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¡Por las achicorias! Los avatares de la belga Orafti en Chile

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Hace justo cuatro años se instaló en Chile la firma belga Orafti, en la VIII región. Trabajaron duro en iniciar la producción de ingredientes para la industria de alimentos funcionales a partir de la achicoria. Lucharon con tesón contra la férrea tradición de los agricultores y se enfrentaron al invierno más lluvioso de los últimos 200 años. Hoy, el dólar, el precio de la energía y otros obstáculos los asedian. Aún así, siguen creyendo que Chile fue la mejor carta para su expansión mundial. Por Cristián Rivas Neira.

En febrero de 2004 la agricultura sureña recibió con muy buenos ojos la llegada de la compañía belga Orafti, que anunció la instalación de una planta productora de inulina y oligofructosa en la VIII región. Aunque de estos productos se tuviera poco o tal vez nada de conocimiento en Chile –sólo comenzaron a producirse hace unos 15 años para agregar a alimentos agrupados en la categoría de nutrición sana– lo relevante del arribo además de la inversión que rozaba los 200 millones de dólares, era que implicaba la instalación de un nuevo cultivo agrícola en Chile, la achicoria (vegetal que sólo tiene el nombre en común con la verdura de consumo doméstico), que emergía como alternativa a los agotados productores de remolacha y cereales.

La representante de
Orafti, Sylvie Altman,
recuerda que tras las
inéditas lluvias que
aguaron la partida de la
firma en Chile pensaron:
si pasamos este año y
sobrevivimos, estaremos
aquí por siempre.

En el gobierno; particularmente, entre las autoridades de la Región del Bío Bío, dirigidas en ese entonces por el intendente Jaime Tohá, el optimismo frente a la llegada de la firma europea se justificaba porque emergía una nueva alternativa de empleo, que implicaba puestos de trabajo temporales para el cultivo –en medios de prensa se hablaba de por lo menos un par de miles de empleados– y otro tanto en las faenas industriales localizadas en la comuna de Pemuco, pocos kilómetros al sur de Chillán.

En la empresa también manifestaron su confianza. Desde Europa, varias agencias internacionales reprodujeron declaraciones de ejecutivos que hablaban sobre el positivo panorama de la compañía con su segunda planta y la primera fuera de Bélgica. Habían analizado distintos países en un lapso de dos años y Chile emergía como la carta más segura; principalmente, porque las condiciones climáticas eran óptimas y muy similares a las del viejo continente.

Con esta inversión, además, ayudarían a satisfacer la activa demanda por la inulina y la oligofructosa extraídas de este vegetal, las que en el último tiempo se han transformado en ingredientes alimenticios naturales muy apetecidospor sus altos beneficios nutricionales en bebidas, lácteos, jugos, frutas, pastas y embutidos, entre otros, y su consumo está creciendo a tasas de dos dígitos. Básicamente, porque entre sus propiedades figuran mejoras al tránsito intestinal, reducción de la osteoporosis y mejoras en los sistemas naturales de defensa. De ahí la millonaria inversión de la compañía para expandir su producción fuera de Europa.

Como se trata de una industria nueva en el mundo, en la que sólo compiten tres compañías europeas, hay unas 25 mil hectáreas de achicoria plantadas. Casi lo mismo que había de remolacha hasta hace algunos años, aunque sólo en Chile. Por eso, aprovechando la disponibilidad de tierras a nivel local, esperaban inicialmente alcanzar unas 7.000 hectáreas de achicoria en pocos años. Claro que el destino quiso otra cosa.

En la temporada actual, la cifra recién supera las 1.800 hectáreas, tras dos temporadas anteriores en que el clima y diversos factores les jugaron una mala pasada y un lento compromiso de los agricultores con la nueva propuesta.

El crudo invierno

Sylvie Altman es la directora agrónoma de la empresa en Chile. Con su marcado acento francés, describe que se instaló en el país mucho antes que la planta e incluso antes que sus otros dos colegas que también tienen cargos ejecutivos: el gerente de planta, Philippe Dumont, y el de Finanzas, Bernard Noirhomme. Dice que juntos han debido sortear dificultades de todo tipo. Algunas, previsibles y otras no tanto.

Pero que, mirando en retrospectiva, el balance tiende a ser positivo. Casi sin pensarlo, menciona que la peor crisis, por lejos, fue el primer invierno que enfrentaron en Chile, que inusualmente fue el más lluvioso en varias décadas y sepultó bajo agua la mayor parte de las casi 2.000 hectáreas que habían logrado sembrar en alianza con agricultores. De ahí en adelante, todo ha sido un reto.

La apuesta realizada por Orafti en Chile no sólo suponía innovar y sacudir las tradiciones agrícolas. También implicó una inversión cuantiosa que rozaba los 200 millones de dólares.

“El primer año nos tocó una primavera totalmente seca y los productos para el control de maleza no funcionaron como debían, por falta de humedad en el suelo, de modo que ese factor se descontroló. Luego vino el peor invierno en 200 años. En Los Angeles llovió casi un metro en sólo doce horas. No pudimos ni entrar a los campos. En ese momento pensamos: si pasamos este año y sobrevivimos, estaremos aquí por siempre. Y aquí estamos”, relata Altman, en medio de la tercera temporada del cultivo en Chile.

En la primera campaña (2005-2006), el agua no sólo inundó los campos, sino también la ilusión de varios empresarios que vieron muchas dificultades de adaptación a la metodología de la achicoria y no se atrevieron a continuar con ella en las temporadas siguientes. De ello da cuenta la evolución en el número de agrícultores que ha trabajado con el cultivo en las tres temporadas que Orafti lleva en Chile. En la primera, el número ascendió a 258; pero luego disminuyó drásticamente a 115, y en la actual remontó a 150 agricultores, con –respectivamente– 1.950, 1.317 y 1.870 hectáreas sembradas globalmente en cada temporada. Claro que en esta baja también tienen mucho que ver las altas expectativas que se cifraban en la agricultura. Dumont consigna que “al comienzo se registraron sobreexpectativas en relación al precio que se esperaba tendría este cultivo.

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Diversos actores especularon a través de la prensa regional en este sentido, y eso contribuyó a que algunos pensaran que el precio que se pagaría sería mayor”. En el escenario actual, la competencia con otros cultivos también ha restado interés a los agricultores por adaptarse a la achicoria. Y al contrario de lo que muchos pensaban, no es la remolacha su principal competencia, sino más bien los cereales. El año pasado, el precio del trigo a nivel mundial se elevó por sobre los 290 dólares la tonelada, casi un 50% más que el ejercicio previo, lo que atrajo la atención de gran parte de los empresarios agrícolas este año.

Aunque el precio de la achicoria es más bien estable a lo largo del tiempo, es mucho menor que el de los cereales. En la campaña actual, el valor por tonelada alcanzó los 55 dólares, más bonos por hasta 10 dólares adicionales, considerando aspectos como contratación temprana y fidelidad. “La idea es realmente construir una relación con el agricultor. No algo puntual, que se mueva dependiendo del año. En eso tenemos puntos de vista distintos con la idiosincrasia de algunos agricultores. Por eso es que al inicio esto costó mucho. Es cierto que hicimos una inversión grande, pero la más grande sin duda es el trabajo que hemos tenido que realizar con los empresarios agrícolas”, cuenta Altman.

Dumont añade que aunque el precio de la achicoria sea menor, “representamos una garantía en el mediano y largo plazo, pues nuestros productos finales han registrado en los últimos años una alta demanda, que además es creciente y no está afecta a barreras arancelarias de ningún tipo”. Además, anota que, a diferencia de otros cultivos, la empresa en este caso, junto con garantizar el precio y las condiciones de compra, regala al agricultor la semilla y retira en terreno la cosecha, rebajando varios de los costos que tienen otros procesos.

Lo que hay que saber sobre la achicoria


- Es una raíz que se siembra anualmente entre junio y septiembre y se cosecha al año siguiente entre abril y junio.

- Chile es el único país fuera de Europa donde se cultiva en forma industrial. Sus siembras se extienden desde Parral a Collipulli.

- Su cultivo se enmarca en los llamados “tradicionales de rotación”, y comparte esta condición con la remolacha, el trigo, los cereales y las hortalizas, entre otros.

- En la temporada 2005-2006 se realizó la primera siembra industrial de achicoria en Chile. Pese al mal año climático, el rendimiento fue similar a los de Europa.

- El mecanismo de compra es similar al de la remolacha. Los contratos son anticipados entre el agricultor y Orafti, la que entrega la semillas gratis y establece un precio de compra por tonelada, más bonos.

Más imprevistos

Entre los elementos adversos, la lista incluye detalles no tomados en cuenta en un comienzo, como la necesidad de enfrentar por cuenta propia la compra de maquinarias de siembra y cosecha; porque aunque existen prestadores de estos servicios para otros cultivos, las mismas máquinas no eran adaptables a la achicoria, pese a su gran parecido a la remolacha.

La achicoria tiene una raíz de aproximadamente un metro de largo, más del doble que la de la remolacha; por lo que fue necesario importar una serie de máquinas desde Europa, lo que englobó de paso el costo total de la inversión en el país. Algunas de estas maquinarias incluso bordeaban los 400 mil euros. Como los prestadores de servicios no podían asumir por sí solos la inversión, la fi rma compró los equipos y los arrienda a esas empresas. A la fecha, la compañía ha adquirido trece máquinas sembradoras, todas de origen italiano y francés y de distinto tamaño. A ellas se suman cinco cosechadoras, principalmente alemanas. “Es una tecnología completamente nueva, que se desarrolló primero en Europa, y aquí hemos tenido que capacitar a los prestadores”, revela la agrónoma. Dice que el alto precio de los equipos se debe a que forman parte de la permanente investigación que se realiza sobre la cadena que hay detrás de la producción de inulina en Europa. Entre otros factores negativos se incluye la baja que ha registrado el tipo de cambio casi desde el momento mismo en que comenzaron a exportar productos desde Chile, en 2006. A ello se suma el mayor costo de la energía; ambos, factores que en todo caso extrapolan al país. Por eso, advierten que tomará un tiempo antes que comiencen a ver los frutos reales. Las utilidades de la empresa en Chile se esperan para después del quinto año de operación y la recuperación de la inversión está prevista para un período no menor a los 10 años.

¿Que es Orafti? Orafti es una compañía belga, miembro de la división “Alimentos Funcionales” del grupo europeo Südzucker, con base en Alemania. Sudzücker es una de las compañías líderes en el mercado europeo del azúcar. Obtuvo el año pasado una facturación total de 5,7 billones de euros y tiene más de 19.900 empleados. El grupo se ha ido diversifi cando en los últimos años, entre el negocio de las preparaciones de frutas, los biocombustibles las especialidades; entre las que los alimentos funcionales tienen un papel significativo, cuya importancia está destinada a crecer en los próximos años. La inulina y la oligofructosa producidas por Orafti es comercializan bajo la marca Beneo. Entre sus clientes están los grandes productores de lácteos, cereales, cecinas y bebidas, entre otros.

Después de la tormenta, la calma

“Para los dueños, el lugar de inversión sigue siendo el correcto. Todos los parámetros son parecidos a lo que se da en Europa, donde está nuestra planta principal. Es claro que llegamos a un entorno más complejo que el planificado, con factores que no necesariamente tienen que ver con el país, como el alza de precios del trigo y la energía, que son a nivel mundial”, concluye Altman. Pero agrega que, pese a estos contratiempos, ya en los primeros años de cosecha se pudo demostrar que el potencial chileno es alto y mejorará a medida que pase el tiempo y se afi ancen las metodologías en la agricultura chilena. “Ahora, simplemente, hay que seguir. Ya pasamos los años más complicados. Ahora siempre va a ser mejor”, defiende la ejecutiva, que estuvo entre quienes defi nieron la decisión de entrar a Chile. Según indica, pese a que ha disminuido el número de agricultores que inicialmente trabajaron con achicoria, se ha ampliado el promedio de hectáreas de los que siguen manteniendo contratos. En la actualidad, este promedio es de 11 hectáreas por agricultor, desde las 9 originales. Por otro lado, el rendimiento también ha mejorado entre una temporada y otra. En la primera, el promedio productivo fue de 42 toneladas por hectárea, que al año siguiente se elevó a 48, con un peak de 75; mejor, incluso, que el potencial en Bélgica. El territorio sobre el que tienen contratos también se amplió y ahora va desde Parral hasta Collipulli. Por eso, las expectativas a futuro son más alentadoras.

Altas expectativas

La planta industrial de Orafti en Pemuco posee tecnología de punta, con una capacidad que perfectamente podría duplicarse, de ser necesario. De hecho, lo que produce tiene distintos grados de elaboración, dependiendo de la demanda, para mantener un stock de producción disponible en distintos formatos. Hoy emplea unas 200 personas en forma permanente, y en los cultivos se desempeñan en forma temporal hasta un máximo de 100, en labores de siembra, riego, desmalezado y cosecha.

Tras lograr certificaciones internacionales en 2006, la firma comenzó a exportar con éxito sus productos a toda América, incluido Estados Unidos, mercado que se abrió el año pasado y que le permitió cuadruplicar las toneladas que había despachado hasta ese entonces en sólo tres meses. En noviembre pasado se envió el primer contenedor a China y en los próximos meses esperan entregar productos a Tailandia y Turquía. La idea es que desde Chile se abastezca a toda Asia, dejando a Europa en manos de la planta en Bélgica.

La firma también quiere recuperar el tiempo perdido y escalar progresivamente en el número de hectáreas sembradas. Dentro de los próximos cinco años se espera alcanzar 5 mil hectáreas de cultivo, un tercio de lo que tiene hoy la remolacha.

Por eso, el trabajo más fuerte que tienen por delante es con los agricultores. “Tenemos el desafío de crecer. Hay agricultores espectaculares que todavía no se atreven a partir con nosotros. Tenemos que trabajar en mejorar esta relación de confianza”, reconocen en la firma.

Entre las herramientas a que han echado mano para entregar más seguridad se cuenta un seguro agrícola gestionado a través de la Comisión Nacional de Seguro Agrícola (Comsa), para garantizar un apoyo económico en caso de enfrentar problemas. “No deja utilidad, pero al menos no se sufren pérdidas por condiciones catastróficas”, señala Altman.

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