Poder

Hugo Rafael Chávez Frí­as: La polí­tica en el Parque Jurásico

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Completamente radicalizado y cada vez menos a gusto en el modelo democrático, el gobierno chavista es por ahora el último eslabón de una historia política convulsionada e incongruente. ¿Por qué un país tantas veces ganador en la lotería del petróleo ha tenido tantas crisis? ¿Hasta dónde llegará Chávez con su "socialismo del siglo XXI"?

Es difícil, si no directamente imposible, explicar la jurásica figura del teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías en un escenario político tan sofisticado como el que ha llegado a ser el Chile de la Concertación. Cualquier racionalización resulta inútil. Incluso la del concepto de gendarme necesario, puesto de moda por el historiador positivista Laureano Vallenilla Lanz a fines del siglo XIX, al explicar cuán necesario era un dictador para controlar al levantisco país de montoneras que era la Venezuela surgida de las guerras civiles de la independencia, cuando vio emerger de las alturas andinas la figura del hacendado Juan Vicente Gómez, un latifundista parco e introvertido del estado de Táchira, que se retuvo el poder férreamente en sus manos durante 27 años. Era Venezuela por entonces un pobre archipiélago de caudillos que Gómez tuvo a bien amansar con una de las tiranías más feroces de la historia latinoamericana. El petróleo había reventado la dura corteza de ese “cuero seco” que era la Venezuela rural, despoblada y semi analfabeta hacía poco más de una década, pero el país siguió sumido hasta diciembre de 1935 en las brumas del cau-dillismo autocrático del siglo XIX.

Despoblamiento y “pardocracia”

No es malo situar al caudillo llanero que hoy pretende llevar adelante un proyecto estrafalario y confuso llamado So-cialismo del Siglo XXI en el contexto de esa historia de montoneras. Venezuela pierde un tercio de su población –alrededor de 250 mil almas– en la espantosa guerra a muerte con que se librara su independencia. Y otras cien mil en la llamada Guerra Federal o Guerra Larga que continúa esas guerras y vuelve a desangrar e incendiar el país entre 1858 y 1863, cuando otro caudillo llamado Ezequiel Zamora –y que ahora Chávez reclama como su directo antecesor– incendiara la república por sus cuatro costados tras la bandera del federalismo y el reparto de tierras. Entonces desaparece su aristocracia y el país queda en manos de la llamada “pardocracia”, gobierno de los pardos o mulatos, que han constituido el factor socio-cultural predominante en la historia de un país carente de homogeneidad racial. La Venezuela independiente se arruina, se despuebla, se desertiza y vegeta, en condiciones inferiores a las alcanzadas tras los tres siglos de vida colonial. Sin un Estado centralizado, sin un ejército nacional, la vida política queda en manos de caudillos regionales en el mejor estilo de la herencia caudillesca hispánica, heredada de la conquista. A pesar de ingentes esfuerzos liberalizadores, como los de Antonio Guz-mán Blanco, el ilustre americano.

Gómez (1908-1935) termina por controlar al país, liquidar los caudi-llismos, levantar un Estado relativamente moderno, poner en pie un ejército profesional y crear una hacienda pública, dotando al territorio de una elemental red vial, en gran medida construida por presos políticos. Siempre bajo la sombra del petróleo, el gran protagonista de la Venezuela contemporánea. Norteamericanos e ingleses comienzan a luchar por hacerse con las concesiones, intuyendo primero y comprobando científicamente luego que bajo ese cuero seco bullía una de las riquezas energéticas más fastuosas del mundo. Ese tesoro revienta el 14 de diciembre de 1922 el pozo Los Barrosos Nº 2, cerca de la ciudad de Cabimas en la costa oriental de Lago de Maracaibo desde una profundidad de medio kilómetro, fluyendo descontro-ladamente a razón de 16 mil metros cúbicos diarios. El New York Times tituló el evento en primera página como el reventón del pozo petrolero más grande del mundo.

Desde entonces, política y petróleo se convertirían en una sola realidad. El país, que hasta entonces malvivía del cacao, el café y una miserable ganadería, se convertiría en un apetecido botín para las grandes empresas petroleras de ingleses, holandeses, franceses y norteamericanos. Se iría modernizando a trancas y barrancas y a la muerte del tirano intentaría torcer su rumbo girando hacia la modernidad. Vive una suerte de madrugada hacia la democratización entre 1935 y 1945 en manos de dos delfines de Gómez –los también generales andi-nos López Contreras y Medina Angarita-, hasta que el 18 de octubre de 1945 una insólita alianza de coroneles desarro-llistas y políticos de la nueva hornada provoca el primer estremecimiento revolucionario con el gobierno revolucionario de Rómulo Betancourt, un líder socialdemócrata de origen marxista que da un golpe de Estado y asalta el poder a los 37 años. Había vivido algunos años de su exilio en Chile a fines de los 30, cuando estableciera profundos vínculos de amistad con Salvador Allende y la elite de la izquierda chilena.

Tres años después y tras un acelerado proceso de democratización social, en 1948, la junta de gobierno cede el poder al novelista Rómulo Gallegos, electo en las primeras elecciones directas, universales y secretas vividas por el país en sus 150 años de vida republicana. Sería depuesto a los pocos meses por uno de los compañeros de Betancourt, el coronel de ejército Marcos Pérez Jiménez, quien gobierna desde entonces hasta 1958. Es la década que una historiadora llamaría “los años del buldózer”: Venezuela cambia dramáticamente su faz con la construcción de autopistas, carreteras, urbanizaciones. Se alzan los primeros rascacielos de Caracas, se construye la Ciudad Universitaria, hoy patrimonio arquitectónico de la humanidad, surgen centros vacacionales y grandes urbanizaciones para los sectores populares. Es la época del furor petrolero, la vida fácil y la inmigración masiva: llegan cientos de miles de italianos, portugueses y españoles huyendo de las miserias causadas por la guerra, enriqueciendo la nacionalidad y proveyendo de mano de obra disciplinada y especializada a un país sediento de desarrollo. Venezuela experimenta un boom que crea las condiciones para el arribo de la democracia, que revienta todos los diques dictatoriales y se hace sentir a partir del 23 de enero de 1958, cuando cae Pérez Jiménez y se establece la democracia en Venezuela. Luego de dos docenas de constituciones, innumerables revoluciones, tiranías, golpes de estados y movimientos facciosos.

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Betancourt vs. Castro

Se vive el meridiano histórico del siglo. En Cuba, una situación semejante conduce a la revolución socialista. En Venezuela, a su antípoda: la vigencia plena de la democracia. Culpables por este quid pro quo fueron dos figuras del siglo: Fidel Castro y Rómulo Betancourt. Se convertirían en referencias esenciales para la región y en mortales y recíprocos enemigos. Tanto, que para poder implementar su proyecto histórico de una democracia moderna para Venezuela, Betancourt debe enfrentar a Castro en el terreno político, en el diplomático y en el militar. Lo vence en todos los frentes y de manera avasallante: logra su expulsión de la OEA, derrota políticamente a sus partidarios internos y aplasta militarmente a sus hombres, que invaden territorio venezolano a mediados de los 60, dirigidos por el famoso comandante Arnaldo Ochoa Sánchez, héroe de Ogaden. Se hace a su andadura democrática construyendo el régimen político más estable de América Latina en medio de las turbulencias que sacuden al continente. Es la Venezuela petrolera y democrática gobernada durante 40 años por socialdemócratas y socialcris-tianos, convertida en refugio para los desterrados de Centro y Sudamérica. Sin contar con el exilio antifranquista que allí echara raíces en los años 40 y 50. Allí vivieron Aniceto Rodríguez, Sergio Bitar, Claudio Huepe, Esteban Tomic, Enrique Silva Cimma, Renán Fuentealba, Anselmo Sule, Carlos Morales Abarzúa y miles y miles de chilenos. Algunos de esos altos dirigentes protegidos y respaldados espiritual y materialmente por sus partidos hermanos. La inmensa mayoría, con puertas abiertas y trabajos estables. Así es como bajo el influjo de “adecos” y “co-peyanos” nace el embrión de la Con-certación en junio de 1975, cuando líderes como Renán Fuentealba, Aniceto Rodríguez, Anselmo Sule y una docena de otros dirigentes chilenos se encuentran en Colonia Tovar, a las afueras de Caracas, para concertar un acuerdo que tardará otros 13 años en convertirse en realidad. Allí también encontró respaldo político y financiero Felipe González, de quien se cuenta que entró clandestinamente a España en el avión del vicepresidente de la Internacional Socialista, el entonces presidente venezolano Carlos Andrés Pérez. No está de más recordar aquí –la moneda tiene dos caras– la fraternidad venezolana hacia el exilio voluntario provocado por el allendismo: Hernán Briones o Carlos Cáceres, por ejemplo, recibidos con los brazos abiertos por generosos y solidarios empresarios venezolanos.

Una constitución, ocho gobiernos de cinco años cada uno y dos presidentes reelectos –Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera–, además de la más ingente obra de desarrollo de infraestructura, educación, economía y cultura hicieron de Venezuela la sociedad más dinámica, democrática y estable de América latina. Si bien asentada en un terrible talón de Aquiles: la dependencia petrolera, expresada en el reparto de los ingresos fiscales como fuente de legitimación política. En lugar de homogeneizar al país, permitir un desarrollo socio-económico armónico y auto sustentado y situar el trabajo, la productividad y la generación de riqueza en el centro de las preocupaciones nacionales, se avanzó por la vía fácil de la subvención y el populismo. Un Estado macrocefálico, ocupado en gerenciar empresas de turismo, aerolíneas, hoteles, grandes emporios in-dustriales y gigantescas siderurgias condenadas a la quiebra crearon un artificio que podía venirse abajo ante cualquier contingencia. Ella se presentó con la grave crisis financiera de febrero de 1983, cuando tras el llamado viernes negro la moneda nacional se derrumbó tras más de 70 años de inquebrantable estabilidad. Ya la economía mostraba una acentuada tendencia a la baja, rompiendo un permanente crecimiento de más de medio siglo. Uno de los más sólidos del mundo. La caída coincide con la triplicación de los precios del petróleo luego de la crisis de mediados de los 70. Así, un súbito e inesperado enriquecimiento condujo a la catástrofe: gasto y endeudamiento público desaforados y una acumulación de tensiones que herirían de muerte a una democracia ejemplar, si bien con pies de barro. Responsable principal: Carlos Andrés Pérez, durante su primer gobierno. Cuando se acuñara el término de Venezuela saudita para retratar al país caribeño que se ahogaba –vaya contradicción– en la gigantesca marea de petrodólares.

La maldición petrolera

Es una cruenta contradicción de la historia que fuera el mismo Carlos Andrés Pérez quien intentara reparar el daño durante su segundo gobierno una década después, intentando un interesante proyecto de sinceración económica y modernización política cuando fuera electo con un inmenso respaldo popular en 1988. Tal respaldo era engañoso, como lo fueran las promesas de su campaña: los electores esperaban de él lo que ya era imposible, una reedición de la Venezuela saudita. Los precios del petróleo no lo permitían. Roto el vínculo de las aspiraciones cre-matísticas entró en crisis la democracia subvencionada: la misma clase social que lo aupara al poder, decidió asestarle una puñalada. Para ello usó la mano militar y dos golpes de Estado. El vengador era un desconocido y ambicioso teniente coronel dispuesto no solo a liquidar a Pérez, sino además al sistema democrático mismo. Había llegado la hora de retroceder el calendario al tiempo de las montoneras deci-monónicas y jugar a la política en el parque jurásico. Con una insólita jugarreta del destino: otro ciclo de precios altos, otra marea de petrodólares, otra inundación monetaria, otra gigantesca crisis en lontananza, aunque esta vez todo ello al estricto servicio del caudillo, la compra de conciencias y el montaje de un parapeto extravagante y bizarro llamado socialismo del siglo XXI.

No hay caso: la historia se repite. La segunda vez, como farsa. Lo dijo Karl Marx, a quien los revolucionarios del petro-socialismo venezolano no parecen conocer. El Caribe da para todo.

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