Poder

Economía y política como compartimentos estancos

Pareciera que eso que nos hizo recuperar la democracia –la política partidista– está a la baja.

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Por Juan Luis Ossa.
Director del Centro de Estudios de Historia Política Universidad Adolfo Ibáñez

Es obvio decirlo, pero vale la pena repetirlo: los gobiernos deben diseñar las políticas públicas considerando sus costos y beneficios, no sólo económicos sino también políticos. La economía es tan política como ésta es económica, cuestión que explica por qué en tiempos de vacas gordas los gobiernos tienden a ser más populares y, algunas veces, más audaces en sus propuestas de gobierno. No obstante, existen casos en que, ya sea por conveniencia o convencimiento ideológico, la economía y la política corren por carriles divergentes, como si de compartimentos estancos y excluyentes se tratara. Cuando esto sucede, una de las dos –en general, la política– es inevitablemente marginada a un segundo plano.

Aunque con algo de cautela, me atrevo a plantear que los estudios históricos sobre la administración de Sebastián Piñera se toparán con que, a diferencia de la economía, la política fue mirada con recelo y algo de desdén. En efecto, Piñera hizo lo posible por separar ambos mundos, poniendo un énfasis excesivo en los números económicos en detrimento de la política partidista. Los resultados macroeconómicos de su administración son sobresalientes: el desempleo bajó considerablemente; el crecimiento económico estuvo muchas veces por sobre lo esperado; el gasto público no sufrió un recorte abrupto (a pesar de las opiniones en contrario provenientes tanto de la oposición como de sectores de gobierno); los derechos de los consumidores fueron defendidos con convencimiento y sin miedo a las grandes empresas; y la inflación se mantuvo controlada a pesar del incremento constante de la demanda interna.

¿Puede decirse lo mismo de los aspectos políticos del gobierno que culmina?

Es cierto que los grandes consensos ideológicos no fueron –ni creo que lo serán en el futuro inmediato– cuestionados por el gobierno de Piñera. Sin embargo, si durante los últimos años la Concertación gobernó con los partidos políticos (el primer gobierno de Bachelet se aparta algo de dicha característica) y utilizando el diálogo como herramienta, algunas de las actuaciones de Piñera durante su gobierno se apartan de esa tradición. No se trata de hacer una defensa cerrada de los partidos políticos; mal que bien, para que el Ejecutivo logre sintonía con los mecanismos partidistas se necesita de ambas partes y, como es sabido, muchas veces estos últimos le negaron la sal y el agua a proyectos emblemáticos de Piñera (sobre todo a aquellos que podríamos denominar “liberales”, como el AVP). Simplemente se trata de poner sobre el tapete algunas actuaciones del mandatario saliente durante estos últimos cuatro años, los cuales dicen más de él mismo que de un proyecto político de largo plazo.

La primera señal de que el gobierno de la Alianza relegaría a la política colectiva a un segundo plano se encuentra en el momento de la conformación del primer gabinete. En dicha ocasión se optó por un equipo técnico y académicamente capacitado, cuya función principal era dar dinamismo a la economía. El plan original se logró en buena medida, pero a un costo inmenso. En primer lugar, fue un error garrafal nombrar como ministro del Interior a un amigo personal (es increíble que Michelle Bachelet haya cometido el mismo error). Cuando eso sucede, el poder de maniobra del jefe de gabinete es muy escaso y supeditado a los vaivenes de quienes ocupan la primera magistratura. Rodrigo Hinzpeter fue un buen jefe de campaña. Empero, una vez en La Moneda no logró articular acuerdos políticos de importancia, y eso fue principalmente porque decidió concentrarse en la seguridad y no hacer uso político de sus facultades.

El cierre de Barrancones fue la segunda señal de aquel cierto desprecio por la política que le conocemos a Piñera. Proyectos de esa envergadura no se cierran unilateralmente, por mucho que la ciudadanía más vociferante así lo demande. Se requiere de negociaciones; de conversaciones en las que participen grupos no necesariamente cercanos al presidente; de opiniones de expertos sobre los costos y beneficios del cierre. Si esto no ocurre, queda la imagen de que basta sólo un llamado telefónico de un poderoso a otro poderoso para que las reformas tomen vuelo o se estanquen. Y eso en una democracia representativa no debería ocurrir.

Un tercer ejemplo dice relación con el papel de Joaquín Lavín en el Ministerio de Educación. Como si se tratara de un centro de encuestas, Lavín hizo de su cartera un lugar de eterna medición, preocupado como estaba de que los resultados educacionales macro sobresalieran de manera forzosa y sin una reforma estructural de por medio. Así, Lavín enfrentó la educación con mirada economicista, olvidando –o dejando de lado– que su mejoramiento pasa sobre todo por un acuerdo político mancomunado entre muchos sectores (aquí los estudiantes y la Nueva Mayoría deberían comprender que sus posiciones no son las únicas que están en juego). Se podría argumentar con razón que Piñera avizoró los errores de su ministro y que el Ministerio enmendó el rumbo gracias a sus sucesores. Aún así queda la impresión de que el objetivo central de Educación continuó siendo cortoplacista y que las reformas estructurales –esas que se consiguen con política– no fueron nunca verdaderamente enfrentadas.

Y finalmente tenemos lo ocurrido a lo largo de 2013. Sin duda, el gran triunfo político de Piñera vino en el mes de septiembre: ahí se mostró como el ejecutor de un gobierno preocupado por los Derechos Humanos (algo similar ha realizado ahora último con el caso de Venezuela). El problema es que su actuar trajo dos consecuencias fatales. En primer lugar, al intentar erigirse como el paradigma anti-Pinochetista, el presidente mostró una faceta deslavada, ya que sabemos que su oposición a la dictadura fue más bien tibia (no basta una fotografía en el teatro Caupolicán o votar que NO para convencernos de lo contrario). En segundo lugar, consciente o inconscientemente se vio que lo suyo es la reelección en 2017 más que transformarse en un líder de coalición. Septiembre fue, de hecho, la tumba para cualquier aspiración que tuviera Evelyn Matthei y, con ello, el de una coalición exitosa.

Con todo, el futuro no deja de ser promisorio para Piñera. Las derechas se han aferrado cada vez más a él y lo han reconocido como el único líder capacitado para regresar a La Moneda. Incluso parece no importarles el pasado democratacristiano del aspirante, como sí les importaba hasta no hace poco. Pero esta dependencia conlleva el serio peligro de ahondar aun más en el caudillismo que le conocemos a los sectores de derecha y centroderecha. Y esto al mismo tiempo que los partidos políticos se debilitan y que tenemos ante nosotros a una Nueva Mayoría totalmente dependiente de Bachelet. Pareciera que eso que nos hizo recuperar la democracia –la política partidista– está a la baja y que los próximos años tendremos que contentarnos con el economicismo piñerista y el reformismo atolondrado bacheletista. Dos caras del mismo tipo de liderazgo personalista. •••

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