Poder

Mi amigo Ernesto Ayala

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Nadie tiene tanta autoridad como don Eugenio Heiremans para hablar del ex presidente de la Sofofa y la Papelera. Fueron muchas las batallas que dieron juntos y muy fuertes los vínculos que los unieron. Con don Hernán Briones, fallecido a comienzos de diciembre del 2005, constituyeron el más célebre trío de la vieja guardia empresarial chilena.

Conocí a Ernesto Ayala en la Asociación de Industriales Metalúrgicos, Asimet. Yo era director de esa organización gremial, al igual que el padre de Ernesto. A su fallecimiento, Ernesto asumió el puesto de su padre y, desde ese entonces, desde las primeras reuniones, pude darme cuenta que había coincidencia en nuestros puntos de vista gremiales. Cuando advertí que también compartíamos otros planteamientos sobre el desarrollo social y el futuro del país, iniciamos una amistad que iríamos cultivando y desarrollando a lo largo de varias décadas.

Era una persona de gran sensibilidad social. Le preocupaban mucho las situaciones de todo orden que afectaban a los trabajadores, enfoque que compartíamos absolutamente. Por ejemplo, una de nuestras principales inquietudes fue cómo mejorar de alguna manera el nivel de educación de los trabajadores. En este sentido hay algo que siempre repito, y es que, en ese entonces (la década del 50), la gente entraba a trabajar en lo que encontraba y no en lo que quería. Por lo tanto, no siempre correspondían las condiciones de trabajo con las aptitudes naturales de la persona, lo que producía altos grados de frustración.

Ernesto Ayala era un hombre con una visión extraordinaria para analizar los problemas. Diría que su formación de empresario fue un tanto diferente a lo que se ve hoy día. Actualmente, se reemplazan muchas horas en taller por horas en oficinas.

En esos años se dedicaba más tiempo al taller, lo que hacia que se despertara un cariño muy especial por las máquinas y las faenas; eran como parte de nuestras vidas. También se generaba un contacto muy estrecho con los trabajadores, con los cuales se convivían largas jornadas, lo que permitía conocerles mejor sus inquietudes. Los trabajadores, a su vez, eran personas que se avenían con mucha facilidad con el empresario de esa época.

Otro rasgo importante fue su inteligencia, a mi juicio, verdaderamente excepcional. Se mostraba particularmente interesado por la evolución de los procesos y los cambios que experimentaba el trabajo. De manera sistemática, su permanente inquietud lo hacía estar siempre buscando cosas nuevas; qué cosas diferentes podrían hacerse; qué nuevos riesgos habría que enfrentar para avanzar en tal o cual proyecto.

Asimismo, siempre tuvo muy claro los conceptos sobre el desarrollo económico y social del país. Reiteraba su confianza en la empresa privada y pensaba que muchas iniciativas gubernamentales se podrían haber hecho bastante mejor a través de los privados. En los primeros años de nuestra vida empresarial, nos tocó trabajar con los gobiernos radicales, cuyos dirigentes le dieron una dimensión muy importante al Estado. Prácticamente todo estaba controlado por el Estado. Las divisas para efectuar las importaciones, los precios de los diferentes productos, la ampliación de las plantas industriales, por ejemplo, todo era muy controlado.

Nosotros creíamos que esto era muy negativo, y no dudábamos que había mucho más creatividad dentro del sector privado. Por lo tanto, se generó una lucha intensa contra el estatismo, contra las garras del Estado que estaban permanentemente interviniendo la economía. También estimábamos que era necesario mejorar la formación de algunos de nuestros empresarios. Había un sector de ellos formados solo en el trabajo, con poca instrucción y que, por lo tanto, era muy importante ofrecerles una posibilidad de educación de nivel superior. Se nos ocurrió crear Icare –Instituto Chileno de Administración Racional de Empresas– como una forma de contar con un organismo que permitiera a los empresarios adquirir nuevos conocimientos e intercambiar experiencias. Icare, ciertamente, fue una iniciativa muy importante para mejorar la cultura empresarial en el país. Yo asumí la presidencia y Hernán Briones fue el tesorero.

En el aspecto humano, puedo recordar a Ernesto como un hombre bondadoso, de arraigados principios éticos y profundos valores cristianos, siempre preocupado de su familia y de todos quienes lo rodeaban, cualquiera fuera su nivel social o económico. Reitero que tenía un gran contacto con los trabajadores, muy amistoso y muy bueno para conversar con ellos, además de gran sentido del humor. Nos deja el legado de un hombre extraordinariamente inteligente, de gran formación empresarial, que siempre enfrentó los problemas con valentía. Nunca aceptó componendas, sino que prefirió correr riesgos para dar solución integral a las dificultades laborales o gremiales que se le presentaron.

Se planteó con toda franqueza frente a todos los gobiernos. Incluso muchas veces pudo haber parecido demasiado enérgico con la autoridad, porque fue un hombre de acciones sinceras. Cuando algo le parecía bueno, lo reconocía inmediatamente y, por el contrario, si lo consideraba malo, no tenía ningún complejo en defender su posición, aunque hubiera una gran opinión en contra.

Una de sus grandes preocupaciones fue el deterioro ético que mostraba la vida nacional. En ese sentido era absolutamente intransigente para condenar y rechazar el clima de relajo que notaba en el país en materia de valores.

Eugenio Heiremans Despouy

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