Poder

¿Importan las minorías políticas?

La frase “pasar la retroexcavadora” recuerda demasiado la brutalidad de las políticas de Pinochet. Extraño que un opositor al régimen militar como Quintana utilice el mismo tipo de retórica.

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Por Juan Luis OssaDirector del Centro de Estudios de Historia Política Universidad Adolfo Ibáñez

En una de sus intervenciones más lúcidas durante la década de 1870, el entonces joven y ambicioso José Manuel Balmaceda realizó un detallado análisis del papel de las minorías políticas en un escenario democrático como el chileno. Corría el año 1873 y Balmaceda formaba parte de una coalición de gobierno que poseía la mayoría para introducir cambios profundos en el sistema político chileno. Tan sólida era su posición que Balmaceda podría haber defendido el derecho parlamentario de su coalición de hacer prevalecer sus argumentos sin mayor diálogo con la oposición minoritaria. Sin embargo, en un afán por llegar a un acuerdo transversal y representativo de los diferentes sectores políticos de la época, Balmaceda hizo exactamente lo contrario.

En la ocasión, el futuro Presidente de la República señaló ante la Cámara que “la representación debe ser verdadera, y así como en la opinión hay mayorías y minorías, en el parlamento debe haber representantes de unas y otras. La mayoría impondrá su opinión por la fuerza del voto, como ha debido triunfar en las urnas por la fuerza del número; pero la minoría se hará oír, y aun vencida representará las opiniones e intereses que le dan existencia. […] Se comprende que para hacer práctica la marcha del progreso, y para dar unidad a la acción del Gobierno, se entregue a la mayoría la dirección del Estado. Mas no se explica por qué las minorías han de quedar anuladas en el Congreso cuando no lo están en la opinión, sin palabra, sin representación alguna, contra toda justicia distributiva, contra toda conveniencia social, y quebrantando el principio de igualdad que sanciona la Constitución y sobre el cual reposan los fundamentos de la democracia”.

El debate sobre el ejercicio de las mayorías no era nuevo. Ya Jean-Jacques Rousseau había manifestado su opinión en El Contrato Social, en cuyo Libro IV, Capítulo II se argumenta que “todos los caracteres de la voluntad general están en la mayoría”. Es decir, como plantea Carlos Garrido López, en El Contrato “la voz del mayor número” decide “las cuestiones colectivas”. El principio de unanimidad aquí es evidente, como también lo son los peligros que este argumento puede acarrear a la libertad individual. En efecto, la unanimidad es lo mismo que obligar a la minoría a “acatar una ley aprobada por otros”. No se trata, por supuesto, de juzgar a Rousseau como un “antiliberal”; hacerlo, sería olvidar el contexto histórico del pensador ginebrino y su lucha contra el despotismo monárquico. Se trata, más bien, de saber cómo y por qué la afirmación de Rousseau produjo tanto impacto durante los siglos venideros, no sólo en Europa sino también en Chile.

No basta con obtener el 51% de los votos para arrogarse la potestad de hacer y deshacer en materia de gobierno y en nombre del “colectivo”. De ahí que las críticas actuales a la obsesión de la Nueva Mayoría de hacer “cumplir el programa” a toda costa y sin mayor filtro sean absolutamente pertinentes.

Durante la Independencia, la obra de Rousseau fue citada recurrentemente por los hombres de letra locales. Ahora bien, detrás del uso de los chilenos del principio mayoritario de Rousseau se escondían dos argumentos excluyentes: por un lado, se defendía el derecho de los “pueblos” a elegir a sus autoridades sin la intervención divina del rey. Con posterioridad, esta idea daría legitimidad a la opción independentista. Por otro, se utilizaba la palabra “mayoría” en términos abstractos, pues ni siquiera un rousseauniano como Camilo Henríquez estuvo dispuesto a aceptar que la unanimidad deviniera democracia directa. Para ellos, la mayoría era un fin en sí mismo sólo si era ejercida por una elite social y políticamente restringida. Un siglo después, y ahora en Europa, Hitler plantearía una cuestión similar, aunque ya no de forma abstracta. A pesar de que en las elecciones de marzo de 1933 el nazismo no consiguió una mayoría absoluta, el 43% obtenido en las urnas fue suficiente para que la posición progresivamente unanimista de Hitler derivara en la justificación de sus crímenes y abusos. La mayoría en este caso fue asimilada al bienestar “colectivo”, dando curso a la legitimidad espuria de las estructuras totalitarias.

De hecho, si existe un efecto perverso de la lectura anacrónica del trabajo de Rousseau, esa es la justificación de los totalitarismo como portavoces de la mayoría. No basta con obtener el 51% de los votos para arrogarse la potestad de hacer y deshacer en materia de gobierno y en nombre del “colectivo”. De ahí que las críticas actuales a la obsesión de la Nueva Mayoría (nótese el uso del concepto “Mayoría”, con mayúsculas) de hacer “cumplir el programa” a toda costa y sin mayor filtro sean absolutamente pertinentes. La desafortunada frase de Jaime Quintana en cuanto a que la mayoría parlamentaria del gobierno le da suficiente legitimidad para “pasar la retroexcavadora” en nombre del “pueblo” recuerda demasiado la brutalidad de las políticas policiales de Pinochet, las cuales, como se sabe, solían ir acompañadas de eufemismos que avalaban el uso de la fuerza con el fin de proteger a la “mayoría” del “cáncer marxista”. Extraño que un opositor de Pinochet como Quintana utilice el mismo tipo de retórica.

El programa de Bachelet es un papel con ideas que, como todos los papeles con ideas, merece reparos, críticas, ajustes y cambios. Si los adláteres de la presidenta creen que su popularidad y superioridad actual en el Congreso bastan para imponer su posición por sobre la minoría (que, de seguro, no sólo está representada por la Alianza sino también por sectores de la DC y uno que otro socialista), entonces estamos ante el serio peligro de que, como decía Balmaceda más adelante en su discurso, el poder “sin rival y sin contrapeso” de la mayoría paralice “la vida pública, sojuzgándolo todo según sus propósitos”. Es de suponer que Bachelet, que conoció de primera mano el unanimismo pinochetista, no querrá que “la política” se haga “infecunda” ni que el “personalismo” prevalezca “sobre la virtud y el talento”.  •••

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