Opinión

Hay cosas que no tienen precio

Que no hay almuerzos gratis, pocos lo discuten. El punto en discusión es quién finalmente está pagando la cuenta.

Fue a principios de mes. Fue en cadena nacional el día en que el país conmemoraba el 190 aniversario de su independencia. Fue potente. El 7 de septiembre recién pasado, la presidenta de Brasil Dilma Rousseff anunció que rebajaría los costos de la electricidad a las empresas en un 28% y que para las personas el recorte sería de 16%. ¿Generosidad? ¿Intento de capturar votos? Nada de eso. Según dijo la mandataria de centroizquierda, las empresas privadas del gigante (ya no latinoamericano, sino mundial) necesitan un alivio para aumentar su competitividad frente a rivales extranjeros con energía más barata.

Por las mismas fechas, en Chile, nación que tiene el triste récord de contar con una de las energías más caras del mundo, el Banco Central advertía nuevamente ante el Senado que el alto precio de la electricidad está amenazando seriamente con mellar la competitividad y desarrollo de Chile, un país que, dicho de paso, por distintas razones ha caído 11 puestos en el ranking de competitividad global del Foro Económico Mundial desde el año 2004.

En seminarios, en comisiones técnicas, en centros de pensamiento, el tema de la energía y su alto costo ha estado presente por años y ha dado origen a kilométricos informes. El problema ya parece diagnosticado, y con creces. No obstante, a la luz de los obstáculos que están teniendo numerosos proyectos de inversión en generación eléctrica de menor costo, no tiene visos de solución en el corto o mediano plazo.

Es así como Castilla, que según el presidente de SFF cumple con las mismas exigencias ambientales que una central a carbón recién inaugurada en Colonia, en el corazón de la exigente Alemania, no podrá levantarse tras la cruzada emprendida por sus detractores y que escaló hasta la Corte Suprema. Es así, también, como HidroAysén, una central hidroeléctrica que según su vicepresidente ejecutivo inunda una séptima parte que la central que se construye en la Patagonia argentina para producir sólo una tercera parte de la instalación prevista en la XI Región, sigue bajo amenaza, a más de siete años del inicio de los estudios técnicos.

Hoy pocos creen que el país quedará a oscuras. Energía hay y si hace falta en caso de emergencia probablemente se ampliará bajo la forma de termoeléctricas. El punto es que esa energía es y seguiría siendo cara en relación a naciones con las que compite la industria nacional (aparte de ser menos amigable en cuanto a emisiones de carbono).

Se trata de un doble precio que, es justo y necesario, debería quedar bien destacado a nivel de la información que se usa como insumo del debate, porque no corresponde hacerse el desentendido y omitir que empresas menos competitivas, son empresas que compiten en desventaja, que venden menos, que producen menos y que, por lo mismo, necesitan menos trabajadores. Que no hay almuerzos gratis, pocos lo discuten. El punto en discusión es quién finalmente está pagando la cuenta.•••

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