de las primeras veces que me saltó la idea: parece que hay algo que está pasando”.
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Aparte de haber nacido en los 60, de haber estudiado en tiempos duros y comenzar sus carreras en los inicios de la transición, los cinco tienen datos cruzados, experiencias que los comunican. Por ejemplo, la conexión veneciana. Tanto Alejandro Aravena como Smiljan Radic hicieron estudios de posgrado en Venecia; Mathias Klotz ha enseñado en el Instituto de Arquitectura de esa ciudad, al igual que Sebastián Irarrázaval. Y todos han exhibido su trabajo en la Bienal que se realiza en “La Serenísima”, a orillas del mar Adriático.

Aunque tienen miradas diferentes sobre su paso por la PUC, coinciden en que fue clave por la diversidad que entregaba. “El ambiente era muy estimulante, era una escuela un poco más chica”, recuerda Irarrázaval. “Las correcciones finales eran momentos muy importantes, yo iba a ver a los alumnos destacados: los proyectos de título de Alejandro o Smiljan eran esperados y observados. En esos tiempos todos se encontraban en el patio de la escuela, se veían y sabían lo que se estaba haciendo en los distintos talleres. A diferencia de lo que ocurre hoy, había más intercambio y contaminación”.

“Fernando Pérez me hizo clases de primer año y de Introducción a la Arquitectura. Eran muy importantes sus correcciones de taller, sus comentarios te marcaban... En términos de formación, él es muy iluminado”, explica Irarrázaval, mientras Aravena reconoce que fue un profesor “que me enseñó a pensar”.

Mathias Klotz menciona otros académicos que lo marcaron: “Mi pasada por la PUC fue determinante (y única), en mi formación como arquitecto. Pese a llevar 25 años ligado a la actividad académica, nunca más he sido alumno de otra institución... Fue una época cargada de un ambiente depresivo, pero recuerdo con especial cariño y agradecimiento, además de Fernando Pérez, a Montserrat Palmer y Hernán Riesco como profesores de taller, a Manuel Corrada como profesor de matemáticas, y a Ernesto Rodriguez en la lectura de poetas”.

Cecilia Puga comparte con Klotz el recuerdo de la sensación opresiva de esos años. “Me tocó estudiar en los 80 en plena dictadura, con las universidades bastante controladas, con muy poca apertura hacia el exterior. Vivíamos muy encerrados”. Sin embargo, en la escuela de El Comendador había cierta diversidad. “Una de las virtudes de la UC es que es una escuela muy plural, con muchas visiones distintas y eso es lo interesante. En algún minuto cuando era estudiante alegué porque la escuela tuviera una visión clara y definida. Mirábamos la UCV con admiración, sentíamos que allí había una vocación profunda con respecto a la ciudad, al territorio... Sentíamos que esa definición no se daba en la Católica. Pero después, cuando te enfrentas al mundo profesional, te das cuenta de que ese pluralismo o actitud no confesional con respecto a una doctrina arquitectónica, fueron algo súper positivo y muy formador para todos nosotros”.

“Hay un período muy bueno de la Escuela que empieza probablemente con el decanato de Fernando Pérez”, agrega la arquitecta. “Es el minuto postdictadura, de la democracia, un país creciendo al 7% y eso fue clave porque hubo muchas oportunidades para hacer trabajos para gente joven. Y había una Monserrat Palmer que publicaba la revista de arquitectura y después la distribuía en el exterior. Comenzábamos a tener visibilidad. En paralelo, empieza a crecer la industria editorial de la arquitectura especializada en el mundo y ya saturados los mercados europeos, americanos, se buscan otros escenarios y se empieza a mirar a Chile. Es un contexto global. Fueron muchos los factores que se dieron”.

Alejandro Aravena intuye una explicación, relacionada a las condiciones difíciles de los años en que se formó, marcados por estrecheces económicas y también políticas: “Supongo que es un cruce de haber sido entrenados dentro de un contexto de escasez. Y entiendo eso no como algo de lo que hay que lamentarse, sino como un filtro contra lo arbitrario y lo superfluo. Cuando no tienes suficientes recursos estás obligado a contestar estrictamente con lo que viene al caso, en relación a un proyecto determinado. Pasó en Chile en los 80 y 90, había una cierta fuerza asociada a cuestiones políticas que te obligaban a tomar posición, tenías que poder, aun dentro de esos contextos complejos de información, dar propuestas y hacer soluciones. Al revés, cuando hay abundancia de recursos suele derivar en escasez de sentido. Haber sido entrenados en la escasez, pensando ésta como un filtro ante lo innecesario, rindió sus frutos un par de décadas después”.

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Fernando Pérez, en su oficina, a pasos de su querida Escuela, se da un tiempo antes de contestar la siguiente pregunta.

-¿Los recuerda cuando eran jóvenes de primer año?

-Sí. Recién ingresados, de todos ellos me acuerdo perfectamente.

-¿Previó que llegarían tan lejos?

-Eso es difícil de prever. Que Alejandro, por ejemplo, sea director de la Bienal, es más de lo que uno pudiese esperar. Sin duda ellos destacaron desde un primer momento, como estudiantes talentosos, además de ser capaces de responder a una enorme carga de trabajo y rigor que les imponíamos. Creo que yo puedo ser responsable y culpable (se ríe) de haber impulsado talleres y cursos de mucha exigencia. Y ellos fueron capaces de responder a muy buen tono. Todo ellos fueron muy buenos estudiantes.

-Es difícil, pero ¿qué destacaría de cada uno de ellos?

-Alejandro Aravena es una persona con una gama de dotes muy variada: aunque no ejerce mucho, es un profesor extraordinario. Recuerdo haberle dicho eso. Él es muy buen arquitecto, pero también tiene una capacidad notable de entusiasmar, enganchar a los estudiantes. Mientras que Smiljan destaca por la enorme calidad de su obra. Él es más silencioso y siempre lo fue. Y pese a esa forma callada de ser, atrae mucho a los estudiantes, que sospechan que detrás de su trabajo hay una originalidad y una reflexión únicas.

Mathias es un hombre con una enorme efectividad como arquitecto, con una capacidad de producción bastante grande y una calidad de diseño extraordinario, que lo han dado a conocer internacionalmente por su propios méritos. Y me asombra su don para expresar un pensamiento sintético: puede definir un proyecto en una frase, y al mismo tiempo hacer algo muy rotundo y muy decidido. Sebastián también equilibra una capacidad de discurso, de inventiva y de resolución técnica formidables. Cecilia Puga fue parte de mi primera generación de estudiantes después de que volví de la beca. Ella es una persona de extraordinario talento, fui su profesor guía de proyecto de título, y recuerdo que ya en esa época ella destacaba por poseer una mezcla de inteligencia, creatividad y liderazgo.

-¿Cuál es el alumno más talentoso que ha tenido?

-Ah, no sé (se ríe). Aborrezco los rankings. No se puede ordenar linealmente lo que es vectorial. Hacer una fila, no. Ni lo pienso. A cada uno lo veo en su propia virtud. Son distintos. Su éxito depende de las coincidencias, entre lo que son sus virtudes, y las demandas de un momento dado.

-¿Hay algo en común?

-Vería en todos ellos la aspiración a un cierto rigor, rigor de diseño, rigor de discurso y una cierta capacidad, que es muy importante para un arquitecto, para ir desde el concepto y la palabra a la brutalidad del material. Un arquitecto no puede desarrollarse sólo con ideas o conceptos dando vueltas en su cabeza. Al final el asunto tiene que ver con cómo se junta esta pata con la cubierta (apunta con las manos la mesa de la oficina), y solucionar un problema, relacionar una idea con la manera en que dos materiales se encuentran. O la forma en que un edificio se dispone en el terreno o cómo se responde a una dificultad presupuestaria o cuál es la viabilidad política que tiene en un momento un proyecto equis. De maneras distintas todos ellos tienen esa capacidad de plantearse un problema arquitectónico con radicalidad, de poder expresarlo y poder llevarlo de manera continua y con rigor al mundo de la materia.

Los elegidos

El profesor Fernando Pérez destaca una obra de Puga, Klotz, Aravena, Irarrázaval y Radic. “Es mi selección, no significa que sean los mejores”, aclara.

1. “De Cecilia Puga destacaría esta última propuesta suya para el Palacio Pereira: una restauración creativa y a la vez rigurosa de un edificio prácticamente en ruinas. Recientemente me ha tocado trabajar asesorando al equipo para este proyecto, y volví a comprobar que Cecilia tiene una inteligencia, pero también una preocupación por el detalle. En ella la idea nunca traiciona la sensibilidad, ni la intuición ni la capacidad técnica”.

2. “Sin desconocer obras tan notables que ha hecho Smiljan, siempre cito a mis estudiantes uno de sus primeros trabajos, uno de sus refugios: Casa Chica, cuya descripción como un listado de materiales es francamente emocionante y muestra muy bien la personalidad de Smiljan. Él veía en cada uno de los materiales que ahí aparecían la historia de esos materiales. Una especie de gusto por la objetividad que al mismo tiempo está cargada de subjetividad.

3. “En el caso de Alejandro hay varias, pero el proyecto que lo dio a conocer, la Facultad de Matemáticas, me parece superlativo. Fue capaz de hacer de un encargo modestísimo un edificio memorable. También el Centro de Innovación que ha sido tan premiado y reconocido por su fuerza y por su originalidad”.

4. “Sebastián Irarrázaval tiene muchas casas notables, pero destacaría el Pabellón que diseñó para los 120 años de la escuela. Me parece soberbio el modo en que este globo circular muestra todo un problema técnico. El uso de la madera, el uso de lo ligero, lo desmontable, lo monumental, lo modesto... algunas de las mejores cualidades de Sebastián están puestas en ese pabellón”.

5. “Tengo una opinión quizá discutible, pero creo que una de las mayores contribuciones de Mathias ha sido la gestión, el impulso, y en parte el diseño del barrio universitario de la UDP. Ha hecho casas notables, dentro y fuera de Chile, pero realmente para un arquitecto convencer a una institución de instalarse en un lugar que podría haber sido discutible, proponer las estrategias para renovarlo, gestionar un conjunto de personas que participan en distintos diseños, todo eso me parece que es digno de la mayor admiración”. •••

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