Poder

Barack Obama en su laberinto

Cuando se acercan elecciones senatoriales en EE.UU., se ha reforzado la imagen de un presidente frío y distante, lento a la hora de responder a las crisis tanto domésticas como internacionales.

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Por Edmundo Paz Soldán*

EFE_Obama

Hace un par de semanas, el presidente Barack Obama reveló que su tarjeta de crédito había sido rechazada en un restaurante de Nueva York. A eso se añade que, a fines de agosto, de visita en la misma ciudad, Obama quiso jugar golf y los más importantes clubs privados –Winged Foot, Willow Ridge y Trump National Golf Club– rechazaron la posibilidad; no querían someterse a las regulaciones del servicio secreto, que impedían que los socios pudieran estar jugando al mismo tiempo. La tarjeta rechazada y el desdén de los clubs de golf que hace algunos años se desvivían por atenderlo, son potentes muestras simbólicas de la impopularidad de Obama en un momento crucial para su gobierno: a días de las elecciones de noviembre, cuando parece claro que el Partido Republicano recuperará el control del Senado y con ello echará por tierra cualquier sueño del presidente de que sus dos años finales sean tranquilos.

En las encuestas, Obama tiene alrededor del 40% de apoyo, el promedio más bajo de su presidencia; otras mediciones señalan que es considerado el peor presidente norteamericano de los últimos 75 años, superando incluso al ineficiente Jimmy Carter. No es para tanto, pero es cierto que en los últimos años Obama ha logrado alienar a sus más consistentes defensores y dar más razones para el rechazo a sus enemigos de siempre. Sus defensores progresistas no le perdonarán jamás haberse mostrado no tanto como el hombre que desmontaría la política exterior de George Bush Jr., sino como su continuador: la prisión de Guantánamo sigue abierta, Obama ha autorizado más ataques con drones que su predecesor, y el número de inmigrantes deportados es mayor que el de gobiernos republicanos. De nada sirve haber declarado el final de la guerra en ese país y Siria, cuando la crisis provocada por el Estado Islámico en Siria e Iraq ha hecho que el Ejército norteamericano vuelva a lanzar ataques en el Medio Oriente. A todo eso se añade, en el plano doméstico, la crisis desatada por haber autorizado el acceso de la NSA (Agencia Nacional de Seguridad) a las comunicaciones privadas –llamadas telefónicas, correos electrónicos– de los ciudadanos, sin previo permiso de éstos.

Para la derecha, el plan de salud implementado por el presidente, conocido como Obamacare, ha sido el ejemplo más claro de todo aquello que siempre han criticado en los demócratas: su compulsión por expandir la presencia del gobierno en la vida del ciudadano. De nada sirve que Obamacare esté ayudando a subsanar los problemas de un sistema de salud que no está a la altura del de los países más prósperos de Occidente, haciendo que muchos hasta entonces no asegurados puedan al menos contar con los beneficios más básicos. Las críticas de los republicanos tienen eco: hoy son muchos más (72%) que al comienzo de la presidencia de Obama (55%) los que ven al “gran gobierno” como el principal mal por erradicar. Obama parece destinado a no sacar partido de sus éxitos principales: ya son casi 30 meses seguidos que se han añadido trabajadores a la economía. La clase media, sin embargo, no ha sentido un gran cambio, y el tema que domina en estas semanas previas a las elecciones es la ansiedad ante el estado de la economía.

Parte del problema tiene que ver con el estilo de liderazgo de Obama, un abogado muy racional que desconfía de gestos viscerales, populistas, de sacar más partido a todo lo que significa él como un símbolo poderoso de cambio. Así, por ejemplo, se desaprovechó la crisis racial provocada por los incidentes en Ferguson; Obama podía haber usado esos días para dar un discurso de unidad más allá de la diversidad racial, y no lo hizo. Para la paranoia desatada por el virus del Ébola, Obama prefirió, al principio, no hacer nada, como molestándose de que la ciudadanía tuviera un miedo irracional ante algo que no lo ameritaba; pero los miedos, miedos son, y los errores de las instituciones en el manejo del tema hicieron que al final, un par de semanas después, Obama tuviera que nombrar un “zar” para hacerse cargo de la respuesta al ébola. El daño, sin embargo, ya estaba hecho: varios días de cobertura negativa, que reforzaron la imagen de un presidente frío y distante, lento a la hora de responder a las crisis tanto domésticas como internacionales.

A juzgar por estos seis años, Obama no quedará en la historia como un gran presidente, pero tampoco será recordado como uno de los peores; lo más probable es que quede como uno de esos del montón. Mientras tanto, se vienen las elecciones de noviembre, y los demócratas busca la manera de esconderlo, para que su presencia no dañe aun más de lo que ya lo hace a los candidatos del partido. •••

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