Vida & estilo

Los cuadernos de don Pino

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La familia fundadora de Turistel –la primera gran guía de turismo de Chile– creó casi de casualidad una obra que es referente nacional. Aunque parezca increíble todo partió a modo de hobbie y como anotaciones de viajes desperdigadas en cuadernos universitarios en donde el arquitecto Jorge Sánchez plasmaba sus memorias. Hoy, Turistel pertenece a una flamante empresa editorial dedicada a temas turísticos cuyo dueño es nada menos que Copesa.

Se cuenta en forma anecdótica que cuando Dios creó el mundo lo mejor que tenía en sus manos lo lanzó al Sur del planeta…Y si visitamos el sur del país podríamos afirmar fehacientemente que Chile es un lugar de privilegios”.

Estas palabras fueron dichas por el entonces gerente general de la Compañía de Teléfonos de Chile, Iván Van de Wyngard, durante el lanzamiento de la primera edición de la guía Turistel, en 1985. Era la primera gran guía que entregaba con minuciosidad las rutas de Chile y aportaba increíbles retratos de la fisonomía del país. Como era de esperarse, el trabajo fue considerado un hito.

Y aunque en las 208 páginas del primer volumen no hay mención del Creador, hay que decir que algo divino nos permitió llegar al “creador” de esa obra, el arquitecto Jorge Sánchez. El es el gran autor de esta verdadera institución nacional, porque, digámoslo, no debe existir chileno mayor de 20 años que no haya tenido alguna vez un Turistel en sus manos.

Por eso resulta curioso que esta sea la primera vez que se escribe la historia de la guía y de los Sánchez... Algo que quizás se explica por el bajo perfil de esta familia medio hippie o quizás porque “Pino”(apodo que tiene desde su niñez cuando armaba junto a sus primos bandas en Zapallar, donde “pino” alude directamente a la antigua banda de ladrones chilenos, los Pincheira), como se conoce al profesor Sánchez en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso, siempre prefirió ocultarse detrás de su obra. Quién sabe.

Con más de 70 años a “Pino” se le ve ágil y aventurero. Está lleno de historias y anécdotas... Y cómo no, si conoce Chile como la palma de su mano. Sencillo, divertido, encantador, el creador anónimo de Turistel es de esos hombres que no necesitan gritarle al mundo que son grandes. Lo irradia… Cuando le tomamos la foto junto a su hijo Tomás –el único que sigue la tradición familiar del turismo– “Pino” atravesó como si nada los alambres de púa de la Ciudad Abierta de Ritoque para llegar hasta la línea del tren. Y ojo que el pasadizo solo permitía arrastrarse por la arena.

Los Sánchez tienen cuento. Son aventureros, osados y hasta un poco locos si se quiere. Sin darse cuenta, hicieron del hobbie de anotar todo lo que veían y vivían en sus viajes un negocio de tremendas dimensiones. Hoy Turistel es el producto estrella de Guías y Rutas, la flamante empresa editorial encargada de temas turísticos, cuyo dueño es nada menos que Copesa.

La gata del auto

La historia es más o menos así. Un día cualquiera Jorge Sánchez le encargó a un amigo de su hija, que había ido a un retiro espiritual a Pucón, que le buscara una casa de veraneo. Este arquitecto había decidido que llevaría a su familia a pasar algunas semanas al sur gracias a una genial ocurrencia: operación trueque. Esta consistía en arrendar su casa en Viña y con la misma plata arrendar otra casa en algún lugar de Chile.

A los pocos días recibió un telegrama (hay que ubicarse, estamos hablando de fines de los 60) que daba cuenta de una casa en la zona de Posa de Pucón, donde no solo cabían sus seis hijos, sino además amigos, familia y amigos de cualquiera de ellos. Estupendo salvo por un pequeño detalle: la casa solo tenía cocina a leña. Pero los Sánchez-Mena no se hicieron problema y a los pocos días estaban instalados.

La experiencia fue tan inolvidable, que la repitieron al año siguiente, y al siguiente. Y así durante diez años. Después de varios veranos de lago, picnic y asados al palo, los Sánchez decidieron que era hora de emprender rumbo. No podía ser que no conocieran los alrededores. Así, la casa de Pucón se transformó en centro de operaciones y el auto –literalmente– en una oficina móvil. No porque tuviera computadores o teléfonos. Nada de eso. Sino porque antes de partir Jorge Sánchez tuvo la genial idea de ir a una librería y comprar un set de cuadernos y lápices. Mientras él manejaba, los hijos oficiaban de secretarios, tomando nota de todos y cada uno de sus comentarios: “Vamos a las termas del Huife, saliendo por kilómetro tanto. A mi derecha observo un salto de agua. A mi izquierda un árbol de tales características, etc.”.

Claro que había un cuaderno que era sagrado: el de botánica. Ese solo lo escribía Jorge Sánchez y, al parecer, son las únicas notas que jamás se publicarán.

Sara Mena, su mujer y copiloto, debía aguantar con santa paciencia los permanentes avances y retrocesos de Sánchez, quien no dejaba escapar ningún detalle. Eso, además de las paradas más extrañas para sacar fotografías y las intensas conversaciones con los lugareños. ¡Qué se le iba a hacer! Era la pasión de “Pino”.

Pero los Sánchez no se hacían problema por nada. Con gran relajo disfrutaban a concho los viajes, y eso que entonces tenían un Mini. Las anécdotas de aquella época son infinitas, en especial si se piensa en cómo trasladar a una familia numerosa en un auto de ese tamaño.

Más tarde los Sánchez-Mena se compraron un “pan de molde” Suzuki blanco que permitía trasladar a toda la familia:

-El auto llegaba a todas partes sin ningún tipo de tracción –recuerda su hijo Tomás–. En él recorrimos toda la Carretera Austral y jamás quedamos en pana. Y eso que viajábamos cargadísimos. Muchas veces pusimos hasta balones de gas arriba, y nunca tuvimos un problema. Lo mejor es que nadie sospechaba que podíamos estar armando una guía. La gente ni se nos acercaba porque nos encontraba unos “pelientos”.

Las carpas donde dormían eran verdaderas odas arquitectónicas, capaces de aislar el calor y el frío. Los hijos eran los encargados de montarlas y Sánchez quien debía ingeniárselas para que la lluvia escurriera… Nada era imposible para los Sánchez. Si una ruta se les metía en la cabeza, partían todos sin hacerse problemas. Así fue como recorrieron Chiloé a mediados de los 80:

-Para recorrer la isla y sus canales arrendamos un lanchón –recuerda Tomás Sánchez–. El viaje duró dos semanas, así es que lo tuvimos que acondicionar por dentro. Dejamos un espacio para la cocina y un lugar para dormir. El dueño del bote tenía una empresa de paté de erizo, así que convivimos con la producción todo el viaje y lo ayudábamos a bajar su mercadería en cada pueblo... Lo mejor de todo fue la confesión de Sánchez al terminar la travesía: nunca había sido capitán de un barco.

Anécdotas tienen por montones. Y cómo no, si viajaron intensamente durante los 70 y los 80.

-Por ser el menor, viajé más que todos

–cuenta Tomás–. Incluso me decían la gata del auto, porque nunca me bajaba.

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Los inicios de la guía

Después de hacer una serie de recorridos que significaron llenar y llenar cuadernos, este arquitecto consideró que tenía un material increíble para editar una guía. En la misma época se había creado la Escuela de Diseño de la Universidad Católica de Valparaíso y él había sido destinado a esta nueva tarea. La escuela tenía en ese entonces asesores de la talla de Vittorio di Girólamo.

-Ahí fue cuando comencé a entender más del mundo de la gráfica, de los papeles y de la imprenta –relata Jorge Sánchez–. En ese contexto conocí a Roberto Edwards, a quien le propuse hacer una guía sobre Chile con todo el material que tenía. Roberto me miró y me dijo: “Mira Jorge, el problema no es ni el material ni el tema gráfico, sino vender el producto”. Al parecer no había mucho futuro, así que me acerqué al Automóvil Club y con ellos comencé haciendo cartas de ruta.

El primero en creer en el proyecto fue Ramón Valenzuela, gerente general de Banco Osorno, quien conoció a “Pino” en Valparaíso mientras oficiaba de jefe de sucursal. Corría el año 81 y al banco se le había ocurrido hacer una guía de turismo y quién mejor que el hombre que más sabía del tema en Chile: Jorge Sánchez. El objetivo de la entidad era producir dos guías: Temuco-Valdivia y Osorno-Puerto Montt. Para ello se creó un taller especial, el mítico Taller Valparaíso.

-La guía de Temuco-Valdivia estaba lista, ya que llevaba diez años dando vueltas por la zona, solo había que escribirla. Pero para hacer Osorno-Puerto Montt le pedí al banco que me arrendara una casa en Puerto Varas –cuenta Pino–. Cuando la guía estuvo lista comenzó el pequeño problema de venderla. Los reglamentos decían que los bancos no podían vender objetos. Entonces la entidad se lo entregó como regalo a Coanil, directamente al doctor Fernando Monckeberg, con el argumento de que donara todas las ganancias a la labor de esa institución. También las colocamos en las bombas Copec. Pese a todo, nos costó un mundo vender.

El fracaso, si se puede llamar así, se debió a que la guía no tenía ningún referente y en Chile no existía cultura de viajar. Menos en auto.

Nace Turistel

Tras la crisis económica cambió la propiedad del Banco Osorno. En esos momentos de caos y sin pensarlo demasiado le entregaron los derechos de las guías a Jorge Sánchez, quien por cierto no se quedó de brazos cruzados. “Fui nuevamente a golpearle la puerta a Automóvil Club, que me financió parte del arriendo de un auto para recorrer Coyhaique”, cuenta.

En esos momentos el arquitecto recuerda que descubrió una cosa muy favorable: la grabadora. Era su nueva compañera de viajes, además de su familia. A medida que sus hijos iban creciendo comenzó a darles tareas de viaje. Los mandó, por ejemplo, a recorrer la ruta de Ignacio Domeyko en el sur o de Charles Darwin en Jahuel. Al mismo tiempo, el círculo íntimo de la familia (amigos, parientes) comenzó a viajar y a recopilar información que después le entregaban a “Pino”, quien tenía la manía de escribir personalmente todo el contenido de Turistel.

Tiempo después de que el Banco Osorno le había cedido los derechos, “Pino” recibió una llamada de Carlos Rudloff, entonces gerente general de Publiguías. El ejecutivo era ciclista, le gustaba subir el Cerro San Cristóbal y era fanático de la vida al aire libre. Eso, además de tener una gran amistad con el gerente general de la Compañía de Teléfonos de Chile Iván Van de Wyngard… Cosas del destino. La compañía que entonces era estatal estaba empeñada en sacar una guía de turismo y quién mejor que Sánchez para la misión.

-Como yo de negocios no sé nada, le pedí a Raúl Toro, abogado del Estudio Alessandri, que viera las condiciones y el contrato. Cuando negociaron yo no entendí nada, parecían unas fieras. Lo que sí le puedo decir es que después de eso nunca tuve un sueldo más alto en mi vida. Toro me había conseguido un dinero al contado, que me pagaban como una especie de royalty por la propiedad intelectual, más un fee mensual en UF –cuenta el arquitecto–. Pero lo que más me gustó fue el contrato, era sublime... Su título decía: prestación de horas inmateriales.

Así fue como Turistel comenzó a distribuirse masivamente dentro de la guía telefónica y a hacer ruido desde un principio. Cuenta Pino que en los primeros años la guía generó bastante polémica, pues la gente reclamaba porque se les habían escapado ciertas ciudades. Mandaban cartas alegando que cómo era posible que no saliera Concepción… A simple vista el error parecía garrafal, pero resulta que nadie leía la letra chica que decía que la guía se iba a ir construyendo año a año.

Una entrega por capítulos que a poco andar cruzaría la frontera.

-Tiempo después Carlos Rudloff se metió a Argentina. Nunca supe cómo consiguió ese contacto, pero lo concreto es que terminamos haciendo la guía Turistel de Argentina –dice Jorge Sánchez–. La lógica fue la misma, encontrar un arquitecto argentino experto en patrimonio que fuera capaz de mostrar el país. La guía se dividió en cinco partes y se redactó íntegramente en Santiago.

Hoy ese proyecto, que durante años auspició YPF, está totalmente paralizado. La guía en Argentina no fue un tema fácil, ya que una de las exigencias de los trasandinos fue que la guía tenía que caber en un bolsillo, es decir no debía exceder los 12,5 centímetros. Un lío.

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Edwards y Copesa

Ya en tierra derecha, Turistel –que era desarrollada por Publiguías para la Compañía de Teléfonos de Chile– sufrió un nuevo revés. A principios de los 90, cuando Telefónica de España entró a Chile, se dio cuenta de que era Roberto Edwards quien editaba Publiguías (más conocidas como Páginas Amarillas). Pero como este era un negocio que la compañía controlaba en todos los países donde estaba presente, hicieron lo imposible para que Edwards les vendiera Publiguías. Y como el empresario sabía negociar, impuso una condición: quedarse con Revista Paula y Turistel.

Hace cuatro años, Edwards vendió Turistel a Copesa. Antes, incluso, de vender la Revista Paula. Hoy el conglomerado de medios edita la guía Turistel y una serie de productos que se han creado con los años.

-Hoy como productos de línea tenemos Turistel Chile y Argentina (aunque ese proyecto está parado). Además existen 10 guías de destino bilingües enfocadas más al tema de los deportes y las actividades al aire libre. Al mismo tiempo, estamos trabajando en la segunda edición de Chile Experience, una guía en inglés de 600 páginas. Y existen productos tan novedosos como la geografía del sabor, que mezcla la geografía con todas las recetas y productos de Chile -explica Tomás Sánchez, gerente editorial de Turistel.

En este nuevo esquema Jorge Sánchez oficia de director asesor de una compañía que permanentemente se está reinventando. De hecho, Rutas y Guías, como se llama la división (que contiene a Turistel y todos los productos), está trabajando codo a codo con Ricardo Astorga para lanzar próximamente la Ruta de Chile.

¿Qué más se puede decir? Hay Turistel para rato.

¿Quién es Pino?

Jorge Sánchez nació en 1929 en Santiago y estudió en The Grange School. Tras recibirse de arquitecto, “Pino” (como se le conoce en el mundo de las artes) decidió dedicarse a la docencia y se ha transformado en un verdadero icono en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso. Incluso durante años se hizo cargo de la Escuela de Diseño y hoy está a cargo del Centro de Estudios Patrimoniales.

En 1969 fue uno de los precursores de la Cooperativa Amereida, en la Ciudad abierta de Ritoque, una ciudad experimental que reúne a un grupo de arquitectos y en donde él tiene su casa que es una obra de arte, que confirma que la cáscara no es la esencia de las cosas.

Viudo de Sara Mena, padre de seis hijos y abuelo de 25 nietos, “Pino” rehizo su vida con Carmen Luz Donoso, también viuda. Ambos ya llevan varios años juntos y ella ha sido una estupenda compañera de viajes.

-¿De dónde le viene este espíritu aventurero?

-No tengo idea, aunque le cuento que el otro día descubrí que Alberto Risopatrón, el gran geógrafo chileno que participó en la división de límites con Argentina, es pariente mío. No sé por qué mi papá era sedentario.

-Curioso...

-Aunque pensándolo bien, puede haber otro antecedente... Cuando salí del colegio me fue mal en

Bachillerato y tenía que volver a estudiar, así que antes de eso organicé un viaje con cinco amigos. Ninguno jamás había tenido carpa, así que partimos a comprar una a San Bernardo de las que daba de baja el Ejército. Compramos unas cantimploras y unos paños, que oficiaban de carpas y salimos… Estuvimos un mes fuera. Fue inolvidable.

-¿Cuál es el lugar de Chile que más le gusta?

-Es tan difícil decirlo... Por ejemplo acabo de estar en Isla de Pascua, que no es un lugar bonito, pero que me emociona. O Caleta Tortel, en la Carretera Austral al fondo, que es un lugar insólito, donde los seres humanos inventaron una manera distinta de vivir... También me encanta Chiloé, una zona que hoy me preocupa porque está lleno de caminos que han significado que los lugareños estén perdiendo la noción de la navegación... En fin.

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