Opinión

¿Y después de la Casen, qué?

La entrega de los resultados de la encuesta que mide la pobreza ha desatado una polémica que ha salpicado a moros y cristianos, agravando la mala percepción pública sobre las instituciones. Nuestros columnistas abordan desde distintos ángulos los efectos de esa discusión. Francisco Javier Díaz sostiene que la controversia golpea el corazón del relato del gobierno; Sergio Melnick denuncia una campaña sucia de la oposición y Martín Rodríguez reflexiona sobre cómo afectará la próxima elección presidencial.

En su propia trampa

A fin de cuentas, este es un gobierno satisfecho con el statu quo, pero que alega poder gerenciarlo mejor. Ahí está el corazón de su relato. Pero sin dato duro que lo respalde, ese relato se hace humo. Por Francisco Javier Díaz

El gobierno ha terminado enredado en un escándalo a raíz de la entrega de datos de la encuesta Casen, el que afecta seriamente el bien más preciado de todo gobernante, como es la credibilidad. Al día de hoy, persiste una fuerte polémica entre economistas y expertos en políticas públicas respecto de los elementos técnicos de la medición. Pero en lo que no existen dudas, desde la izquierda hasta el Financial Times, es en la impericia política y comunicacional del gobierno, al tratar de hacer pasar un dato (a lo menos) neutro, como una suerte de logro histórico nacional.

¿Cómo llegó a meterse el gobierno en este escándalo sólo por pelear 7 décimas de reducción en la pobreza? ¿Cómo no previó que el exitismo generaría suspicacias? ¿Cómo llegó a pensar que podría descorchar champaña sin mencionar nunca el margen de error de la encuesta? ¿O que a nadie le llamaría la atención el famoso “bono sorpresa” que entregó a 540 mil personas pobres justo en los momentos en que se hacía el trabajo de campo de la encuesta? ¿Cómo no se dio cuenta de que en la era de la transparencia, inevitablemente se sabría de sus gestiones ante la Cepal para disminuir el índice?

La razón es simple: el gobierno cayó en su propia trampa. En su obsesión por mostrar resultados numéricos en lo que sea, terminó por atosigar a sus propios ministros. Sea en la pobreza, sea en la eliminación de las listas de espera del Auge, sea en delincuencia, sea en los índices de popularidad, sea en lo que sea, lo concreto es que se percibe un permanente ánimo de maquillar resultados. Porque a fin de cuentas, ése es precisamente el corazón del relato de este gobierno. Un gobierno básicamente satisfecho con el statu quo, pero que alega poder gerenciarlo mejor. Y sin dato duro que lo respalde, su relato se hace humo.

Los dardos por la Casen apuntan a Joaquín Lavín. Porque es en el Ministerio de Desarrollo Social (MDS) donde se elabora técnicamente la encuesta. Allí es donde se tomó la decisión, en el año 2010, de apartarse de la corrección metodológica que realizó la Cepal para toda América latina en 2008, según la cual la pobreza mantenía su tendencia a la baja durante el período 2006-2009. En 2010, el entonces ministro Kast desoyó aquella sugerencia y mantuvo la metodología hoy cuestionada, de manera que apareció un alza de la pobreza para ese período (con la correspondiente crítica hacia el gobierno de Bachelet). Ello significó que, por primera vez en dos décadas, Chile pasara a tener dos cifras de pobreza, la del MDS y la de la Cepal.

Fue en el MDS donde se elaboró  el cuestionario 2011. Allí se decidió, por ejemplo, agregar la hoy famosa pregunta “y11”, con el objetivo de captar mejor (y mayores) ingresos en las familias. Allí también se decidió entregar el “bono sorpresa” en noviembre de 2011, amparándose legalmente en una glosa de la ley de presupuesto que originalmente estaba pensada para el programa de Ingreso Ético Familiar, y no para este otro tipo de bonos sin condicionalidades. Fue en el MDS donde se redactó la pregunta del cuestionario que consultaba por las asignaciones que recibían las personas. La pregunta estaba tan mal redactada (no se trata de saber estadística, basta con leer castellano), que a la Cepal le fue imposible distinguir el bono sorpresa de los otros bonos, y por ende, no pudo mensualizarlo, que era lo que correspondía hacer técnicamente. Los reportes posteriores indican que el bono da cuenta de aproximadamente 2 décimas de la supuesta reducción en la pobreza.

Fue en el MDS donde se tomó la decisión de objetar la primera entrega de datos que hizo la Cepal, en los que la pobreza se mantenía en un 15%. Secretamente (porque el gobierno sólo lo reconoció 30 días después, cuando se destaparon las gestiones) envió nuevos antecedentes a Cepal pidiendo que considerara la pregunta “y11”, asegurándole a este organismo que ellos –el MDS– daban fe de que se mantenía la comparabilidad. La Cepal se limitó a aceptar este argumento ex post (inédito en la historia de la Casen) y entregó la nueva cifra (14,4%), advirtiendo, eso sí, que la diferencia entre 2009 y 2011 no era estadísticamente significativa.

Fue Lavín quien triunfalmente presentó los datos. El comunicado oficial del MDS hablaba, textualmente, de “una significativa baja en los niveles de pobreza”. Las declaraciones fueron sencillamente exultantes. Resumen: con Bachelet sube la pobreza y con Piñera baja. “El resto es música”, dijo Lavín varias veces. Y fue Lavín quien terminó por exasperar a la comunidad académica cuando acudió al CEP a explicar los resultados, demostrando tanta ignorancia como desfachatez.

El Ministro Lavín cayó en la trampa de un gobierno que no ha sabido nunca instalar un relato político consistente con sus ideas. Material hay, pero lo han desaprovechado. Lo triste es que se deja fuera lo relevante de la discusión sobre la pobreza y las nuevas vulnerabilidades. Décimas más, décimas menos, el crecimiento económico no está resultando suficiente. Las personas pueden técnicamente salir de la pobreza (la vara son sólo 72 mil pesos de ingreso), pero su vulnerabilidad se mantiene. La desigualdad no mejora desde 2006. Se necesitan políticas sociales de nuevo cuño para dar cuenta de esta compleja nueva realidad. •••

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La nueva pobreza de la política nacional

Los dirigentes opositores descalifican la encuesta CASEN; pero están equivocados. Descalifican el censo; están equivocados. Descalifican las cifras del empleo; están equivocados. La estrategia es vieja como el hilo negro: miente, miente, que algo queda. Por Sergio Melnick

La Concertación se deteriora de manera alarmante. Eso no es bueno, al menos desde mi mirada. Prefiero una Concertación fuerte, competitiva y propositiva que permita una sana alternancia en el poder, si lo gana. Su aprobación está hoy cerca del 15% habiendo gobernado el país con mayoría durante 20 años. Una coalición que nació básicamente oponiéndose a Pinochet, que una vez desaparecido desvaneció el sentido de identidad de ésta.

El poder, entonces, fue su único vínculo y eso –ya sabemos– corrompe. Más tarde, Lagos reformó la Constitución, poniendo su propia firma en ella. Finalmente esa coalición se fue desperfilando; y para el imaginario colectivo quedó la sensación de mucha corrupción, muy mala gestión, demandas insatisfechas y falta de proyecto futuro real.

Los partidos empezaron así a recurrir a sus ideologías reales y finalmente perdieron el poder en manos de Bachelet.  Es curioso que piensen que lo pueden recuperar con ella misma, que además trató inicialmente de gobernar sin los partidos. La ex presidenta efectivamente es querida, pero en realidad no tiene liderazgo ni capacidad de gestión y los logros concretos de su gobierno fueron realmente muy magros.

Ella misma, con toda su popularidad, convocó a votar por Frei, mandó a su ministra y a su madre a la campaña, pero no tuvo influencia alguna, ya que el candidato DC recibió un pobre 29% de apoyo en la primera ronda. Popularidad entonces no es sinónimo de buen gobierno ni de liderazgo.

Lo que ocurre, es que los partidos que forman la Concertación son distintos ideológicamente y quizás hasta irreconciliables. Acumulan pugnas históricas que, sin el adversario fuerte o amenazante, empiezan a emerger. La DC y el PRSD no se toleran. El PS y el PRSD tampoco, si recordamos a Escalona en las primarias. La DC y el PS son enemigos terminales del 73, a pesar de su aparente cercanía actual. El PPD lucha por saber quién es y simplemente no lo logra.

El resultado es que tenemos hoy dos concertaciones (y varios díscolos rondando). Una es la nueva alianza PPD-PC-PRSD, y la otra es el eje PS-DC.  Paradójicamente, el único hilo que los mantiene hoy unidos es el binominal. Reniegan de su propia obra: esa es la realidad. La primera de estas fracciones ha hecho un giro abrupto hacia la izquierda; la segunda reclama el honor de su pasado con cuatro gobiernos razonablemente exitosos con gran capacidad de gobernabilidad, pero de continuo deterioro económico.

Tanto así que en el período Bachelet-Velasco la pobreza aumentó; la inversión, productividad y dinamismo económico se ralentizaron; se destruyó el sano principio de equilibrio en cuentas fiscales; el gasto público creció 4 veces lo que la economía; se comieron la mitad del fondo del cobre, y se desordenó la institucionalidad. Entidades como el Sename, Chiledeportes, Conadi, Cenabast, Onemi y otras mostraron sucesivos problemas. Se detuvo completamente el programa de concesiones. Se detuvo el crecimiento de la Carretera Austral. Se administraron mal las concesiones de cárceles.

Adicionalmente, Enap fue literalmente destrozada, llegando en el 2008 a perder US$1.000 millones y alcanzar una deuda que no puede pagar superior a los US$4.000 millones. El Transantiago fue otro enorme fiasco que desangra las cuentas fiscales. EFE además de recursos, perdió viabilidad y así sigue y suman los desaciertos de ese gobierno. Todo esto ocurrió antes y durante la crisis del 2009, de modo que no se le puede echar la culpa a ésta. En definitiva, la pobreza aumentó por primera vez en 20 años en el gobierno de Bachelet. También en dicho período se descolgaron varios personajes díscolos, como Navarro, MEO, Arrate y otros, debilitando a la coalición.

La historia es conocida. Perdieron el poder y todo lo que ello significa para ese conglomerado, que esencialmente vive para y de la actividad política. Empieza así la terrible desesperación por recuperar el gobierno. Las ideas se radicalizan. Las malas prácticas del pasado se empiezan a repetir. Las descalificaciones personales aparecen con fuerza. El clima político se pone cada vez más tóxico.
En ese pobre escenario político, la oposición tiene ya unos nueve precandidatos: Velasco, Orrego, Rincón, Bachelet, Gómez, Pizarro, Lagos Weber, MEO, Walker. Es bastante probable que el PC levante uno propio. Y todos sabemos que además tanto Ricardo Lagos como Insulza mueren por serlo.

En ese contexto, las campañas se empiezan a poner muy sucias, porque entre tanto candidato es difícil llamar la atención de la población. Más aún cuando el gobierno de Piñera acumula logro tras logro, y captura banderas que la Concertación consideraba propias. Por ello, en mi opinión, recurren sin mayor reflexión a la destrucción institucional sin entender que ellos mismos podrían ser gobierno pasado mañana.

Así, abren fuego sin fundamentos. Les resulta  intolerable que Piñera baje la pobreza y que Bachelet la aumentó. Les parece intolerable que Piñera aumente el empleo, y Bachelet el desempleo. Les parece intolerable que Piñera haga una reforma tributaria para mejorar la educación y que Bachelet sólo hiciera comisiones. Les irrita que Piñera avance de manera increíble en la reconstrucción y Bachelet no haya sido capaz con el terremoto del norte. Les molesta que Piñera haya eliminado las colas Auge que Bachelet no pudo ni como ministra de Salud ni como presidente.

En fin, la respuesta de la oposición ha sido destructiva y descalificadora. Lo que ha quedado en evidencia es que el dinamismo económico, el empleo y la inversión son lejos el mejor antídoto contra la pobreza. Si ello va acompañado de políticas sociales como post natal de seis meses, reducción del 7% a jubilados, nuevos hospitales, decenas de estadios, modernización del estado, y otras, la rabia les resulta insoportable. Por eso han tratado de descalificar a la Casen, ya no tienen argumentos y están equivocados como ha sido demostrado por la propia Cepal.

A pocos meses de trabajo, descalificaron las obras de reconstrucción e interpelaron ministros; estaban equivocados. Después descalificaron el progreso en el Auge; estaban equivocados y tuvieron rápidamente que desarmar la comisión investigadora. Descalifican el censo; están equivocados. Descalifican las cifras del empleo; están equivocados. Esto me recuerda la misma lógica infantil de los estudiantes que dijeron que la quema de los buses había sido un montaje; pero estaban equivocados. La estrategia es vieja como el hilo negro: miente, miente, que algo queda. Los estudiantes encabezados por Camila fueron a Europa a sostener que Chile tenía hoy un Estado represivo.

Escuché el martes en la sesión de la cámara a los senadores opositores, uno por uno, descalificar al gobierno y destrozar el proyecto tributario, pero curiosamente todos lo aprobaron al final. Despotrican contra el binominal, pero nunca han presentado un proyecto concreto para cambiarlo. Lentamente entonces empiezan a desatar el populismo que es el gran destructor de las democracias, junto a la violencia.  En ese marco de descalificación, la población va comprando el discurso destructor, porque somos una cultura a la que no le interesan los datos.

Con esta lógica negativa lo único que logran es destruir valor institucional. En una cosa tienen razón: la pobreza en Chile aumentó, pero ojo: me refiero a la pobreza de nuestra clase política, particularmente de la oposición. •••

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El malestar y las elecciones

La desconfianza y la deslegitimación de las instituciones es abismante. La molestia está rondando. Por Martín Rodríguez

No deja de ser inquietante preguntarse dónde está toda la energía social de temer que brotó como lava por las calles del país. Transcurrido más de un año, las fronteras de las controversias estructurales se han diluido y ya no sabemos qué fuerzas son las que siguen presentes en las personas: si éstas están en vías de volver a sus cabales o han vuelto a un proceso de acumulación que podría reventar durante la campaña presidencial.

Algunos casi venden por muy poco el modelo de desarrollo, temerosos de que la indignación les reventara en la cara. Hubo un momento en que se institucionalizó el arrepentimiento; empresarios, medios y políticos se autoflagelaban por no haber hecho los cambios que habrían evitado las mareas rojas que cubrían el centro de la ciudad. Hubo de los más insólitos y diversos juegos de pierna. Pero arrepentidos estaban todos por haber dejado acumular tanta energía negativa.

Ante tal reacción humana, la elite comenzó a lanzar a la masa todo tipo de válvulas de escape. Así, empezaron los llamados a mejorar la distribución de ingresos, las iniciativas para cambiar de una vez por todas el binominal, más recursos para las regiones y una reforma tributaria que abordara las debilidades del sistema educativo.

Ahora, estamos viviendo un período ambivalente: a veces pareciera que todo fue un mal rato y, en otras, que todo puede volver a rodar. Pero en alguna parte está o quedó esa energía. ¿En la asamblea constituyente? ¿En la cuarta urna que sugieren algunos? ¿En los anarquistas? ¿O está de vuelta en el mercado?

A raíz de encuestas como la del Pnud y del CEP, se ha generado cierta sensación de que no habría sido un buen negocio deshacerse de la maquinita que mueve el país. Pareciera que la gente no está particularmente molesta con el modelo, en el sentido de que su bienestar subjetivo individual va viento en popa, con altos indicadores de felicidad y de satisfacción con su calidad de vida, con relativa confianza en el futuro y en sus capacidades de superación.

Pero el “bienestar subjetivo colectivo” parece estar por los suelos. La desconfianza y la deslegitimación de las instituciones es abismante. Los partidos llegaron al 7% de aprobación y réstele algunos puntitos después de la edificante discusión en torno a la encuesta Casen.

Es decir, la molestia está rondando. Debe ser inquietante para los presidenciables, y me refiero a los que realmente tienen posibilidades de llegar a La Moneda. No a los otros, a los que pueden alentar esa energía y llevarla al éxtasis con todo tipo de promesas. Pero los que van en serio, van a tener que regularla, van a tener que canalizarla. Lo que no pueden hacer es sobreprometer; la mala experiencia de Piñera no es algo que vayan a querer repetir.

Tanto Bachelet como Golborne representan, a su manera, un modo de legitimación del sistema. Por tanto, no van a sentirse cómodos invitando a “modificarlo”. Golborne es la vía a la accesibilidad pura a una sociedad de oportunidades, es el retail en persona, el 2X1. Pero también es la meritocracia, “el sueño chileno”, el chico de Maipú que llegó a donde cualquier hijo de vecino le gustaría llegar. Representa una vía despejada y desprovista de burócratas y dueños abusadores.

Bachelet es la reserva moral del sistema. La gente no quiere escuchar que las instituciones no sirven: eso es mucha inestabilidad y activa el sálvese quien pueda. Bachelet transmite que sí es posible poner las instituciones a disposición de las personas. No más conflictos de interés. Pero también es menos cinismo, más autenticidad y confianza en el otro.

Golborne va a ofrecer más felicidad; y Bachelet, más Estado. El desafío es quién ofrecerá más poder. Finalmente, esa es la sintonía fina que claman las personas y las nuevas generaciones en las calles de Aysén, Maipú, Freirina o Calama. It’s participation, stupid!
¿Cuál es el protagonismo que les van a ofrecer? ¿Qué nuevas vías de participación? ¿Sobre qué aspectos podrán decidir las personas por ellas mismas? La clase política se niega a innovar y dar salida a estas aspiraciones.

La última innovación fue la de Lavín en Las Condes, cuando introdujo las encuestas y votaciones para elegir las obras prioritarias de la comuna. Eso lo acercó a la gente y casi sale presidente. Desde entonces, no ha habido nuevas ofertas relevantes.

La asamblea constituyente hoy es desproporcionada. Las actuales prácticas de la clase política no han generado ni los consensos ni las justificaciones para que la sociedad chilena considere necesario tal ejercicio. Faltan varios escalones de modos de participación previos y de legitimidad para hacer de tal experiencia un acto ciudadano y no un hecho de polarización entre los sectores políticos.
¿Es posible desarrollar una sociedad innovadora y emprendedora, basada en prácticas creativas, de colaboración y de confianza, si la clase dirigente y política no es capaz de innovar en sus sistemas de convivencia y resolución de las controversias y prioridades públicas?

Las personas sienten que hoy los políticos y la política son un obstáculo en sus vidas. La participación se ha entendido como la obligación ciudadana de salir a defender un derecho ganado. Hoy tenemos una sociedad más pública y más política. Tanto Golborne como Bachelet están llamados a hacerse cargo de este profundo anhelo republicano, que finalmente ha florecido en nuestras praderas tras 30 años de éxito económico. •••

 

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