Actualidad de Encina - Revista Capital

Opinión

Actualidad de Encina

Falta intuición, reflexión e imaginación en la política. Por eso a la derecha y a la izquierda le haría bien leer al historiador.

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Instituto de Humanidades, UDP

Uno de los más lúcidos autores políticos chilenos ha sido Francisco Antonio Encina. Aquí quiero dejar de lado su ampliamente discutida labor historiográfica, para concentrarme en un aspecto de su obra que ha sido mucho menos estudiado, a saber, su pensamiento sobre la comprensión política. Esto no por un mero interés erudito, sino para mostrar en qué sentido ese pensamiento adquiere actualidad, dados, como podría decirse parafraseando al cantautor cubano, los últimos sucesos en la política.

Los últimos sucesos en la política remiten a un país que cumplirá tres décadas transitando por carriles democráticos; en el cual las clases medias son, por primera vez en la entera historia de Chile, mayoritarias; cuando esas nuevas clases tienen satisfacciones, pero también temores e inquietudes que no están siendo acogidas adecuadamente por el sistema político y económico.

Justo en ese momento, Encina, el diagnosticador de la “Crisis del Centenario”, recobra actualidad.

Entiende Encina que la comprensión requiere tres capacidades fundamentales: intuición, reflexión e imaginación. Las tres deben concurrir para que podamos llegar a una comprensión política pertinente. Falta alguna y la comprensión se malogra.

La intuición alude al contacto directo que es menester establecer con la realidad concreta y el significado de la situación que se intenta comprender. Es el punto de partida de cualquier comprensión. Sin ella, nos privamos del acceso al asunto abordado, al caso que se trata de elucidar y al que brindarle orientación. Hay un sentido concreto que está latente allí, compuesto de múltiples aspectos, incluidos los otros en la situación y sus pulsiones y anhelos. Solo puede comprender propiamente quien participa de esa situación y entiende su significado.

Luego, se necesita capacidad reflexiva, que importa la aptitud para discernir las distintas facetas de las que se compone el caso, analizarlas, identificarlas y atender a sus interconexiones, para luego reunirlas en una visión conjunta o síntesis conceptual. Sin esas actividades de análisis y síntesis reflexiva, nos quedaríamos como sumidos en la situación, ante una mera aglomeración confusa de datos agregados. Es requerido todavía llevar a un concepto: la multiplicidad. Para que esa conceptualización, empero, no sea mera construcción de la mente, sino expresión de la realidad, la conceptualización tiene que estar ligada a la intuición.

En fin, Encina exige que la actividad productiva del concepto, además de estar vinculada a la realidad, a la cual le da expresión en la formulación que acoge su significado, lo haga con eficacia. Es necesario que la expresión conceptual posea fuerza retórica y estética; como la obra de arte. La obra de arte se caracteriza específicamente por esto: porque viene a expresar de manera pertinente lo que todos de algún modo atisbaban, pero no sabían ponerlo en palabra o en obra. Solo entonces adquiere la idea política poder persuasivo sobre la propia mente y la mente de los demás, de tal suerte que convenza.
Piénsese en la situación política actual, de emergencia de nuevas clases medias, que acompañan logros a pulsiones y anhelos que no encuentran reconocimiento adecuado en la institucionalidad. Hay miedo –inconcebible– de volver a la pobreza. Hay irritación con condiciones de transporte y urbanismo alienantes. Molestia con el abandono de las provincias; con la salud y la educación; hasta con la Constitución.

Y lo que uno ve, entonces, en el Bicentenario de la República, es, justamente, ausencia de las tres condiciones de la comprensión que detectó Encina: de intuición, reflexión e imaginación.

Falta cercanía intuitiva suficiente con la situación concreta, con las pulsiones y anhelos populares, tanto en la derecha más economicista que desconoce la alienación y la disgregación social, cuanto en la izquierda que propugna una deliberación generalizante en asamblea, la cual desconoce singularidad de los individuos.

También faltan articulaciones conceptuales pertinentes, unas veces porque, precisamente debido al abandono de la situación concreta, los discursos devienen abstracciones; otras veces porque no hay rigor analítico y poder sintético como para conducir en nociones plenas de sentido la multiplicidad de los problemas. Hay ausencia de lo que llaman visión de Estado, sobre el puntillismo de tanta política pública incoherente o improvisada; se carece de la visión nítida exigida por las grandes reformas que requiere nuestra burocracia, nuestra ordenación territorial, nuestro sistema educativo.

En fin, falta fuerza retórica y estética en los discursos. Sobre la palabrería reiterada, la fórmula hueca que termina cansando hasta a quien la repite, es menester rehabilitar el peso de las convicciones capaces de conmover almas y cuidar el significado de la expresión. Es en ella donde también se diferencia el estadista del mequetrefe compulsivo que no se cree ni a sí mismo.

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