Una visita que nos desafía - Revista Capital

Opinión

Una visita que nos desafía

Al escribir Laudato si’, Francisco recuperó un tema que parecía más propio de activistas y lo puso en un contexto teológico, que sitúa a Dios y al hombre en el centro de la atención. Este es un buen ejemplo de la sintonía del Papa con la sensibilidad de los hombres de hoy.

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Por: José Antonio Guzmán C., rector Universidad de los Andes

La visita de un Papa siempre constituye un acontecimiento histórico que difícilmente deja indiferente. La figura del Pontífice trae aparejado un desafío al statu quo, una mirada que nos obliga a replantearnos nuestras creencias y convicciones. Francisco, el primer Papa latinoamericano de la historia, nos interpela con fuerza, nos saca de nuestra zona de comodidad para proponernos una mirada exigente y aguda sobre los problemas que aquejan a la sociedad.

En sus cinco años de pontificado, Francisco ha manifestado una visión clara y valiente de los problemas que debemos resolver. Nos reclama el cuidado de los marginados, de los desvalidos, de quienes no tienen representación ni voz. Nos dice que no es una la oveja perdida, sino que más bien son las noventa y nueve las extraviadas.

Para quienes trabajamos en una universidad, el desafío es especialmente exigente. El Papa nos invita a reconocer que el argumento racional, propio del quehacer universitario, tiene que ser complementado con el afecto y la preocupación por las personas de carne y hueso. Nos pide unir la ciencia con el testimonio y la caridad. El profesor educa tanto con las materias que enseña como con su ejemplo personal y la sensibilidad que despierta. Procurar la formación integral de nuestros alumnos significa darles las herramientas necesarias para que sean buenos profesionales que sirvan a la sociedad desde su profesión, al tiempo que crezcan en humanidad para ser promotores de una sociedad más justa, fraterna y solidaria.

El Papa desafía especialmente a los católicos, partiendo de la base que el mensaje de la Iglesia llega hoy mayoritariamente a personas sin educación formal en la fe católica. Los valores cristianos son universales, y como tales tienen la capacidad de mover a creyentes y no creyentes, pero para lograr que estos valores permeen, hay que explicarlos de un modo comprensible para los hombres de hoy. Por este motivo, Francisco usa con soltura las nuevas plataformas de comunicación, habla con un lenguaje cercano y sus gestos denotan total apertura al diálogo. El Papa Francisco nos plantea, de manera simple, que Cristo, Dios y Hombre es quien da sentido a la vida, a la historia y al cosmos. El gran desafío de este tiempo es que el mundo moderno, racional y tecnológico encuentre su sentido en el misterio de Dios.

Al escribir Laudato si’, Francisco retó al mundo al plantear que la Tierra era nuestra casa común y que teníamos la responsabilidad ineludible de cuidarla y mejorarla para las generaciones futuras. En continuidad con sus dos antecesores, el Papa Francisco recuperó un tema que parecía más propio de activistas y lo puso en un contexto teológico, que sitúa a Dios y al hombre en el centro de la atención. La perspectiva de la ecología humana, en la que las personas son el punto focal que ordena el conjunto, es un aporte sumamente valioso al debate actual. Este es un buen ejemplo de la sintonía del Papa con la sensibilidad de los hombres de hoy.

Esta sintonía no es complaciente, sino, por el contrario, muy exigente. A la vez que hace suyas banderas contemporáneas como la antes señalada, el Papa Francisco desafía a una cultura hedonista y materialista, que parece convencida de que el consumo es un bien en sí mismo y que el adelanto tecnológico le permitirá conseguir en forma inmediata y sin mayor esfuerzo todo lo que desea. El Papa nos interpela con su ejemplo, con sus 81 años vividos sin apego a los bienes materiales, sin lujos ni privilegios, en los que no ha perdido ninguna oportunidad de unirse a los pobres y marginados, con la sencillez de un pastor que quiere tener olor a oveja. Nos muestra con su ejemplo que la felicidad no está en tener, sino en servir. El hombre no encuentra su plenitud en la posesión de bienes, sino en la entrega y servicio a los demás.

Los universitarios tenemos mucho que aprender de él, para saber cómo enseñarles a nuestros estudiantes a ser mejores personas y mejores ciudadanos.

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