Revista Capital

Juan Carlos Eichholz: “Estamos defendiendo demasiado los intereses del pasado”

Por Carla Sánchez M.
Fotos: Verónica Ortíz.

Aprovechando su año sabático en Estados Unidos –en 2012– Juan Carlos Eichholz se aventuró en escribir un libro. Podría haberlo hecho en castellano, pero prefirió en inglés, “porque parte del desafío era ir comentándolo con colegas míos en Nueva York y en Boston”. El ejercicio, dice, fue menos difícil de lo que pensaba. Lo que ha sido un verdadero parto, admite, es la traducción al español de Adaptative Capacity, que se vende en Amazon y a partir de marzo en español.

Eichholz (casado, 6 hijos) suele parafrasear a Darwin al decir que no son las especies más fuertes ni las más inteligentes las que sobreviven, sino las más proclives del cambio. Por ello, plantea que la verdadera ventaja competitiva en el mundo empresarial es saber adaptarse. Algo nada de fácil, ya que “la naturaleza está construida para permanecer en el statu quo: el cambio no es algo que resulte natural”.

Caso Penta: “La desprolijidad que se nota en el manejo de las platas es enorme y da cuenta en cierto sentido de ‘y a mí qué’”.

El ex panelista de Tolerancia Cero y profesor de la UAI plantea que la sociedad chilena está viviendo una transición social, antes que política y económica. Y más que desigualdad en términos de ingreso, Eichholz piensa que es más relevante la desigualdad en la distribución del poder. “Al final del día tienes una clase media emergente, con altas expectativas y empoderada, pero sujeta, en su mirada, a las decisiones de la misma elite que tradicionalmente ha decidido los destinos del país”, explica.

-Desde ese prisma, ¿la clase política no ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos?
-Yo hablaría de la clase dirigente en general, tanto del sector público como del privado. La sociedad ha cambiado y los dirigentes no se han adaptado. Ahí lo que tienes es una bomba que se ha ido armando desde la década del 2000 en adelante y cuyo primer estallido fue la marcha de los pingüinos, en 2006.

-Pero ya no tenemos un movimiento estudiantil tan fuerte como el que teníamos antes…
-No, porque parte de lo que ha sucedido posteriormente –y ésta es la gracia de la presidenta Bachelet– es que tiene una buena lectura de lo que pasa en la sociedad.

-Pero vemos que cae en las encuestas, ¿cuál ha sido su problema entonces?
-Antes de hablar del problema, hablaría de su activo, lo certero que ha sido ese diagnóstico respecto de lo que está pasando en la sociedad y de que es necesario cambios. Hay varias opciones de cómo te paras frente a esto. Una es seguir como estamos. Otra es decir “ok, hagamos reformas dentro del mismo modelo para generar mayor inclusión”. Eso es la vieja Concertación, es el discurso actual de Ricardo Lagos y de Andrés Velasco. Después, hay una tercera forma de abordarlo: hay que cambiar el modelo, pasar de uno liberal a uno socialdemócrata. Éste no es un gobierno de reformas, sino que de transformación. Y una cuarta alternativa es la revolución. El movimiento estudiantil actual ha perdido efectividad porque ha tomado este camino, el cual no se conecta con el sentir ciudadano y por eso va marginándose de lo que ocurre en el país.

-Considerando la baja en el apoyo ciudadano, ¿El Gobierno debería volver a una política de acuerdos más que reformista?
-Desde el punto de vista de forma, el Gobierno tenía un programa, que fue lo que se expresó en la campaña, pero no tenía un plan. Lo que hemos visto es mucha improvisación. Se notó en la reforma tributaria, en la educacional, probablemente menos en la laboral, donde ha habido tiempo de elaborar algo más…

-¿Cómo se explica esa improvisación si tuvieron cuatro años para prepararse?
-No sé si tuvieron 4 años, potencialmente sí, pero hay que pensar que parte de ese tiempo ella estuvo en Nueva York. Recuerdo que a fines de 2011 coincidimos en un almuerzo en la casa del cónsul chileno y no dejaba entrever absolutamente ningún interés presidencial; el tema lo evadía por completo, pero se notaba que tenía una añoranza por Chile.

-Hay un fenómeno bastante curioso: la gente quiere reformas, pero una vez que se empiezan a implementar pareciera que cambia de opinión…
-Por un lado, está el hecho de que no hay un plan, sólo hay un programa y por tanto, improvisación. Pero después hay un error en querer aplicar tantas reformas en paralelo. Bachelet lo entiende bien: cualquier cambio va a producir resistencia y cada persona va a tender a defender sus propios intereses. Ella, desde el principio dijo que iba a poner su capital político a disposición, porque está empecinada en llevar adelante las reformas. Pero lo que ocurre es que si vas con tanta reforma en paralelo, vas a generar mucha más resistencia de aquélla que quizás puedas manejar. Si la popularidad de la presidenta cae de 35%, la cosa se pondría muy complicada.

Presidenta Bachelet: “Antes de hablar del problema, hablaría de su activo: lo certero que ha sido ese diagnóstico respecto de lo que está pasando en la sociedad y de que es necesario cambios”.

Privilegios del pasado

-Hablando del concepto central de su libro, ¿a la presidenta Bachelet le ha faltado capacidad adaptativa?
-La receta normal te diría que si vas a llevar adelante estas reformas uses la experimentación, que es la base de la adaptación. Es decir, no te tires con grandes Transantiagos. Ella tiene la lógica de la gradualidad, sin embargo, son muchas reformas al mismo tiempo. Si se hubiese centrado solamente en la reforma educacional –que es la más ideológica– nos permitiría tener un debate como país de verdad. El desafío no es la igualdad, que es una bandera que muchos enarbolan, sino que la inclusión, una palabra mucho más de centroizquierda.

-El concepto más utilizado por el Gobierno es el de acabar con la desigualdad…
-Ésa es una forma equivocada de parafrasearlo. La presidenta también ha hablado de inclusión, lo que pasa es que se ha perdido ese concepto a manos del de la igualdad. El punto es que no se trata sólo de inclusión, sino que de incluir sin excluir. Al final, lo que quieres es un país donde seamos capaces de aprovechar la mayor cantidad de capacidades que están ahí. Desde esa lógica, se puede empezar a juzgar el contenido de las reformas. Lo que ocurre es que Bachelet, en la práctica, no le cree a los sostenedores que dicen que van a dejar de tener colegios porque ahora no van a tener fin de lucro. Ella tampoco les cree a los empresarios que dicen que van a llevarse la plata fuera de Chile porque deben pagar más impuestos, ni a esos estudiantes que afirman que no tienen incentivo para estudiar porque no pueden acceder al Instituto Nacional como antes…

-¿Usted les cree o siente que se ha instalado en Chile una suerte de pesimismo colectivo?
-Estamos siendo reaccionarios más allá de la cuenta y, como país, estamos demostrando una capacidad adaptativa que no es suficientemente alta. Estamos defendiendo demasiado los intereses y los privilegios del pasado, no mirando hacia futuro. No estamos cuestionando suficientemente el que el modelo de desarrollo que tuvimos durante las últimas 4 décadas también posee rendimientos decrecientes: está llegando a un cierto límite. Ese crecimiento está basado en eficiencia en la gestión de procesos y lo que viene hacia adelante tiene que ver con explotar el capital humano, la creatividad, la innovación.

-Ese pensamiento explica en parte por qué la derecha no fue reelecta…
-Totalmente.

 

Penta: un caso “gravísimo”

-¿El caso Penta confirma que no hay separación en Chile entre el poder económico y el político?
-Este caso confirma que ha habido una cercanía entre el poder económico y político mayor que la deseable en una democracia.

-¿Cree que lo que ocurrió es grave?
-Gravísimo. Como sociedad, hemos avanzado en esta “transparencia” para entender desde dónde opera cada persona, pero aquí lo que tenemos es un sistema que incluye gente del grupo Penta y de la UDI, que venía funcionando hace 20 o 30 años de una determinada manera  y no supo adaptarse a las mayores exigencias que la sociedad fue imponiendo durante la última década. La desprolijidad que se nota en el manejo de las platas es enorme y da cuenta en cierto sentido de “y a mí qué”. Honestamente, no veo mala intención, sino el no entender las exigencias que está imponiendo la sociedad sanamente, legítimamente.

-¿Qué lecciones deja este caso?
-Hay que mirarlo como parte de un proceso que se ha ido dando gradualmente durante la última década, donde es cada vez menos admisible que haya conflicto de interés entre el sector privado y el público, porque al final los políticos terminan votando no por los intereses del país, sino que eventualmente para satisfacer los de ciertos grupos.

-Hernán Büchi dijo que si van a investigar, que investiguen a todos. ¿Cree que en la Nueva Mayoría ocurre lo mismo?
-No lo sé, cosas como éstas seguramente deben ocurrir, pero el nivel de desprolijidad que se ve acá es demasiado llamativo. En el caso del financiamiento de las campañas, tienes una ley que está bien pensada pese a lo vilipendiada que se encuentra hoy en día.

“Algunos piensan que éste es el fin de la UDI, otros que el partido va a ser capaz de aguantar el vendaval y lo que creo está en juego es su capacidad adaptativa”.

-Pero con topes…
-No son topes tan bajos, son bastante razonables (la ley establece un financiamiento privado máximo de 2 mil UF para un candidato a presidente y 1.250 UF en caso de senador o diputado). Si hablas con parlamentarios o alcaldes que llevaron sus campañas, te das cuenta de que era perfectamente posible, lo que requería era una cierta prolijidad para gestionar bien esas platas. En este caso particular, en el grupo Penta las cosas se siguieron haciendo como si esa ley nunca hubiera existido. Para mí el problema no son tanto los montos, sino que en el hecho de no estar entendiendo la sociedad en la que estás viviendo.

 

La estrategia ciega de la UDI

-Carlos Peña habla del fraude de la UDI, que no era un partido sino que la dependencia del grupo Penta. ¿Comparte su opinión?
-Me parece un poco exagerado, pero hay un sistema que estaba operando de una determinada manera, no creo que de mala fe…

-¿Fue bueno el mea culpa de la UDI?
-Totalmente, necesitaba hacerlo y el problema que tiene hoy en día es que su discurso está centrado en la unidad del partido y el cómo se cuidan unos a otros en esto. No todos han sido partícipes de estas malas prácticas o irregularidades, entonces cada vez con más fuerza va a empezar a surgir la presión de aquéllos que ya están diciendo tras bambalinas “¿por qué tengo yo que aguantar y poner mi cara y mi capital político por errores que han cometido otros?”. Eso se va a hacer muy difícil de manejar.

-¿Cree que Ernesto Silva debería dejar la presidencia?
-La presión va a ir haciendo eso cada vez más necesario.

-¿Lo peor está por venir? ¿Hay riesgo de que desaparezca la UDI?
-Algunos piensan que éste es el fin de la UDI, otros que el partido va a ser capaz de aguantar el vendaval y lo que creo está en juego es su capacidad adaptativa.

-¿Y la tiene?
-Hace rato que la UDI está enfrentada a generar cambios. Llegó a su peak en 2001 como principal partido del país con una estrategia y de ahí en adelante empezó a ser cada vez más ciega frente a lo que estaba pasando en la sociedad, se parapetó en su propia fortaleza. En la última década ha mostrado bastante poca capacidad adaptativa. Hay voces internas que tienen una buena mirada, pero que son opacadas por aquéllos que han estado más tiempo en el poder. Ernesto Silva era de los que tenía una mirada distinta, pero apenas asumió tuvo que enfrentar todo este vendaval que se le ha venido encima. Es una de las cosas buenas que estaba pasando en la UDI...

-¿Cómo avizora el futuro del partido?
-A la UDI le va a costar mucho salir de esto sin un quiebre interno.

-¿Qué estrategia le recomendaría a la derecha para superar la pérdida de legitimidad?
-En la derecha está pasando un fenómeno interesante que debiera ser observado también por el empresariado. Si miras 6 meses atrás, antes de que apareciera el caso Penta, te darías cuenta de que el bloque estaba bastante golpeado por el resultado electoral, aprendiendo a ser minoría en el Congreso y a conectarse con la ciudadanía. Se dio cuenta de que había una clase media que no había mirado lo suficientemente bien, está entendiendo un poquito más lo que pasa. El empresariado se encuentra en una posición bastante parecida. Parte de él, frente a todo lo que está pasando en el país, tiende a parapetarse en la fortaleza y ponerse a la defensiva, diciendo que produce crecimiento y empleo. Lo que ocurre es que la clase media emergente está atacando la fortaleza en la que se encuentra el empresariado, el cual no puede pretender que va a ganar la batalla con eso. Si se queda en ese pensamiento, simplemente van a botar las paredes. Hay que abrirse como sociedad, no tener una mirada miope. •••

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“Lo del padre John O’Reilly es un dolor grande”

Más de dos años estuvo Juan Carlos Eichholz como panelista de Tolerancia Cero, y aunque echa de menos la adrenalina y el estar debatiendo en una época “fascinante” –desde marzo de 2009 al 2011– es “etapa superada, como dice mi señora”, ríe.

-¿Cómo se define en términos valóricos? ¿Ha cambiado en algo sus posturas?
-Creo tremendamente en la libertad de las personas. No tengo ningún problema con la homosexualidad –respecto al tema del matrimonio se puede discutir cuándo la sociedad está preparada para eso– y no poseo mayores dificultades con el divorcio, entendiendo que hay que hacer esfuerzos por preservar el núcleo familiar. Respecto del aborto, tengo diferencias por una cuestión de libertad, ya que finalmente no está de por medio sólo la autonomía de la madre, sino que hay un ser vivo.

-¿Qué le parece que el Gobierno esté impulsando la agenda valórica?
-No tengo mayor problema con que se discutan estos temas, pero desde el punto de vista estratégico, de los cambios y transformaciones que quiere llevar adelante este Gobierno, me parece un error agregar más elementos a las reformas en curso. Con ello, está gastando su capital político donde probablemente no debería hacerlo.

-¿Legislar sobre estos temas no es adaptarse a la realidad?
-No puedes estar llevando veinte transformaciones en paralelo, te vas a llenar de enemigos por todos lados. El Gobierno debe preguntarse cuáles van a ser aquellas transformaciones que van a ser capaces de cambiarle la cara a Chile y que probablemente podrán ser seguidas de otras. Puede utilizar la agenda valórica como un volador de luces para que las otras reformas tengan menos resistencia y visibilidad, para que puedan pasar como letra chica.

-¿Cree que ello está pasando?
-No creo que en La Moneda sean tontos. Si miras bien, es cada vez más evidente que la reforma constitucional, por ejemplo, está quedando rezagada y eso es estratégico.

-¿Se decepciona de la Iglesia con casos como el del sacerdote John O’Reilly, a quien le quitaron la nacionalidad por gracia?
-Es un dolor grande. La Iglesia es una organización que ha vivido cerca de 2 mil años, compuesta por hombres y, en general, tiendo a mirar más el lado humano de la organización que el divino. Desde ese lado, es obvio que va a estar expuesta a errores grandes que no se condicen con el predicamento de la institución.

-¿Sigue siendo miembro de los Legionarios de Cristo?
-Hace mucho tiempo que participo menos activamente. Desde antes que ocurrieran estos casos.